Pasaportes

Zidane, Argelia y la fe silenciosa


Zidane mantuvo su identidad religiosa en la intimidad del vestuario y del hogar. Pero, aun sin hacer bandera de sus rasgos culturales, allanó el camino para que los que vinieran después pudieran mostrarlos abiertamente.


Este reportaje está extraído del nuevo número de Panenka, que está disponible aquí

 

Octubre de 2021. Tras regresar a lo grande a la selección francesa, y después de haber ganado el Balón de Oro, Karim Benzema, entonces delantero estrella del Real Madrid, francés de ascendencia argelina, se encontraba bajo un intenso escrutinio público. La culpa no la tenía un gol fallado, sino su religión. Un conocido opinador de su país había deslizado que Benzema, galo de ascendencia argelina que practica abiertamente el islam y que respeta el Ramadán, no es “un verdadero francés”, porque da prioridad a su identidad religiosa, la de sus antepasados. Esas palabras reabrieron el viejo debate nacional sobre laicidad e integración.

La concepción de que ser un musulmán practicante y un ciudadano francés ejemplar son cosas excluyentes, ese clima de sospecha, definió el contexto histórico en el que Zidane desarrolló su carrera. ‘Zizou’, 20 años mayor que Benzema y su mentor en el Real Madrid, no se vio señalado por su religión. La diferencia entre ambos casos no solo se explica por los cambios políticos que se han producido con los años, sino también por la habilidad de Zidane para sublimar su propia cultura.

 

La estrategia de Zidane fue hacer del fútbol algo tan trascendente que su identidad personal pasara a ser algo aceptado, y no el objeto del debate político. Esa discreción se vio desde el mundo árabe como una victoria sobre los prejuicios

 

Zidane moldeó su imagen pública a través del disimulo estratégico de sus identidades argelina, cabilia y musulmana, una necesidad que terminó siendo un modelo a seguir para cualquier deportista musulmán que vendría después. Este artículo intenta indagar en cómo esa estrategia basada en el silencio terminó convertida en una poderosa y sutil forma de empoderamiento. Su legado ha influido a muchos jugadores árabes de todo el mundo, pues ha establecido un término medio entre la asimilación requerida y una integración que no excluye la identidad. Su estrategia fue hacer del fútbol algo tan trascendente que su identidad personal pasara a ser algo aceptado, y no el objeto del debate político. Esa discreción se vio desde el mundo árabe como una victoria sobre los prejuicios.

IDENTIDAD, MONEDA DE CAMBIO

Zidane irrumpió desde La Castellane (un área de Marsella con mucha población migrante) pese al contexto desfavorable, marcado por el aumento de las corrientes antiinmigración y el laicismo inflexible. Como suele ocurrir con figuras de su magnitud, cada uno de sus gestos se miraba con lupa; cualquier palabra que expresaba se amplificaba. Su decisión de mantener la religión fuera de la ecuación no fue tanto una preferencia personal como una estrategia para sobrevivir en una sociedad que exige asimilación. Su gran éxito fue demostrar que un hijo de inmigrantes argelinos podía convertirse en la expresión más perfecta del fútbol francés. Así neutralizó las críticas que solo se basan en el origen.

 

El gran éxito de Zidane fue demostrar que un hijo de inmigrantes argelinos podía convertirse en la expresión más perfecta del fútbol francés. Así neutralizó las críticas que solo se basan en el origen

 

Sus padres, Smaïl y Malika, llegados desde la población cabilia de Aguemoune, le inculcaron la fe islámica y el orgullo silencioso de su pueblo. Zidane nunca ha negado sus orígenes, pero tampoco los ha utilizado. Sus declaraciones públicas siempre fueron un ejemplo de equilibrio. “Estoy orgulloso del lugar del que vengo, y nunca olvidaré a las personas con las que crecí. Éramos una familia que pasó de no tener nada a gozar del respeto de toda clase de franceses”, dijo en una ocasión. Una respuesta mesurada, perfectamente adecuada a los gustos del establishment francés. También quiso hablar con claridad de su identidad múltiple: “Cada día recuerdo de dónde vengo, y sigo orgulloso de ser quien soy: en primer lugar, un cabilio de La Castellane; luego, un argelino de Marsella; y, después, un francés”. Enfatizaba así el respeto por las raíces, con conceptos aceptados en la narrativa de la República Francesa. Tenía la habilidad de dejar de lado el apelativo ‘musulmán’, de mucha mayor carga política…

 

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Itay Goder

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