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¡Roy Makaay, te quiero!

Este reportaje sobre Roy Makaay está extraído del #Panenka120, un monográfico sobre el fútbol en los 2000 que sigue disponible aquí

 

Saltó la noticia de que el Betis quería ficharle y desde una emisora sevillana quisieron conocer quién era aquel chico holandés, Roy Makaay. En 1997 las opciones de acceder a imágenes de la liga holandesa no eran demasiadas, pero ya empezaban a proliferar ‘parabólicos’, expertos en fútbol internacional que podían trazar un perfil de futbolistas sobre los que apenas llegaban referencias al gran público. En aquella radio atinaron a contactar con uno de esos ilustrados y lo pincharon en antena para que deslizase una serie de generalidades sobre el delantero al que le había echado el ojo Ruiz de Lopera. Tampoco era tan complicado lanzar unos cuantos lugares comunes sobre un tipo que había marcado 42 goles en 109 partidos con el Vitesse Arnhem. Otra joven promesa neerlandesa en un tiempo de exportación tras la sentencia del caso Bosman. La cosa se complicó cuando, en pleno directo, a uno de los periodistas al micrófono se le ocurrió lanzar una aparentemente inocua pregunta al presunto experto en fútbol internacional.

-¿Hablamos de un futbolista de raza blanca o negra?

-Buenoooo… Ahí me has pillao.

Makaay no jugó en el Betis. Lopera aseguró que fue Luis Aragonés el que echó para atrás el fichaje porque el ‘Sabio de Hortaleza’ tampoco sabía de quién le hablaban. En realidad Luis prefería a Oli, un delantero ya testado en la Liga que había anotado 20 tantos con el Oviedo la campaña anterior. El Betis tenía un acuerdo con el Vitesse y tuvo que indemnizar a los de Arnhem por romperlo. Acto seguido el Vitesse vendió por 1.500 millones de pesetas (nueve millones de euros) a Makaay y a su compañero Vierklau, un zaguero este sí de raza negra, al Tenerife. “De la noche a la mañana nos hemos hecho ricos”, concluyó Karel Aalbers, presidente del club de la Eredivisie. Años después la operación fue investigada por un tribunal de los Países Bajos, que no encontró nada ilícito en ella, pero sí en el traspaso de otro delantero, el griego Machlas, al Ajax. El Vitesse, que también obtuvo un jugoso ingreso por la venta de Van Hooijdonk al Benfica, acabó al borde de la quiebra y se convirtió tiempo después en el primer club neerlandés en manos de propietarios extranjeros.

 

Con un físico peculiar, una mentalidad poco neerlandesa y un carácter arisco, Makaay se supo ganar el cariño del deportivismo. Lo hizo a base de goles

 

En realidad Makaay no estaba predestinado a acabar en el Vitesse sino en su archirrival, el NEC Nijmegen, que le descartó cuando era un adolescente. Ya entonces tenía un problema para entrar por el ojo de algunos entrenadores. Makaay no era un virtuoso con la pelota, tampoco participaba mucho en el juego. En una de sus temporadas en el Bayern se le contabilizaron una media de 31 toques por partido, o lo que es igual: tocaba la pelota una vez cada tres minutos. ‘Das Phantom‘ (‘El fantasma’), le llamaban en Múnich. Apenas aparecía para marcar gol. Casi nada.

Intuición para el desmarque, control orientado, carrera y disparo, no importaba el perfil. Con esa receta jamás dejó de cocinar goles. Y con una confianza extrema en sus posibilidades. Makaay siempre se tuvo en alta estima, pero era un ególatra simpático, con retranca. “Espero que el entrenador esté satisfecho”, dijo al final de su primer partido en España, un torneo de verano en el Heliodoro que sirvió al Tenerife para presentarlo ante la afición. En nueve minutos le marcó cuatro goles al Werder Bremen, del 6′ al 15′ de partido. Había firmado un contrato por seis temporadas, pero apenas jugó dos en la isla, unas campañas más lustrosas en lo individual que en lo colectivo porque el equipo se derrumbó. El primer año se salvó en la última jornada y al siguiente cayó a Segunda después de que Makaay anotase 14 goles y estrellase 12 remates en los postes.

UN ‘FANTASMA’ EN RIAZOR

A Augusto César Lendoiro le gustaba pescar en esos equipos que se despeñaban. Y le encantaba tejer operaciones a varias bandas a las que bautizaba con nombres que pretendidamente encerraban una clave. En julio de 1999, recién apartado de la política y a punto de enfocar un futuro como presidente a sueldo en el Deportivo, alumbró la Operación Avecilla para la que ideó incluso un santo y seña que la activaba: “O paxariño voou” (“El pajarito voló”). Fue desplegar las alas y varios futbolistas cambiaron de nido en un trajín que involucró a Deportivo, Mérida y Tenerife y en el que un juzgado demostró que hubo algún traspaso que no se incluyó en los libros de facturas y por el que, por tanto, no se abonó IVA. El caso es que hacia A Coruña volaron desde las islas Jokanovic y Makaay, dos pilares del descendido Tenerife, que un año después también ‘facturó’ a Emerson.

El de Makaay fue entonces el décimo traspaso más caro de la historia de la Liga. En 1.350 millones de pesetas se cifró su pase, poco antes de que en el estreno liguero en Riazor le marcase tres goles al Alavés. Mané, el técnico visitante, definió con precisión la principal capacidad de aquel longilíneo delantero. “Muy pocos jugadores son capaces de correr tantos metros y luego definir tan bien”. En su segunda cita ante la parroquia deportivista, Makaay tardó 16 segundos en meterle un gol al Valladolid. En la tercera, el Deportivo cayó ante el Numancia y jugó de extremo. No fue la única vez que el guion de Javier Irureta le confinó junto a la línea de cal. “Me trajeron para marcar goles y voy a cumplir”, le advirtió, y no mentía. El equipo ganó la Liga con 22 goles suyos, uno de ellos en la última jornada ante el Espanyol para sellar el título. Apenas lo superaron Salva Ballesta, Hasselbaink y Catanha. Pero ese verano salió del equipo Pauleta y llegó, desde el Mallorca y tras ser descartado por el Madrid, Diego Tristán por 2.400 millones de pesetas. Aquella tarde de agosto en la que llegó el ariete sevillano, el Dépor tenía 35 futbolistas y Lendoiro descartó problemas. “Todo está controlado”, aseguró.

 

“Es un asesino”, concluyó el fiero Kahn, el meta que primero encajó aquellos tres goles en la Champions y luego lo acogió como compañero

 

Pero las chispas saltaron por diversas partes. Valerón y Djalminha nunca fueron compatibles para Irureta. ‘Turu’ Flores debió de acoplarse a jugar como interior izquierdo, pero allí mandaba Fran. Y todavía llegó Luque. En punta, Pandiani tuvo que salir un año cedido al Mallorca mientras Tristán y Makaay eran agua y aceite. “Hay una cosa que está muy clara; o Roy o yo. Mantener a los dos en el mismo equipo un año más va a ser bastante difícil”, disparó Diego después de tres complicadas temporadas de convivencia. En la primera, la 2000-01, el recién llegado anotó 19 tantos y el neerlandés, 16, mientras Irureta hacía equilibrios para rotarlos o agruparlos en el once. Makaay nunca estuvo cómodo cuando jugaba en la derecha. Prefería peinar el frente del ataque y nutrirse de Djalminha o Valerón, con quienes generó una conexión especial. “Era muy inteligente y finalizaba como pocos. No había necesidad de mirarnos para entendernos. No teníamos mucha amistad fuera, pero en el campo nos entendíamos perfectamente”, explica el genio brasileño. Irureta lo sabía y en el apogeo de ambos delanteros si elegía a Makaay, tras él estaba Djalma. Si optaba por Tristán, el mediapunta era Valerón. Aún así, Roy no tiene dudas: “El ‘Flaco’ es el mejor futbolista con el que he jugado”.

Puedes conseguir aquí el #Panenka120

 

En la temporada que precedió al Mundial de Corea y Japón, Tristán se desató y Makaay empezó a sentirse disconforme porque además tenía una de las fichas más bajas del plantel. La final del ‘Centenariazo’ la vio entera desde el banquillo. Tras el Mundial decayó Tristán, que ya no recuperó su mejor nivel, y Makaay volvió a ganar peso en el equipo. Pero en abril de 2003, en su mejor momento en A Coruña, anunció su intención de buscar una salida. Iba camino de la Bota de Oro y en esa ruta lanzó una andanada a Lendoiro, que se había negado a mejorarle sus condiciones después de lograr el título de Liga y con el que, poco a poco, cortó la comunicación. Así, tiempo después, cuando el dirigente acudió a buscarle para firmar un nuevo contrato, no le encontró. “En el club no me valoraron. Mi vínculo acaba en 2005 y no voy a renovarlo. Me sorprende que el presidente diga que hay conversaciones para hacerlo”, zanjó. Makaay ni era un diplomático ni contemplaba rectificaciones después de exponer sus ideas.

Aquella temporada, en la que la Liga se le escurrió de los dedos al Deportivo en una pugna final con Real Madrid y Real Sociedad, la acabó con 29 goles en el campeonato doméstico (nueve más en Champions en once partidos) para convertirse en el tercer futbolista de la liga española en ganar la Bota de Oro. Antes la habían alzado Hugo Sánchez y Ronaldo. Poco antes de las vacaciones, cuando ya se sabía que sería el ganador, sorprendió a sus compañeros en el vestuario al entregar a cada uno una réplica de la dorada bota. Había ordenado inscribir una leyenda en la peana: “Gracias. Roy”.

Barcelona y Valencia preguntaron por él, pero siempre tuvo claro que su destino era el Bayern. Allí le conocían bien desde que en septiembre de 2002 llevó al Deportivo a ser el primer equipo español en ganar en el Olímpico de Múnich con tres goles al galope y con Valerón como socio. Lendoiro se avino a la venta justo en el pico de rendimiento del futbolista, algo inaudito en el devenir del presidente deportivista. La negociación con él fue tan cruenta que, con tal de no volverle a ver, el Bayern asumió una indemnización de medio millón de euros por no jugar el Teresa Herrera tal y como tenían firmado. “Ellos habrán sido unos grandes jugadores, pero mientras ellos metían goles yo ya hacía negocios”, espetó Lendoiro sobre Uli Hoeness y Karl-Heinz Rummenigge, sus dos interlocutores germanos en una operación que se fue hasta los 18,75 millones de euros después de que el Bayern cometiese el error de presentar al jugador antes de que Lendoiro pusiese sobre el papel su última rúbrica.

 

“Hay una cosa que está muy clara; o Roy o yo. Mantener a los dos en el mismo equipo un año más va a ser bastante difícil”, disparó Tristán después de tres temporadas

 

“¿Otro millón más? No importa. Que venga cuanto antes”, demandó Franz Beckenbauer, entonces presidente del Bayern. Su fichaje conllevó la salida de Élber, que había terminado la temporada como máximo goleador de la Bundesliga. “No siento presión”, explicó Makaay a su llegada. Y cada vez que se debatía sobre si debía involucrarse más en el juego del equipo y añadir nuevos registros al suyo, él respondía con un gol. “Es un asesino”, concluyó el fiero Kahn, el meta que primero encajó aquellos tres goles en la Champions y luego lo acogió como compañero.

CUESTIÓN DE ESTILO

Le pasó de principio a fin de su carrera. “Al inicio no se le veía nada especial que llamase la atención, pero no dejaba de marcar en cada entrenamiento y no quedó más remedio que ponerle en los partidos. Siguió marcando”, explicaba Herbert Neumann, su primer entrenador en el Vitesse cuando dio el salto desde el equipo juvenil. Apenas dejó de mostrar su capacidad en la selección neerlandesa, donde el libreto del tridente atacante con dos extremos muy abiertos le perjudicaba. Pero sobre todo le castigó la competencia. Anotó seis goles en 43 partidos de los que apenas jugó cuatro completos. Patrick Kluivert y Ruud van Nistelrooy le cerraron el paso en un tiempo en el que también alternaba Hasselbaink. Ya en el ocaso de su carrera buscó una revancha otoñal en los Juegos Olímpicos de Pekín, a los que acudió como uno de los tres refuerzos mayores de 23 años. Él tenía 33. Argentina, con Messi, Riquelme y Agüero en el once, le dejó sin opciones a una medalla en la prórroga de un partido de cuartos de final que se perdió por lesión.

 

“Para un delantero como yo el juego colectivo no es lo esencial”, explicaba convencido al final de su carrera en Alemania, donde ganó dos ligas

 

Quizás Makaay era poco neerlandés para lucir con la selección de los Países Bajos, un equipo que coleccionaba pases y exigía al delantero darle continuidad al juego, una demanda que no se acababa de adaptar a su estilo. En este aspecto siempre fue un tipo testarudo. “Para un delantero como yo el juego colectivo no es lo esencial”, explicaba convencido al final de su carrera en Alemania, donde ganó dos ligas y apenas pudo dejar huella en Europa más que para anotar el gol más rápido de la historia de la Liga de Campeones, uno que le endosó al Real Madrid a los diez segundos y una décima, en la vuelta de los octavos de final en marzo de 2007.

Meses después, Makaay se fue del Bayern. En cuatro temporadas en el fútbol alemán había logrado 103 goles en 181 partidos (95 en 173 había sido su bagaje en el mismo tiempo en A Coruña). Regresó, diez temporadas después, a la Eredivisie para integrarse en el Feyenoord, donde siguió a lo suyo (36 goles en 83 partidos) y el destino le deparó un cruce europeo contra el Deportivo en Riazor, que coreó su nombre sin cesar durante los diez últimos minutos del partido: “¡Roy Makaay, te quiero!”.

Para entonces ya compartía vestuario con Gio van Bronckhorst, también de vuelta en su país. Se habían conocido en la selección sub-21, hicieron sus carreras en destinos en el exterior y regresaron para retirarse a la vez en 2010 e integrarse en el cuerpo técnico del club de Róterdam. No hay un maestro mejor.

 


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Fotografía de portada de Getty Images.

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Juan L. Cudeiro

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