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“Papá, hoy ganamos”

Saltos, gritos, abrazos, lágrimas. El Rayo Vallecano jugará una final europea. Y los que estuvieron ayer en Estrasburgo celebrándolo ya tienen un recuerdo para toda la vida

ganamos

Joder, qué noche.

Es complicado escribir cuando las sensaciones se te escapan del pecho y no logran llegar a los dedos. Acabo de llegar al hotel en Estrasburgo y todavía me tiemblan las manos. Tengo metido en la nariz el olor al humo de las bengalas. El Rayo Vallecano jugará una final europea. La de la Conference League. Un tipo como yo, que hace unos años soñaba con ascender a Segunda, todavía no se atreve a decirlo demasiado alto por si me despierto y resulta que estamos en el verano de 2025 y toda esta historia no ha empezado.

El miércoles, a los cinco minutos de salir de casa, llegó el mensaje: “Su vuelo a París de las 6:15h se retrasa a las 10:45h. Perdone las molestias”. Las llaves se habían quedado dentro, como casi siempre en los días importantes. Dudé entre volver, despertar a todo el mundo y perder el día o tirar para el aeropuerto. Irya tenía un examen y no podía venir. Opté por seguir: el día solo podía ir a mejor.

A las cuatro menos cuarto de la mañana ya estaba en Barajas. Allí me encontré con la primera avanzadilla rayista: caras de sueño, bufandas bajo la chaqueta y esa mirada de “esto ya lo hemos vivido”. Algunos habían sufrido el mismo retraso. Otros volaban a Frankfurt o Zúrich y desde allí alquilaban un coche. Hablábamos de lo de siempre: que en la ida se nos escaparon vivos, que no podíamos salir como en Atenas, que si el árbitro nos respetaba estábamos dentro, y que si ya había quien miraba vuelos a Leipzig para la final…

Tras varias horas de avión y tren llegué por fin a Estrasburgo. Allí, tal como habíamos quedado, me esperaba Rafael. Lo conocí hace un par de años en Riviera Maya. Cuando me escuchó hablar del Rayo se acercó a pedirme perdón por Hugo Sánchez. Le enseñé vídeos, le conté qué era esto en realidad y se enganchó. Pese a la diferencia horaria, ve todos los partidos desde México. Adora la zurda de Isi, el desborde de Álvaro y el pundonor de Balliu. Cuando le propuse que viniera a Estrasburgo aprovechando que su hija vive en París, no lo dudó ni un segundo.

—Qué mejor oportunidad que el partido más importante de la historia.

El ambiente en la ciudad era raro y bonito a la vez: una postal alsaciana invadida por un puñado de locos con franja roja. Rayistas cantando en plazas llenas de turistas que no entendían nada. Antes del partido recibí una nota de voz de Irya, pero entre el griterío y los nervios no pude escucharla. La guardé para después como amuleto.

 

El ambiente en la ciudad era raro y bonito a la vez: una postal alsaciana invadida por un puñado de locos con franja roja. Rayistas cantando en plazas llenas de turistas que no entendían nada

 

Para variar, lo pasé fatal. Nos valía un empate, no encajar. Pero el fútbol a estas alturas no entiende de lógica. Cada minuto pesaba como diez. Cada vez que el Estrasburgo atacaba, el corazón se me subía a la garganta. Quería animar, gritar, mover la bufanda, pero el cuerpo me pedía salir del estadio y dar vueltas como un loco alrededor.

Y entonces llegó el momento.

No recuerdo exactamente cómo fue la jugada. Solo sé que el balón llegó al área, que hubo un remate, que el portero sacó una mano y que, en el rechace, la red se movió. El estadio explotó. Nosotros estallamos. Me abracé con Rafael como si fuéramos hermanos de toda la vida. También con el chaval de al lado y con la señora mayor de la fila de atrás que llevaba toda la noche pidiéndonos que no nos subiéramos a las butacas porque no veía. Lloré. Lloré como un niño. Grité hasta quedarme sin voz y salté hasta que me dolieron las rodillas. Durante unos minutos Vallecas estaba allí, en mitad de Alsacia, cantando La vida pirata mientras el resto del mundo seguía con su jueves normal.

El pitido final fue una liberación. Los jugadores se tiraron al suelo. Nosotros nos tiramos a los brazos del de al lado. Trejo, Isi, Álvaro, Balliu… Todos vinieron hacia la grada. Allí estábamos nosotros, los mismos de siempre, los de la cola a las seis de la mañana, los del vuelo retrasado, los del “esto no nos pertenece”. Pero esa noche sí nos pertenecía. Era nuestra.

 

Durante unos minutos Vallecas estaba allí, en mitad de Alsacia, cantando La vida pirata mientras el resto del mundo seguía con su jueves normal

 

Ya en el hotel, con la adrenalina todavía corriendo por las venas, respondí a decenas de mensajes de gente que celebraba mi felicidad como si fuera suya. Entonces me acordé de la nota de voz.

La puse.

—Papá, no te preocupes, que hoy ganamos.

Joder.

Si la hubiera escuchado antes, habría estado mucho más tranquilo… O no. Porque en realidad esa frase era exactamente lo que necesitaba oír en el minuto 93, cuando nos pitaron un penalti en contra y la cabeza se va a lo peor. Era Irya, con sus diez años, recordándome que el Rayo siempre da la vuelta. Que siempre hay esperanza. Que este viaje, que empezó hace tanto tiempo, sigue escribiéndose.

Me senté en la cama del hotel, con la bufanda todavía al cuello y alguna lágrima traicionera, y por primera vez en mucho tiempo no tuve miedo de que se acabara.

Porque ya habíamos llegado hasta aquí.

Y mañana… Mañana seguiremos.

 


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Fotografía de las redes sociales del Rayo Vallecano.