La belleza, en el fútbol, también surge de la imperfección. De hecho, estoy convencido de que la mayor parte de las veces es así. Y de ahí que nos dejemos entusiasmar, una y otra vez, por los torneos veraniegos de selecciones. La palabra Eurocopa, la palabra Mundial, despiertan en nosotros aquel instinto hoy latente pero que un día nos dijo que este deporte valía la pena. Y no deja de ser una fantasía, el sueño de una noche de verano en la que los mismos protagonistas del fútbol diario y rutinario, esos a los que podemos culpar de nuestro tedio un domingo por la tarde, se disfrazan con otra camiseta para cambiar hasta de personalidad. Es una ensoñación, pero funciona. Se olvidan de los automatismos, del fruto del trabajo metódico y consciente de cada sesión matinal, y se agarran al capricho de la inspiración. Vuelven a ser algo parecido a futbolistas juveniles: imperfectos, a medio hacer, cegados por la ilusión de vivir como si todo aquello (mentira) solo ocurriera una vez en la vida. Y con ellos, nosotros viajamos hasta un lugar salvaje que reconocemos. La Eurocopa es un regreso a la adolescencia. 

Aún no tenía la mayoría de edad cuando Inglaterra y Portugal se enfrentaron en los cuartos de final de la edición de 2004. Viví el duelo atornillado en el sofá, como hice con todos y cada uno de los partidos de aquel torneo. Ah, el lujo de perder alegremente un verano. Ese encuentro, sin embargo, fue un bocado especial en la dieta diaria de devorar aquella Euro. Con los ojos como platos durante más de dos horas, tuve, inconscientemente, una revelación, que con el tiempo pude descodificar: la belleza del fútbol reside en la imperfección. Hoy, 17 años después, no recuerdo si aquello estuvo mejor o peor jugado, si la batalla táctica la ganó Eriksson o Scolari. Ni siquiera tengo una idea formada sobre quién mereció pasar a semis. Aquella noche nos dejamos llevar porque era lo único que podíamos hacer. Con el gol de Owen después de un saque de puerta de James que cruzó todo el campo y que Costinha peinó en un error impropio de lo que él y su Oporto representaban. Con el empate de Hélder Postiga después de que a Terry, casi siempre un marcador atosigante, se le clavaran los pies al suelo, como llevado por el pánico. Con el gol anulado a Sol Campbell, a poco del final, por una falta que solo vieron Urs Meier y todos aquellos que la quisieron ver con él, y que le hizo rememorar al defensa del Arsenal aquella otra vez, en el Mundial 98, contra Argentina, en la que un mundo sin VAR también lo privó de ser héroe. 

Y con aquella prórroga. 

Hay cosas especiales, muy especiales, y luego están las prórrogas en las que marcan los dos equipos. Háblame de imperfección, pero aquel golpeo de Rui Costa fue poco menos que perfecto. No lo fue tanto el hecho de que los ingleses le dejaran pensar, armar la pierna y encender un Estádio Da Luz en el que hasta entonces se escuchaba casi tanto inglés como portugués. En ese instante, a diez minutos para el 120, el grito luso prevalecía; debió retumbar como nunca en el país atlántico. Por poco que a uno le interese esto del fútbol, es fácil haber tenido que escuchar o leer una frase, atribuida a Michel Platini, en la que se proclama alegremente que el partido perfecto tiene que acabar, por fuerza, en 0-0. Sin error no hay gol. Puede que sea así. De acuerdo, no lo discutiremos. Si quieren la perfección, es suya. Porque aquella maravilla de Rui Costa necesitó del bajón de tensión de la defensa británica y de una estirada de James, apodado ‘Calamity’, impotente, insuficiente. En la imperfección está la belleza. Lo sabe el artista. Lo debe saber Rui.

 

Estuvo lejos de ser perfecto y por eso valió tanto la pena. Porque un partido no es bueno porque sea perfecto, sino porque deja un poso en la memoria, una historia que merece ser contada

 

La imperfección, que no solo afectó aquel día al juego, sino también al relato. Porque, ¿no hubiera sido redondo que el asunto se hubiera cerrado así, con un ataque de genio del viejo ídolo, entonces ya relegado a la suplencia? Puede ser. Pero háblame de belleza y te hablaré de David Beckham; por tantas cosas, pero, principalmente, por su derecha, que moldeaba balones como si fueran de barro. Cinco minutos después del terremoto de Rui, en el 115’, un córner botado por Becks lo cabeceaba Terry para que le cayera a un Lampard que se encontraba con un solar en un área aparentemente infestada de futbolistas. Remate y gol. La llegada de Frankie, y los portugueses mirándose los unos a los otros. ¿Cómo diablos podía ocurrir algo así, en la élite de la élite, entre jugadores que trabajan cada día en busca de la perfección? Sin respuestas, nos fuimos a los penaltis.

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Las tandas. Es cierto que no son una lotería, que hay buenos y malos lanzadores, tipos fríos y nerviosos cuando plantan el balón, peores y mejores cancerberos, de los se vencen al azar y de los que aguantan la compostura y la mirada. Es verdad que el técnico tiene la capacidad de confeccionar la mejor lista de pateadores posible, y que la charla previa del preparador de porteros a su meta puede darle pistas decisivas. Pero, a fin de cuentas, las penas máximas son la demostración definitiva de que la perfección, en el fútbol, es una quimera: todos los partidos que se han decidido desde los once metros ya han terminado. No hay ninguno que siga jugándose, como si de críquet se tratara, con su descanso para el té y su amable suspensión hasta el día siguiente. No, ni siquiera necesitamos horas. Solo unos minutos, y listo. El error siempre acecha. Y en Lisboa llegó pronto, cuando el césped traicionó al mejor lanzador inglés. Beckham estaba convencido de la responsabilidad que emanaba de su brazalete. Pero la tiró alta, fuera, lejísimos, a las manos de un gallego que ganaría 28.000 euros en la subasta de aquel balón ya inflado de desgracia y que, con todo, se había pasado 120 minutos hablando de belleza. 

El otro nombre de aquella tanda fue Ricardo, el meta portugués. Convencido de que la ciencia y las certezas objetivas ya tenían poco que ver en todo aquello, se quitó los guantes, desafiante, como si la contienda se fuera a decidir en mitad de la Praça do Comércio y no en la solemnidad de Da Luz. Y fue demasiado para Vassell, que erró, imperfecto, antes de que el mismo Ricardo, decidido a aprovechar su inercia, marcara el lanzamiento decisivo, el séptimo para los lusos. Potente y ajustado: el gol ideal, anotado por alguien que llevaba toda la vida preparándose para evitarlo. Perfecto, ¿verdad?

No sé si una revisión de aquel encuentro, esta vez con ojos técnicos y analíticos, adultos, le restaría valor futbolístico a todo lo que vivimos, tan adolescentes, el día de San Juan de 2004. Poco importa. Estuvo lejos de ser perfecto y por eso valió tanto la pena. Porque un partido no es bueno porque sea perfecto, sino porque deja un poso en la memoria, una historia que merece ser contada.

 


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Fotografía de Imago.