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Una camiseta fea e inolvidable

Un animal en descomposición es un concepto aterrador, nauseabundo, salvo si lo observa Baudelaire. Entonces la imagen adquiere ciertos matices decorosos, incluso agradables, que la encaminan al esplendor. Eso es parte del legado del poeta, que, a base de detectarlo en todas partes, nos enseñó a convivir con lo desagradable, hasta el punto de normalizarlo y de darle un valor rutinario. “Lo bello es siempre extravagante”, dejó escrito en Las flores del mal.

Nietzsche también sostenía que la fealdad es interesante. Y Kierkegaard estaba convencido de que además es necesaria, puesto que ayuda a recordar la realidad. Lo que es innegable, en cualquier caso, es que tiene sus cualidades. Y entre todas ellas, a mí hay una que me asombra más que el resto. Lo feo, además de tender a los colores oscuros, por ejemplo, o de oler mal, o de ser casi siempre asimétrico, es brutalmente resistente en la memoria, de tal modo que a veces es imposible borrarlo como recuerdo. Es como si, al verterse delante de nuestros ojos, se apropiase del espesor del aceite, y nos dejara en el cerebro una mancha insalvable. Lo feo aguanta, perdura, y está mejor dotado para combatir el avance del tiempo que algunos de los paisajes más hermosos que nos ofrece la vida.

 

El Hull City tiene 119 años de historia. En tres de ellos, el club decidió, vete tú a saber por qué, aprobar el diseño de unas camisetas que llevaban la tradicional vinculación de la entidad con la figura del tigre hasta límites abominables

 

De otra forma no podría entenderse que, pasados los años, cuando tratamos de recordar qué prendas había en nuestro armario durante la adolescencia, tengamos muchas dificultades para rescatar aquello que solíamos ponernos antes de bajar a la calle en un día cualquiera, y en cambio no consigamos librarnos de la sombra de ese jersey de lana que nos regaló nuestra abuela, espantoso, con rombos azules y amarillos, que no osábamos enfundarnos ni para salir a hacer deporte. Retenemos más nítidamente el horror que el refinamiento, asumiendo que este último, tarde o temprano, acabará deviniendo polvo. Lo mismo pasa con la comida. Cuando alguien se interesa por mi plato favorito, suelo pedirle que me formule la pregunta al revés, pues es mucho más sencillo para mí concretar qué es aquello que en una ocasión probé y jamás volvería a llevarme a la boca.

El Hull City tiene 119 años de historia. En tres de ellos, los que fueron de 1992 a 1995, el club decidió, vete tú a saber por qué, aprobar el diseño de unas camisetas que llevaban la tradicional vinculación de la entidad con la figura del tigre hasta límites abominables. La equipación era, directamente, un chiste. La peor con diferencia que ha vestido el equipo. Y, sin embargo, no ha habido ni habrá otra que supere su fama.

 


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Fotografía de Getty Images.

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Marcel Beltran

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