Han pasado 1.317 días desde que se puso por última vez con la camiseta del Barça. Y 736 desde que levantó en Lusail la copa que le faltaba. Son números inverosímiles, criminales. Para el fútbol, esa fábrica del olvido que se traga los recuerdos sin masticarlos, debería ser tiempo suficiente para que la página ya volviera a estar en blanco. En ese lapso, se me murieron tres abuelos, me compré mi primer coche, me casé, aprendí a hacer fricandó. Casi nada. Pero hay algo en mí que no se ha movido. Han pasado más de dos años desde el último gol suyo que celebré de verdad, en esa final imposible contra los franceses, y, sin embargo, todavía duele, todavía Messi. Siguen revoloteando en mi cabeza, como si hubieran sucedido hace solo unas horas, esos quiebros secos en la banda, esos pases delirantes al hueco, esos caños limpios como baldosas recién fregadas, esos disparos suaves y definitivos que entraban lamiendo el palo. No se han ido a ninguna parte esos ojos indescifrables, esas caminatas misteriosas por el césped, esa manera absurda de parar el tiempo para luego precipitarlo y destrozarlo, esas celebraciones icónicas como estribillos de los Beatles, esa sonrisita inocente tras el gol, como si más que un futbolista que pasa a la Historia fuera un niño comiéndose toda la tableta de chocolate sin el permiso de sus padres. Esos partidos infaustos que yo, más que por el bien de mi equipo, quería que se acabasen ganando para que ese tipo de metro sesenta y nueve y la barba perfilada no se metiera triste en la cama. Como si mi estado de ánimo dependiera exclusivamente del suyo. Podría haberse atenuado, pero no. El tiempo lo cura todo menos Messi. Fue tan gordo lo que hizo en el pasado con nuestras vidas que ya nunca dejará de ser presente; seguirás pensando y emocionándote con sus jugadas como si acabaran de ocurrir. Messi es peor que un tatuaje, porque lo suyo sí que va en serio: ni soltando toda la pasta del mundo vas a poder quitártelo de encima. No lo elegiste, no lo buscaste, pasó, y ahora ya no eres capaz de contar en qué persona te has convertido, cómo has llegado hasta aquí, sin que él aparezca en algún punto de la explicación. Messi es de por vida, te pongas como te pongas.

 


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Fotografía de Getty Images.

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Marcel Beltran

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