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¿De verdad el fútbol es de la gente?

Los partidos de liga jugados en el extranjero son una prueba evidente del poco peso que tienen los aficionados que acuden cada dos semanas al estadio para animar a su equipo

fútbol

Hay un período del verano que sobra. Estamos en esa etapa que el calor pesa más que los párpados, las playas están más llenas que un Superclásico en la Bombonera y el sol te mira de forma hostil, como si hubiera cobrado vida, le cayeras mal y te estuviera echando un pulso. Por alguna razón, aquellos afortunados que podemos agarrar el mando de la televisión o contamos con la paciencia necesaria para manejar el ratón, gambeteando anuncios de todo tipo en Roja Directa, tenemos la fortuna de tener un antídoto que huele a césped recién cortado.

La vuelta al fútbol es como volver a salir de la barriga de mamá sabiendo que estás eternamente condenado a amar a la redonda. Cada temporada surge otra excusa perfecta para argumentar que este curso sí, que este curso es todavía más ilusionante que la anterior. No importa el motivo. Como si te tienes que agarrar al cambio del grosor de las franjas de la nueva camiseta de tu equipo. Y un año más parece que ese sentimiento, que es a la vez tan humano como indescriptible, tiene un valor sumamente bajo para aquellos que manejan los hilos del negocio futbolístico y que nunca se les ha visto pisar las gradas con gorros, abrigos y bufandas los días laborables de invierno.

 

La cruda realidad es que todo parece que seguirá como si nada. Que cuando este culebrón finalice, los hinchas volveremos a recorrer las mismas calles que llevan al verde

 

El mero planteamiento de algunos dirigentes de clubes de nuestro país tratando de argumentar los beneficios de jugar un encuentro de liga en otro continente no es más que un vago reflejo de lo poco que importan nuestras voces, nuestros abucheos, nuestros cánticos y esa ilusión de defender la camiseta de nuestro equipo los fines de semana. Parece que lo que sucede en el estadio ya no tiene un peso específico en los objetivos de cada vez más clubes regidos por principios que se adhieren mejor al capitalismo que a la pelota. Y si en los años 90 nos quejábamos de presidentes energúmenos con un sesgo anticuado y una ética inexistente, los de ahora esconden la procedencia de sus billetes debajo de trajes financiados con el dinero de nuestros abonos.

Ojalá algunos se dieran cuenta de que el fútbol no les pertenece a los dirigentes, ni al oro ‘sospechoso’ que se resguarda en algunos maletines, ni a los sponsors de casas de apuestas con sede en países asiáticos. Y todavía más irónico es que el primero que lo denuncie con comunicados sea el mismo presidente que apoya competiciones veraniegas organizadas en Estados Unidos por asociaciones corruptas, con la única meta de mover dinero y lucrarse de los intereses de la competición.

 

El planteamiento de algunos dirigentes tratando de argumentar los beneficios de jugar un encuentro de liga en otro continente no es más que un vago reflejo de lo poco que importan nuestras voces

 

Entrar en una reunión de la FIFA debe ser como dar un paseo por Wall Street a finales de los 80. Señores con corbata dándose la mano a sabiendas de que la fiesta es insostenible, vendiendo argumentos que maquillan el sinsentido económico que gobierna nuestro deporte. Y la cruda realidad es que todo parece que seguirá como si nada. Que cuando este culebrón finalice, los hinchas volveremos a recorrer las mismas calles que llevan al verde, beberemos en los mismos bares que se asientan en las afueras del estadio y desplegaremos con ilusión la misma butaca de siempre. Porque como dijo Guillermo Francella en El secreto de sus ojos, “el tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión… de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín; no puede cambiar de pasión”.

A veces me gustaría despertar y volver a vivir un gol de Torres en el Vicente Calderón o una tarde de pipas y de atajadas de Kameni en el Estadi Olímpic. Quiero volver al Madrigal con el ’21’ en la espalda y ver cómo la ilusión no la manejan los de la corbata, sino los magos con medias y un escudo en el pantalón. En fin. No sé en qué quedará todo esto. Lo único que sé es que el fútbol es nuestro, y que cada vez es más difícil convencerse de cómo hay que luchar por él.

 


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Fotografía de Getty Images.