Miradas

Cuánto pesas, querida

En el fútbol, como en la vida, el peso no solo mide el gramaje de elementos materiales y tangibles. No, qué va, va mucho más allá de eso. Habla del recorrido de una institución, de sus logros, de su historia. No elude a sus derrotas ni a las tantas veces que tocó besar el barro antes de levantarse y lavarse la cara, y tampoco a toda aquella gente que puso un mísero grano de arena para que, cuando hoy alguien se atreva a pronunciar su nombre, nada más sea necesario para explicar su significado, su estatus.

La báscula, a veces, traicionera ella, puede denotar una descompensación entre el ahora y el antes. En ocasiones lo hará para revelar un desequilibrio entre un pasado glorioso, lleno de brillantez, y un presente en el que la oscuridad no deja ver ni un rayo de luz que invite a revivir lo acontecido; pero otras, la balanza se tornará en un arma de doble filo, perfecta para que donde otros solo vean el vacío de una historia, unos encuentren el espacio necesario para comenzar a redactar relatos inimaginables un tiempo atrás, victorias epopéyicas, indescifrables, gracias a la ligereza de su biografía. Y esto, guste o no, pasa al vestir cualquier camiseta, sea de clubes o de selecciones. Su gran diferencia simplemente reside en que los combinados nacionales absorben la totalidad de un país y, en esas, hay veces que lidiar con ello puede tratarse de un problema de dimensiones bíblicas.

Imagínense tener que meter en un mismo saco a Kempes y a Maradona, a la Copa del Mundo del 78 y a la del 86. Cargarlo también con una sociedad a la que, según decía Borges, no le une la alegría sino el espanto; con la nación caracterizada por autodestruirse y empezar de nuevo, como apuntaba el filósofo Mario Bunge; con esa a la que Eduardo Galeano dividió entre aterrados, encerrados, enterrados y desterrados; con la misma donde, a palabras del escritor Santiago Kovadloff, las vivencias nunca logran mutarse en enseñanza. Súmenle también una pasión exacerbada por un deporte reconvertido en una religión sin ateos y un amor desmedido por el celeste y el blanco que incluso puede llegar a ser tóxico. Con este párrafo entero derramado dentro de un mismo recipiente, ¿cuánto creen que debe pesar la camiseta de la selección argentina? Incalculable.

Imagínense ahora -si pueden- ser argentinos, ser muy buenos pateando el balón, tener la suerte de cumplir su sueño y dedicarse a ello. Además, destacar tanto que la selección les llame para jugar un torneo internacional. Y saltar al césped luciendo la amada ‘Albiceleste’. Yo solo imagino una respuesta posible: “Cuánto pesas, querida”.

 


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Fotografía de Getty Images.

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Jorge Giner

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