Durante décadas, el Mundial ha seguido un guión conocido. Los mismos nombres aparecen en las fases finales, los mismos países levantan trofeos y las selecciones más pequeñas llegan con la esperanza de no quedar en ridículo. Sin embargo, el torneo de 2026 rompe con esa dinámica de una manera que trasciende los números. Por primera vez en la historia, 48 selecciones nacionales competirán en la fase final de un Mundial.
Copa del Mundo FIFA 2026: el escenario más grande del fútbol mundial
Estados Unidos, Canadá y México serán los anfitriones conjuntos de la edición 2026, con encuentros programados en 16 ciudades y sedes que se encuentran entre los estadios con mayor aforo del mundo.
La fase de grupos comenzará en junio de 2026 y la gran final está programada para el 19 de julio en el MetLife Stadium de Nueva Jersey, con capacidad para más de 82.000 espectadores.
Desde el punto de vista económico, este torneo está proyectado como el más lucrativo de la historia de la FIFA. Las estimaciones apuntan a ingresos superiores a los 11.000 millones de dólares, impulsados por el mercado norteamericano, los derechos televisivos globales y una infraestructura ya existente en Estados Unidos que reduce considerablemente los costes de organización.
Por supuesto, la competencia en el terreno de juego será intensa. Las apps para apostar sitúan como máximas favoritas a selecciones como España, Francia, Inglaterra, Brasil y Argentina, que concentran la mayor parte del dinero de los pronósticos. Sin embargo, lo que hace genuinamente especial a esta edición es algo que va más allá de los candidatos habituales al título: por primera vez, 48 selecciones tendrán la oportunidad de disputar el torneo más importante del mundo. Para muchas de ellas, simplemente llegar ya es histórico. Pero el nuevo formato les ofrece algo más que una mera aparición puntual en el escenario global.
De 32 a 48: qué cambia realmente con el nuevo formato
La expansión del Mundial no es solo una decisión administrativa. Tiene consecuencias directas en cómo se desarrolla el torneo y en qué tipo de selecciones pueden competir en él. El paso de 32 a 48 participantes implica una reorganización completa del formato de juego.
El torneo se estructura en 12 grupos de 4 equipos. Los dos primeros clasificados de cada grupo pasan directamente a la siguiente ronda, a los que se añaden las ocho terceras plazas con el mejor rendimiento global. Eso deja a 32 selecciones con vida al cierre de la fase de grupos, un número que beneficia especialmente a los equipos menos consolidados, ya que un resultado negativo no tiene por qué ser sinónimo de eliminación.
En comparación con el formato anterior, la diferencia es significativa. Con 32 equipos y grupos de cuatro, perder un partido podía ser casi definitivo. Ahora, una derrota inicial no tiene por qué significar el fin. Este pequeño margen adicional puede ser determinante para selecciones que carecen de la experiencia y la regularidad de las potencias tradicionales.
El valor de participar: lo que significa para una selección pequeña llegar a un Mundial
Para las grandes potencias, el Mundial es el objetivo principal de cada ciclo de cuatro años. Para una selección de 50.000 habitantes, puede ser el evento más importante en la historia deportiva de un país. Estar presente en la fase final no es solo una cuestión de orgullo: genera recursos económicos, visibilidad internacional, atención mediática y, sobre todo, un estímulo para que más jóvenes practiquen el deporte.
El caso de Islandia en 2018 ilustra bien este punto. Con menos de 400.000 habitantes, la selección nórdica llegó a su primer Mundial y empató con Argentina en la fase de grupos. El impacto en el desarrollo del fútbol islandés fue inmediato: más federados, más infraestructura, más interés de los patrocinadores. Un solo torneo puede cambiar la trayectoria de una federación durante décadas.
Con 48 equipos, ese tipo de historias puede multiplicarse. No todas las nuevas selecciones llegarán lejos, pero la simple presencia en el torneo tiene un valor que trasciende el resultado deportivo.
¿Puede realmente una selección pequeña competir, o solo va a sufrir?
Esta es la pregunta que más escepticismo suscita en torno al nuevo formato. Hay quien argumenta que ampliar el torneo solo sirve para que las selecciones débiles sufran goleadas ante rivales de superior nivel y para que la calidad media del torneo se reduzca. Es un argumento razonable, pero no del todo preciso.
La historia del fútbol está llena de ejemplos en los que el nivel teórico de los equipos no se corresponde con el resultado. Corea del Sur llegó a las semifinales en 2002. Croacia disputó la final en 2018. Marruecos alcanzó las semifinales en Qatar.
Además, la estructura de grupos de cuatro equipos, con tres partidos por equipo, sigue siendo un filtro eficaz. Las selecciones más débiles pueden ganar un partido o incluso dos, pero avanzar de manera consistente requiere un nivel mínimo que, en general, las potencias mantienen. El riesgo de que una selección sin nivel llegue lejos es menor de lo que parece sobre el papel.
El verdadero debate no es si los equipos pequeños van a ganar el torneo, sino si van a tener partidos competitivos y si su presencia añade valor al conjunto del campeonato. La respuesta en ambos casos es afirmativa.


