Pasaportes

Vida y hazañas de un director deportivo

Viven con el móvil cosido a la oreja, como si siempre estuvieran a punto de soplarles el nombre del asesino. Suelen tener el despacho atestado de pantallas, la agenda colmada de reuniones, la cabeza desbordada de apellidos, precios y posiciones. Antes de tomar una decisión, cierran los ojos y se rascan la frente. A veces, porque presienten que van a cambiar el destino. En otras, por pura inercia. No pisan la playa en verano. Se manejan en varios idiomas. Tienen confidentes en casi cualquier ciudad del mundo. Saben enterrar un secreto. Nunca se pondrían el chándal del entrenador, pero la americana jamás les queda igual de bien que al presidente. Se acuestan tarde y se levantan temprano cada día por el mismo motivo: un partido de fútbol. Confieso que me atrae la figura del director deportivo. Lo imagino deambulando a las tantas por las oficinas del club, cuando todos ya se han ido, las luces apagadas, los primeros botones de la camisa desabrochados, rumiando cómo llevar a cabo un plan imposible que, de repente, ¡zas!, se vuelve infalible. Como ese aprendiz de sacerdote en Roma que una mañana salió a la calle gritando que se le había aparecido la Virgen en la bañera, y cuando se dio cuenta de que iba desnudo, pidió disculpas a los vecinos: “Es que Dios existe, pero no avisa”. En 2016, en una entrevista para esta revista, Víctor Orta le confesó a Roger Xuriach que su obsesión por el fútbol nació en México’86, cuando se compró el álbum de cromos del Mundial y se aprendió los nombres de todos los jugadores de memoria “para impresionar a mis dos hermanos mayores”. Tiempo después se presentó a un concurso de la radio sobre conocimientos balompédicos y venció a su ídolo, un tal Maldini. Sin saberlo, esos dos hitos empezaban a labrar el futuro profesional del relevo de Monchi -su maestro- en el Sevilla, que años más tarde acabaría tomándose un café con Marcelo Bielsa y convenciéndolo para que cogiera las riendas de un equipo de Championship, el Leeds United. Nadie es capaz de explicar cómo se hace un buen director deportivo, qué es lo que lo distingue del resto, de dónde sale su desconcertante capacidad para hurgar, detectar y comprar talento. La respuesta, tal vez, se esconda en lo más profundo de su memoria, o en algunos de esos contactos que guarda con triple contraseña en el teléfono, a los que llama compulsivamente cuando quiere cruzar al más allá y descubrir qué es lo que nos tiene preparado el futuro.

 


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Fotografía de Getty Images.

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Marcel Beltran

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