Miradas

Un caballo llamado Billy

George Scorey, nacido en Bristol, Inglaterra, en 1882, se unió con tan solo 16 años a los Royal Scots Greys, regimiento de dragones del ejército británico. A lomos de un caballo y con una trompeta en la mano, empezó sirviendo en Sudáfrica, en la Segunda Guerra Bóer. Sobrevivió para volver a casa en 1905 y, menos de una década después, cruzó el canal con la 5ª Brigada de Caballería como parte de la Fuerza Expedicionaria, que combatió en el frente occidental de la Gran Guerra. Tras cuatro años de cruento conflicto, decidió que ya había tenido suficiente, así que dejó el ejército. Pero no se bajó del caballo. La policía de Londres lo captó y le asignó un puesto en la rama montada del cuerpo. Así fue como George conoció a Billy, un caballo gris de siete años. Y, juntos, animal y jinete pasaron a la eternidad como símbolos del día en el que el fútbol desbordó la capital de Inglaterra.

El 28 de abril de 1923, Wembley abría sus puertas para acoger la final de la FA Cup, que iba a enfrentar al Bolton y al West Ham. Debido a las enormes dimensiones del nuevo estadio, decenas de miles de personas iban a poder acudir holgadamente aquella tarde al encuentro. Así que la federación pensó que sería buena idea abrir las puertas también a aficionados sin entrada. Un grave error. El caos. Acabaron siendo alrededor de 300.000 los que se acercaron aquel día hasta Wembley. Y muchos espectadores con entrada vieron cómo sus localidades ya estaban ocupadas. Y otros tantos ni siquiera lograron acceder al recinto. Por no hablar de los que fueron directamente expulsados por una marea que se movía sin control alguno. Los aledaños estaban llenos de gente, las gradas estaban llenas de gente y hasta el césped estaba lleno de gente.

El partido empezó con casi una hora de retraso -y gracias: las filmaciones del encuentro nos muestran un terreno de juego rodeado de una multitud que lo cubría todo hasta la línea de cal-. Fue lo máximo que pudo hacer la policía para restablecer el orden, con George y Billy como protagonistas involuntarios. La ‘Final del Caballo Blanco’, como se recordaría aquel partido, nos remite a una célebre instantánea en la que Billy, que en realidad era gris, se abre paso entre la muchedumbre para desalojar el césped. Una imagen caótica que ilustra a la perfección la relación entre Londres y el balón. Una ciudad jerárquica, forzosamente ordenada, que usa expresiones de cultura popular como el fútbol para liberarse, igualarse y redistribuirse. Fútbol, Londres; el deporte y la ciudad que hicieron famoso a un jinete que había sido anónimo en la guerra. El deporte y la ciudad que aquel día de 1923 redujeron un coliseo imponente a una caja de cerillas a la que el entusiasmo londinense pasó por encima; que hicieron de Wembley el Buckingham Palace donde reina la gente. Y desde entonces, cada fin de semana, cuando el fútbol atraviesa el corazón de la capital, todos, de norte a sur, con sus ilusiones, sienten que caben en ella. Y como en aquella tarde de primavera, lo gris se vuelve blanco.

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Redacción

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