Cuando Iñigo Pérez decidía no dar la rueda de prensa y se estaba marchando a su casa después del partido, yo estaba comiéndome un kebab en un local a 200 metros del estadio. Sé que a quien esto lee no le interesará demasiado mi dieta, pero mi objetivo es contar lo que pasó en el local cuando entró un chaval que estaba viviendo en la calle y pedía veinte céntimos a cada uno de los allí presentes para poder comprar una barra de pan. Justo cuando pasaba por allí, el chico de la mesa de al lado se levantó y acompañó al chico hasta la barra para invitarle a un menú. Eso es Vallecas: una familia.
Dicen que el amor más puro es el que profesan los padres a sus hijos. Desde el mismo instante en el que los ves por primera vez, sabes realmente lo que es el amor y que será para toda la vida. Porque nada duele más que un hijo. Perdonas sus errores, sus logros te enorgullecen más que los propios y no soportas que nadie tenga la más mínima crítica o reproche hacia ellos. Te sientes con la potestad (muchas veces errónea) de reprocharles algunas conductas e intentar dirigirlos por el camino correcto, pero ay de quién ose decirte a ti el más mínimo defecto de ellos.
El fútbol también va un poco de eso. Nos sentimos libres para criticar a nuestro equipo, verle las costuras y querer mejorarlo desde el sillón de nuestras casas, pero si alguien de fuera lo hace sentimos un pellizco en el corazón. Por eso, cuando hace apenas un par de días veía el vídeo del Lech Poznan realizando un “tour” por los vestuarios del estadio para retratar la triste realidad decadente de las instalaciones del Rayo Vallecano, mostraba el surtido multicolor de toallas con las que ‘agasajan’ a los rivales o la sala sin luz para los técnicos, sentí una rabia que se me subió a la garganta como bilis de cerveza agria.
“Ahí estamos, ganando partidos con goles en el último minuto como quien roba un abrazo en la calle y recordando que el Rayo no conquista trofeos: los arañamos con las uñas sucias por el barro, la frente empapada en sudor y sueños prestados”
Apenas unas horas antes habían salido también otras imágenes de un aficionado polaco colándose en el estadio para realizar un grafiti y llenar de pegatinas una pared sin que hubiera el menor rastro de alguien que pudiera evitarlo. Al artista en cuestión le dio por pintar una cabra, pero le hubiera resultado igual de sencillo echarse una tanda de penaltis con un colega en el césped, echarse una siesta en la tribuna de preferencia o poner una bomba y dejar secos a los aficionados. Y eso debe hacernos reflexionar a todos.
Hablando precisamente de grafitis, mi favorito es ese que se ve de vez en cuando por Twitter con una pared vieja y golpeada sobre la que aparece tan solo una frase pintada con spray negro: “Sei bella como un gol al 90!”. Si somos sinceros, a todos nos gusta ganar así, sobre la bocina, cuando ya no queda tiempo para la reacción. Notar cómo se acelera el pulso cuando la recibe el jugador, levantarte levemente cuando controla la pelota y estallar en júbilo cuando la ves entrar en la portería. Fundirse en un abrazo con la persona que tienes al lado, llegar tarde a casa y que te cueste dormir porque ni las horas hacen que bajen las pulsaciones. El deseo de quedarse a vivir, suspendido, en ese instante. No sé lo que pone en el diccionario, pero así debería definirse la felicidad. Y así pasó ayer frente al Lech Poznan después de remontar el 0-2 con el que se llegó al descanso mientras la gente se frotaba los ojos en las gradas.
Decía Sabina que “los del Rayo no éramos gran cosa para su merced” en su Barbi Superestar. Tenía razón: en Vallecas no estamos acostumbrados a ser favoritos, mirar la Conference League y pensar en ganarla es algo que mi yo de hace unos años no hubiera imaginado. Sin embargo, ahí estamos, soñando con los ojos abiertos, preparando conexiones imposibles para viajar a Bratislava en tres semanas y seguir llenando el mapa de chinchetas y fantaseando. Ganando partidos con goles en el último minuto como quien roba un abrazo en la calle y recordando que el Rayo no conquista trofeos: los arañamos con las uñas sucias por el barro, la frente empapada en sudor y sueños prestados. “Sei bella, Conference”, como ese hijo que tropieza y se levanta riendo, manchando el mundo de nuestra familia jodida y eterna.


