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Rüştü Reçber: cómo conocí a vuestro padre

Lo mejor de escribir es cuando todavía no lo estás haciendo. Subes la persiana, ordenas la mesa, acercas el cenicero, lees un párrafo de un libro que una noche te voló el cerebro, abres el portátil, te crees Dios: el resto, lo que sigue después, ya es de sobra conocido: la barbarie. Pasa algo parecido cuando tu equipo ficha a un futbolista al que apenas has visto jugar. Lo que mola es el comienzo. O incluso lo que sucede antes. La ficha detrás de la primera casilla y los dados todavía por tirar. El 1 de julio de 2003 el Barcelona anunció la contratación de Rüştü Reçber. La mayoría solo teníamos la referencia del Mundial de Corea y Japón, un puñado de partidos en los que el guardameta se dedicó a abofetear los balones que le disparaban los enemigos como si aplastara mosquitos contra el cristal de la ventana. El resto era vacío, penumbra, un lienzo tapado con una sábana. Un fichaje es una caja fuerte. Hasta que la realidad no inserta el código, debes recurrir a la imaginación. La verdad es que Rüştü daba juego. Su nombre y su apellido estaban salpicados de grafías raras, como si alguien se hubiese despistado al teclearlos. Venía de las tierras de la antigua Constantinopla. No le habíamos escuchado nunca, pero algo nos decía que su voz era grave y rugosa, como la de los viejos que fuman apoyados en los balcones. Sus ojos grises eran esa clase de ojos que insinúan que han visto muchas cosas, quizá demasiadas, y ante los que uno nunca sabe si mostrar interés o salir corriendo. Y luego estaban esas dos rayas negras en los pómulos, claro. Aunque él comentó que se las pintaba para que no le deslumbraran los focos, cómo no suponer que en realidad se trataba de uno de esos soldados de los cuerpos de élite que pelan la fruta con un machete y hace quince años que no ven a la familia. Rüştü todavía no había debutado, pero el personaje ya era un 10. Es lo divertido de no saber, que tienes carta blanca para inventar. Al final, eso sí, acaba ocurriendo lo de siempre: el tiempo pasa la escoba y todos salimos del cine pensando que la película funcionaba mil veces mejor en nuestras cabezas.

 


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Fotografía de Getty Images.

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Marcel Beltran

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