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Salenko, el goleador devaluado

Su nombre sigue enmarcado en los archivos de la FIFA, pero su trayectoria parece más la de un broker medio arruinado que la de un futbolista. Oleg Salenko, el único jugador capaz de marcar cinco goles en un partido de un Mundial (Rusia-Camerún, en 1994), llegó un día de invierno a Logroño envuelto en la niebla del anonimato, pero dispuesto a convertirse en un héroe. En sus primeros días en el Logroñés cobraba unas 58.000 pesetas al mes, el salario mínimo, hasta que un día se presentó en casa del presidente, Marcos Eguizábal, con las ma- letas hechas, diciendo que no llegaba a fin de mes y que si no le subían el sueldo, se largaba. Le mejoraron el contrato, pero no el carácter: era introvertido y un poco indolente, aunque en el campo, cuando encaraba el punto de mira, no fallaba.

Explotó en la temporada 1993-94: 16 goles en 31 partidos con aquel Logroñés de Lopetegui, Romero, Poyatos y compañía. Salenko devoraba gambas como si fuesen pipas y le encantaba quedarse tumbado en el césped tomando el sol después de los entrenamientos. Por eso se entusiasmó cuando le fichó el Valencia: 50 millones al año, paella, sol y playa. A orillas del Mediterráneo no cuajó, aunque se convirtió en el ‘profe’ particular de penaltis de Mendieta: el bueno de Gaizka aprendió a golpear el balón sin apartar la vista del portero, para poder engañarlo mejor.

 

Salenko devoraba gambas como si fuesen pipas y le encantaba quedarse tumbado en el césped tomando el sol después de los entrenamientos

 

Las lesiones de rodilla ya empezaban a torturarle: pasó por el Glasgow Rangers y el Istanbulsport, pero su carrera futbolística ya iba cuesta abajo y sin frenos. Su última escala en España fue tan breve como surrealista: en 1999, duró 73 días como jugador del Córdoba, en Segunda. Le prometieron un millón de pesetas de salario mensual y otro por cada gol, pero llegó con sobrepeso y atrofia muscular en una rodilla y acabó peleado con sus compañeros y despedido por el club.

Celebró sus últimos goles en la selección rusa de fútbol playa y años más tarde, su nombre volvía a los informativos: puso a la venta el trofeo que le dieron como máximo goleador del Mundial’94. “Recibí una propuesta de unos jeques. Me ofrecieron medio millón de dólares”, dijo. Volvimos a saber de él cuando se desmayó en directo en la televisión ucraniana, al más puro estilo Lopetegui. Ahora vive en Kiev, dedicado a los negocios… y a cuidar del trofeo que nunca llegó a vender.

 

Este texto está extraído del interior del #Panenka24, que todavía puedes conseguir aquí.

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Javier Giraldo

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