Gerard Fernández lo dejó todo y cruzó la península para estar cerca del equipo al que animó desde niño
El 15 de agosto de 2022, Gerard Fernández se instaló en el piso que acababa de alquilar en A Coruña. Había estado un par de años trabajando en Madrid, adonde llegó desde su Benidorm natal. Pero hacía años que tenía claro el destino final. “Lo primero que hice cuando descargué las cajas de la mudanza fue irme directo a Riazor a hacerme socio del Dépor”, explica. Dejó que un amor irracional, el que sentía por el club blanquiazul, guiara sus pasos. Porque lo único que lo ligaba a la ciudad herculina, más allá de algunos amigos que había hecho por el camino, eran dos décadas de fidelidad a un conjunto que jugaba a 1.000 kilómetros de su hogar. Suficiente para tirarse a la piscina.
Todo empezó el 6 de marzo de 2002. “Tenía nueve años cuando el Deportivo ganó al Real Madrid en la final de Copa del Centenariazo. Fue el primer partido que vi en casa, y desde entonces he sido deportivista. Mi familia no lo entendía, pero me acabaron regalando una camiseta de Valerón que me iba enorme, por las rodillas. Me la ponía igualmente”, relata Gerard, que aparecía de esa guisa en el colegio, donde cualquier tropiezo blanquiazul significaba aguantar las mofas de sus compañeros: “Recuerdo aquella remontada al Milan, con un 4-0 en Riazor [Liga de Campeones 2003-04]. Habíamos perdido 4-1 en la ida y en clase me decían que nos iban a meter otros cuatro. Fue un partido increíble”. Aquel año, precisamente, pudo ver en directo a su equipo. Fue a dos horas de casa: en el Carlos Belmonte de Albacete, el Dépor de Jabo Irureta ganó 0-2, con goles de Lionel Scaloni y Albert Luque. El equipo del que se enamoró Gerard era un conjunto que se codeaba con los grandes en España y en Europa.
Fue entonces cuando empezó a fantasear con el viaje que cambiaría su vida. Galicia le llamaba. “Desde siempre me había atraído. Sus historias de meigas, los paisajes verdes… Mi familia viene de Andalucía, no existe ninguna conexión gallega. Pero yo lo tenía claro”, relata. La primera vez que visitó el estadio, con motivo de un derbi contra el Celta , reafirmó su ambición. “Por la tele no te das cuenta de que en Riazor reina un ambiente muy familiar. Hay desde niños hasta señoras de 80 años. Eso me encantó”, detalla. “Mi mejor recuerdo con el Dépor es la eliminatoria de ascenso ante el Barça B. Cuando piensas que había 90.000 personas en la calle esperando al equipo antes de un partido contra un filial, y en Primera RFEF…”, prosigue, convencido de que forma parte de una de esas hinchadas especiales, distintas por su resistencia y su fe.
“Me vine a vivir aquí con el equipo en Primera RFEF, pero no me importaba. Pese a los malos momentos, siempre he estado con el equipo”
UN CORUÑÉS MÁS
Gerard se ha adaptado a la perfección a su nueva vida. Se le nota incluso un incipiente acento. “Hoy ya soy un ‘coruño’ más. Hay quien dice que ya soy más ‘coruño’ que los ‘coruños’. Hago vida en la ciudad, vivo bien aquí e intento ir a los partidos, sin falta. También voy a algunos encuentros fuera de casa. Hace poco estuve en León”, explica en referencia a uno de los desplazamientos en los que ha acompañado al equipo, actualmente en Segunda y con una ciudad entera entregada al objetivo de regresar a la élite. Las dificultades recientes, en forma de descenso e inestabilidad, no minaron su empeño. “Me vine a vivir aquí con el equipo en Primera RFEF, pero no me importaba. Pese a los malos momentos, siempre he estado con el equipo”, se enorgullece Gerard, que regresa de vez en cuando a Benidorm. Son visitas puntuales, antes de volver a casa, al estadio al que llevaba tanto tiempo queriendo llamar ‘hogar’.
Ilustración de Marc GS / @marc.gs



