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Victor Osimhen y los delanteros de punto final

Khvicha Kvaratskhelia. Su nombre parece empezar con un muro, su apellido se zancadillea a cada sílaba, pero su juego fluye como un río. En ocasiones, de forma torrencial. El georgiano es un tipo astuto, además, y sus pases casi siempre van dirigidos al mismo objetivo: Victor Osimhen. Un delantero que no pide permiso. Entra y se enciende un pitillo en medio del bar. Ni saluda, tan sólo dispara. Sin miramientos. Trastabillándose, al sprint o de un salto. De cualquiera de las maneras. Y, como buen delantero, el balón suele acabar dentro.

Desde hace un tiempo, Osimhen juega con una máscara. Ha añadido misticismo a su figura. De querer escribir titulares, lo tendríamos facilísimo: Nápoles encuentra a su Batman, y Batman a su Robin. Pero el delantero nigeriano parece rehusar cualquier malabarismo de nombres. El escritor Richard Ford escribía que la vida no necesitaba de metáforas, y Osimhen es uno de aquellos delanteros que afirma que el fútbol tampoco. Tiene zancada, elasticidad y olfato. Sabe dónde moverse, y cuándo hacerlo. Tan solo necesita un balón en el área para hacer el resto. No pide ni elabora figuras retóricas. De eso se encarga Kvaratskhelia. Su trabajo es el de poner el punto final. De coger el balón y destinarlo a la red. Sencillo. Se desmarca al espacio. Busca el hueco en el área. Recibe, controla, dispara. Gol.

 

No pide ni elabora figuras retóricas. De eso se encarga Kvaratskhelia. Su trabajo es el de poner el punto final. De coger el balón y destinarlo a la red. Sencillo. Se desmarca al espacio. Busca el hueco en el área. Recibe, controla, dispara. Gol

 

Osimhen ha crecido adorando a tipos como Didier Drogba, que es escuchar su nombre e imaginar a un tren embistiendo con todo. Sin frenos. Delanteros de punto final. No preguntan por nada más que el resultado al acabar. Para ellos, un 1-0 es un 1-0, una victoria, ya está. Aunque nosotros nos montemos nuestras películas, e imaginemos decenas de realidades alternativas, hay delanteros que se toman la licencia de acercarse, quitarnos el bolígrafo y recordarnos: ‘Déjese de chorradas, señor. Un gol es un gol. Bonito, feo, de rebote o de tacón. Y, ahora, siga con su vida’.

El discurso lo conocen en cinco países distintos. Con 19 años, Osimhen dejó Nigeria para jugar en Alemania. A la temporada siguiente, se fue cedido a Bélgica, luego se instaló en Francia y esta es su segunda temporada en Italia. Aunque juega en Nápoles, que no es del todo Italia, sino es simplemente Nápoles. Para lo bueno y para lo malo. En la ciudad napolitana, Osimhen ha encontrado a su mejor socio, un extremo georgiano, se siente arropado por todos, y después de costar 80 millones, ahora parece valer el doble. La ciudad celebra sus goles y los niños llevan su máscara. En el futuro se pintarán murales de ella. Pero ahora a Victor Osimhen sólo le preocupa una última cosa. Un último recado. Poner el punto final al Scudetto napolitano 30 años después. Como quien se enciende un pitillo y al rato lo tira al suelo, lo apaga y se va.

 


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Fotografía de Getty Images.

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Àlex Honrubia

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