Una isla del Mediterráneo es un lugar ideal para resistir en los tiempos que corren. Ni siquiera es necesario irse a vivir a una de ellas -quién pudiera-, sino que basta con aprender del carácter que las ha acompañado durante siglos, contagiarse de su mentalidad marítima, valiente, pero a su vez realista, prudente, reservada y respetuosa. Las islas mediterráneas son lugares distintos, microcosmos con microclimas habitados por gente diferente a la que se le atribuye ese carácter isleño -dice el tópico- imbuido por una mística que nace al crecer sabiendo que no hay más línea divisoria que el horizonte. Pero, sobre todo, si de algo puede servir escuchar lo que nos puede explicar el Mediterráneo, después de un verano en el que, cada día, sus aguas se nos han presentado como una trampa mortal, es porque sus pedazos de tierra se acostumbraron al ir y venir de culturas, siglo a siglo, una detrás de otra; porque sus gentes aprendieron a diferenciar a los invasores de los saqueadores, a los visitantes de los comerciantes, a los desconocidos de los familiares. Y si bien no pudieron escapar de la crueldad de tiempos oscuros y tampoco accedieron nunca a disfrutar con plenitud de las grandezas que se repartían en las capitales que las gobernaban, sí que asumieron con los años que la mezcla, el mestizaje, acaba siendo un rico patrimonio.

En uno de esos territorios marcados por ese intercambio constante, las Baleares, concretamente en Mallorca, donde el idioma suena a sal, donde el turismo masivo convive con viejas historias de conquistadores, de filósofos místicos o de sencillos pescadores que se hacían a la mar, nació un chico bendecido con la mezcla. Medio holandés, medio español: si de esa combinación ya es difícil escapar sin un balón en los pies, resulta imposible del todo si a uno lo bautizan en honor a Van Basten. Marco Asensio, como la propia Mediterránea, parece el fruto de lo que vino antes, de referentes previos y de culturas distintas que se aúnan en su ser. Esa es la idea que lo rodea, el lema con el que lo podríamos ‘vender’. Luego llega el balón a sus pies y al instante comprendemos que en Marco nada o poco es pretérito; con él, sentimos que nos estamos asomando al futuro, que su momento ha llegado. Habilidad, regate, pase, disparo y velocidad, pura modernidad, pero también una naturalidad fresca para un fútbol que necesita de algo auténtico.

Y así, viéndolo jugar, mientras nos levanta del sillón con su desparpajo intrépido, pura felicidad sobre el césped, tan salado a más de 300 kilómetros del mar, no podemos evitar compararlo con su Mediterráneo, y pensar en lo bello que sería que, la próxima vez que los medios nos hablaran de este enorme azul que nos rodea, también nos viniera a la mente esa misma idea de juventud y futuro, esa esperanza que encarna Marco. Y que no nos cambiara la cara porque recordamos cómo la política lo ha reducido a un mar de cuotas, listas y negociaciones en el que las vidas de los migrantes no son más que números funestos.