Cuando era pequeño y el Rayo Vallecano andaba perdido por Segunda División conseguí arrancar una promesa de mi padre: si el equipo se clasificaba para Europa iríamos juntos a alguno de los partidos que jugara fuera. Yo soñaba con que el conjunto hiciera en el césped lo que yo lograba después de horas perdidas de sueño en el PC Fútbol, y él sabía que el órdago tenía red: el club podía estar cerca de muchas cosas, pero nunca de la UEFA.
Por eso, cuando me acerqué sonriente aquel 8 de junio del 2000 y le dije que un sorteo por juego limpio le había dado un hueco en el citado torneo, él me miró con una mueca después de tragar saliva. Decía David Gistau que nunca sabemos qué momentos compartidos, aparentemente triviales para el adulto, se quedarán grabados para siempre en la memoria del chico, e incluso lo ayudarán a hacerse una idea de cómo era su padre si este falta prematuramente. No viajamos a Andorra porque pillaba en vacaciones, ni a Noruega porque estaba lejos, ni a Dinamarca y Rusia por el frío. Contra el Girondins, “ya estaba todo solucionado”, y el Alavés “no era original porque ya juega en la Liga”. Spoiler: me quedé sin mi viaje.
Por eso, cuando el miércoles cogimos el tren a Barcelona, éramos cuatro: mi hija, mi mujer, yo y mi yo de hace veinticinco años: más joven, sin canas, con la frente tersa como el marfil y una sonrisa de oreja a oreja. Por suerte, él no pagaba; todo ahorro es importante.
No sé la historia del resto de los 2.000 ‘rayistas’ que nos encontramos en Eslovaquia, pero en estos dos días me he imaginado una por cada pareja que sonreía con su camiseta de la franja puesta
No sé la historia del resto de los 2.000 ‘rayistas’ que nos encontramos en Eslovaquia, pero en estos dos días me he imaginado una por cada pareja que sonreía con su camiseta de la franja puesta. También por esos que paseaban orgullosos su bufanda mientras tomaban una cerveza y brindaban por la vida. Y por esos niños a los que sus padres han robado días de clase para enseñarles qué significa la palabra sentimiento.
Algunos viajaron de Madrid a Barcelona o Alicante en tren para coger allí un vuelo directo a Bratislava. Otros volaron directamente a Viena o Budapest, y desde allí continuaron hasta la ciudad eslovaca. Se creó un grupo de WhatsApp, que a estas alturas ya tiene más de 500 miembros, y las aproximadamente 1.100 entradas visitantes que el Rayo Vallecano puso a la venta en su estadio se agotaron en unas horas. Desde ese momento, centenares de aficionados comenzaron a comprar entradas en otras zonas del campo cercanas en la web del Slovan, que, sabedor de la avalancha, bloqueó la venta fuera del país.
Entonces supe que, pasara lo que pasara en el partido, ya habíamos ganado: esta vez, por fin, el viaje no se quedó en “algún día”
Y en un estadio a miles de kilómetros de casa, mientras mi hija gritaba el gol con los ojos muy abiertos y la bufanda tapándola media cara, entendí por fin algo que entonces no supe ver: aquel viaje que nunca hicimos también era una forma de querernos. Mi padre no me llevó, pero me dejó la promesa, que al final era una brújula. Y ahora era yo quien, sin darme cuenta, estaba cumpliéndola con otra generación agarrada de mi mano. Miré a mi yo de hace veinticinco años -ese sí que había venido- y me sonrió como solo se sonríe cuando uno llega tarde pero llega. Le di un abrazo y me despedí de él, porque entonces supe que, pasara lo que pasara en el partido, ya habíamos ganado: esta vez, por fin, el viaje no se quedó en “algún día”.
Por la noche, mientras repasaba el partido entre sueños, me pareció recordar que a la salida del estadio alguien vendía programas viejos del año 2000. Compré uno. Dentro había una foto de mi padre en la grada, con un cuarto de siglo menos y la misma mirada de quien sabe que no va a cumplir una promesa. No recordaba que él hubiera estado nunca en Bratislava.
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Fotografía publicada en las redes sociales del Rayo Vallecano.


