Este es el editorial con el que arranca el nuevo #Panenka152, nuestro número especial sobre el Espanyol, que ya está disponible aquí
El 23 de mayo de 1963, el Espanyol regresó a Primera. Subcampeón de su grupo en Segunda, tuvo que jugárselo todo en la promoción, ante el Mallorca. Victoria en la ida, derrota en la vuelta; la intriga, los nervios y el sinvivir blanquiazul se mantendrían hasta el partido de desempate. En el Santiago Bernabéu, para mayor gloria, los ‘periquitos’ cantaron el gol de Idígoras, que la empujó a las redes con el alma y la nariz, para mayor épica. La primera caída a la categoría de plata habrá durado solo un año.
Y eso es lo que ocurrirá las otras cinco veces en las que los barceloneses sientan el calor insoportable del infierno bajo los pies.
En 1970, celebraron su regreso con un 7-0 inapelable en casa. En 1990, los nervios y el sinvivir tuvieron forma de tanda de penaltis. En 1994, el equipo de Camacho firmó su alirón el día de Sant Jordi. En 2021, el trabajo quedó resuelto a falta aún de cuatro jornadas.
Desafiar a la probabilidad no es tan complicado si tu propia existencia es la pura improbabilidad. La improbabilidad de ser grande a la sombra de un gigante. La improbabilidad de ser tú mismo en medio de los demás
¿Y 2024? Una temporada larga que se hace larga, dosis de incertidumbre, de decepción. Pero nunca miedo. Tras dos cambios de entrenador, llega Manolo González. Y parece como si todo el carácter genuino, la historia de resistencia y el fútbol con compromiso que se acumulan en el archivo centenario del club se mezclen en la figura de un hombre bueno, de un tipo común que, sin embargo, bombea en su corazón dos colores que en Catalunya son distintivos: el blanco de los días claros, el azul de las noches tristes.
Perseverar, insistir. Incapaz de alejarse de él, temeroso de perderlo para siempre, el fútbol activa un mecanismo de defensa, una ley natural, cada vez que el Espanyol parece hundirse. Se pongan como se pongan, te digan lo que te digan, el Espanyol y Primera son una misma cosa. Desafiar a la probabilidad no es tan complicado si tu propia existencia es la pura improbabilidad. La improbabilidad de ser grande a la sombra de un gigante, de la modernidad caníbal. La improbabilidad de ser tú mismo en medio de todos los demás.
Así viven, y no mueren, sino renacen, los ‘periquitos’. O llamémosles, mejor, ‘pericos’. Que los periquitos, pobrecitos, viven en jaulas, mientras que los ‘pericos’, orgullosos, llevan 125 años volando libres.



