Diez minutos es tiempo más que suficiente para echarte una siesta, para ordenar la cocina, para fumarte un cigarro, para coger un tren, para perderlo. 600 golpes de aguja en tu muñeca pueden equivaler al tiempo que te duchas y te lavas los dientes, a lo que tardas en ir a comprar una barra de pan, a lo que esperas en la sala del dentista. En ese mismo lapso de tiempo en el que nosotros estamos paseando a nuestro perro y recogiendo sus heces, con nueve años, Rui Costa fue capaz de dejar prendado a un mito como Eusébio. La ‘Pantera Negra’ tuvo suficiente con 600 segundos de un partidillo amistoso para ver que ese niño era diferente al resto y se lo llevó directo a las categorías inferiores del Benfica.

Imagínense a Bach entrando en una clase de solfeo para señalar con el dedo al niño que más le sorprende del aula. A Tolstoi atrapado entre cuatro líneas escritas por un mocoso. A Miguel Ángel embobado con las formas trazadas por un chiquillo a partir de una insulsa bola de plastilina. Pues la historia de Rui Costa poco tendría que envidiarlas. Creció y le dio la razón a la mayor leyenda que haya visto el fútbol luso, pasando a la posteridad como, quizá, el tipo que más cerca ha estado de sublimar el arte de la plasticidad sobre un césped portugués.

De muy pequeño, antes siquiera de liderar la Generación de Oro campeona en el Mundial sub-20 de 1991, ya tenía muy claras dos ideas: en quién fijarse y en el número que le acompañaría durante toda su carrera, el ’10’. “Siempre he querido este número, porque lo llevaron todos mis ídolos, sobre todo Michel Platini”. Y más tarde pasó a encarnar él el prototipo de ’10’ ideal que todos algún día quisimos ser. El mediapunta de medias bajas, piernas largas, melena al viento y tronco erguido. El sobrado que nunca esprinta para llegar antes a un balón ni para driblar a un rival, básicamente porque no necesita hacerlo. El hombre capaz de plantarse de punta en blanco en un partido y acabarlo sin un trozo de hierba ensuciando sus impolutas prendas. El tipo que dirige el cotarro, que impone su ley sobre los otros 21, que crea, inventa, sorprende, juega y hace jugar. Y todo eso haciéndolo con la misma calma y el mismo semblante con el que uno se va a dar una vuelta por el parque para estirar las piernas, como si ejecutar todo el abanico de recursos que afloraban de sus pies no fuera algo sumamente imposible de realizar.

 

Rui Costa encarnó el prototipo de ’10’ ideal que todos algún día quisimos ser. El mediapunta de medias bajas, piernas largas, melena al viento y tronco erguido

 

De él decía Zvonimir Boban, compañero suyo en el Milan, que era “el único, junto con Zidane, capaz de cambiar la cara de un equipo. De hecho, más que Zidane”. En Florencia se enteraron de aquello un tiempo antes de soltarlo el propio Boban. Fue llegar él al club, en su primera aventura lejos de casa, y los éxitos, aunque no abundantes, volvieron a dejarse caer por el Artemio Franchi. Dos Coppa Italia y una Supercoppa levantó el portugués en su estancia en la ‘Fiore’. Un equipo que jugaba al ritmo de la batuta de Rui Costa y de los trallazos de Gabriel Batistuta, una sociedad ilimitada de las de antes: un enganche clásico y un ‘9’ de los de toda la vida. Yo los duermo, tú los matas.

Florencia se le empequeñeció y Milán aguardaba su llegada con 35 millones sobre la mesa, un dineral en la época. Aquellos, por edad, momento de forma y estatus, debían ser sus mejores días, pero rodeado de los mejores complementos, en los mejores escenarios, la irregularidad se apoderó de su fútbol. No encajó en el ‘árbol de Navidad’ de Carlo Ancelotti y la magia de Rui Costa se difuminó entre ramas, luces y adornos que, paradójicamente, siendo él una estrella, no le dejaron ver la estrella que copaba el abeto ‘rossonero’.

Cierto es que amplió su currículum en San Siro con una Champions League y una Serie A, pero un joven recién aterrizado desde Sao Paulo pronto le comió la tostada. Se vio superado por un Kaká que lo tuvo siempre como a un referente y Milán despidió al portugués, de vuelta al club que le vio nacer, con el convencimiento de que “en cada gesto de Kaká, querido Rui, siempre habrá un poco de ti”, tal y como rezaba un comunicado del conjunto ‘rossonero‘. El futbolista marchaba; el ‘Maestro’ dejaba un legado, pues una pizca del fútbol de Rui Costa ya era mucho para cualquiera.

Antes de acabar su carrera, el Estadio Da Luz pudo disfrutar de las últimas lecciones de un genio de los de antes. Porque Rui Costa no era el mejor cada tres días, tampoco cada siete y quizá pudo permitirse tener un mes nefasto; era un héroe de otros tiempos donde aún no se estilaban las máquinas perfectas y ultraprofesionalizadas del fútbol moderno. Y es posible que sea eso lo que nos empuja a recordar a los mitos de antaño con el romanticismo de pensar más en lo que pudo ser que en todo lo que fue, en sus gestos antes que en sus triunfos, en su magia por delante de su regularidad. Diez minutos de Rui Costa bastaban para enamorarse de su juego. Y si no, que se lo digan a Eusébio.