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Óscar, el Racing y el gol: una historia irrepetible

Hay una huella que quedará grabada para siempre en la historia del Real Racing Club de Santander. Una huella que no se borrará nunca, aunque las olas vayan removiendo la arena del Sardinero y pasen los años. Precisamente, la historia de nuestro protagonista empieza en el mar, entre muelles y espigones, en medio de los barcos que salían a pescar. Óscar Rodríguez López, nacido en Avilés el 10 de junio de 1903 y fallecido el 21 de junio de 1976, se crió en La Coruña por el del trabajo que tenía su padre como patrón de pesca, explica en Panenka el periodista del Diario Montañés Raúl Gómez Samperio, especializado en la historia del Racing. Fue allí donde se encuentran los primeros registros de Óscar como futbolista: jugó de 1916 a 1919 en el Real Club Coruña, en un contexto donde en el fútbol solo se disputaban campeonatos regionales y la Copa del Rey, con muy pocos partidos oficiales. “Hay una circunstancia que, para mí, es única de este jugador: era sordo. Cuando estaba en la Coruña estudiando para telegrafista, hubo un profesor que le golpeó en los dos oídos y le causó la rotura de un tímpano. De tal manera que en los partidos sus compañeros le tenían que avisar cuando el árbitro pitaba, porque si no seguía jugando”, explica Raúl sobre un hecho que marcó la vida de Óscar desde una edad muy temprana. Durante aquellos tres años, el natural de Avilés también jugó algunos partidos en el Unión Sporting de Vigo.

El idilio de Óscar con el balón en Santander se produjo, como no podía ser de otra forma, cerca del mar. A raíz de su experiencia previa en el fútbol en Galicia, cuando llegó en 1920 a Santander para trabajar con su padre, a menudo se le veía merodeando las instalaciones del Racing en el campo viejo de El Sardinero, que se ubicaba entonces al junto a la playa. “Para quien no conozca Santander, cuando llegan los barcos al puerto tienen que entrar en la bahía y pasar por delante del Sardinero”, cuenta Raúl sobre el funcionamiento del tráfico marino en la ciudad. Era entonces cuando Óscar escrutaba el horizonte al acecho de barcos, y al divisarlos iba corriendo desde el Sardinero hasta Puerto Chico, donde estaba la lonja del pescado, para advertir de la llegada de las embarcaciones. “En una de esas vigilancias de Óscar, desde el campo de fútbol salió un balón, y lo devolvió con tanta potencia que los racinguistas quedaron perplejos, se interesaron por él y le incorporaron enseguida al Racing”, detalla Raúl sobre la forma en que empezó su trayectoria en el conjunto cántabro.

Óscar participando en una prueba atlética en Santander, pasión que compaginaba con el fútbol. // Archivo Raúl Gómez Samperio/Racing

De esta forma, Óscar debutó en 1920 con el Racing, pero tuvo que volver a La Coruña por un tiempo, y no fue hasta 1922 cuando se estableció de forma permanente en Santander, donde jugó con el principal equipo de la urbe ininterrumpidamente hasta 1934. Ese año se fue a la Unión Deportiva Salamanca, en la que estaría dos temporadas antes de regresar a Santander. Durante la Guerra Civil, tras dos años sin apenas partidos oficiales por el transcurso del conflicto, regresó al Racing atendiendo su llamada de ayuda por mantener el club, donde ejerció como jugador y también como entrenador.

Durante este período fue una persona muy querida en la ciudad, se ganó el cariño y el afecto de la gente; incluso se creó la peña Óscar en los años 40 para rendirle homenaje. “Técnicamente, era un jugador muy rápido. También hacía atletismo. En Santander participó en pruebas atléticas: corría los 100 metros y hacía salto de longitud, las pruebas donde más se necesita la velocidad”. Dentro del campo, el jugador destacaba además por su poderío en el disparo: tenía un chut muy potente, duro y difícil de parar. Su mejor cualidad era el tiro a puerta, lo que lo convirtió en un temible delantero.

 

“Óscar era sordo. Cuando estaba estudiando para telegrafista, un profesor le golpeó y le rompió un tímpano. En los partidos, sus compañeros le tenían que avisar cuando el árbitro pitaba, porque si no seguía jugando”

 

En una época en la que no había dorsales, Óscar jugaba siempre en el centro del ataque y era ambidiestro, lo que añadía otra dificultad para la defensa de sus oponentes. Como la potencia era su mayor especialidad, en las distancias cortas ésta cobraba su mayor eficacia, y como si de una habilidad de videojuego se tratara, inventó una forma de lanzar los penaltis única. “Él no miraba el portero”, describe Raúl, “se quedaba detrás del balón y de espaldas al arco. No necesitaba carrera. Se daba la media vuelta por la izquierda o por la derecha, porque disparaba muy bien con las dos piernas, y soltaba un bombazo”. Una forma de ejecutar las penas máximas que desarrolló bajo las órdenes del entrenador Patrick O’Connell, el irlandés y exjugador del Manchester United que años más tarde, tras su etapa como técnico del Racing, conseguiría al frente del banquillo del Betis la única liga que ha ganado el equipo andaluz.

A lo largo de los 211 partidos que disputó como racinguista, Óscar marcó 236 goles, una cifra que nadie ha superado en el Racing. Uno de los más destacados fue el tanto que anotó al término de la fase de clasificación que decidió qué equipos fundarían el campeonato nacional de Primera División. Diez equipos la conformaron, y el Racing terminó disputando la final contra el Sevilla en el antiguo estadio Metropolitano de Madrid. En aquella última eliminatoria tuvieron que jugarse tres partidos para decidir el vencedor. En el último encuentro, disputado el sábado 9 de febrero de 1929, Óscar anotó el primero de los tantos que conformaron el 2-1 final. Aquel gol permitió inscribir al Racing como uno de los fundadores de Primera. Tres días después, Óscar jugó en el primer partido del Racing en la máxima categoría del fútbol español ante el Barcelona de Samitier, convirtiéndose en el primer racinguista inscrito en la lista de futbolistas profesionales de Cantabria, junto con otros jugadores de la región.

Fotocomposición coloreada del gol que marcó Óscar con España ante Suiza. // El Cantábrico

No solo fue pionero Óscar en el Racing, también lo fue en la selección española, en la que estuvo convocado en dos ocasiones. “Es la única circunstancia que yo conozco en la que un jugador internacional tuviera una discapacidad”, señala Raúl sobre la posibilidad de que se trate de una situación inédita en el fútbol español. Se convirtió así en el segundo cántabro en jugar con la selección, después de Francisco Pagaza, el mítico jugador del Racing que obtuvo la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Amberes en 1920.

 

A lo largo de los 211 partidos que disputó como racinguista, Óscar marcó 236 goles, una cifra que nadie ha superado en el club

 

La actuación más destacada de su carrera deportiva fue en su segundo partido como internacional, disputado el 17 de abril de 1927. “Santander nunca había sido sede de un partido de la selección absoluta, y se consiguió con el choque entre España y Suiza”, contextualiza Raúl. El seleccionador era José María Mateos, que ya había alineado a Óscar en su debut contra Portugal y decidió volver a hacerlo frente a la selección alpina. “España ganó 1-0 y el gol lo metió Óscar de cabeza. Sino fue el gol más bonito, fue el más memorable que recuerda la afición santanderina”, remarca.

 

Óscar jugó al fútbol hasta 1945 y colgó las botas en el Rayo Cantabria. Tras retirarse, trabajó en el puerto de Santander, frente a las olas que lo vieron crecer, jugar, enamorarse, verter la furia en sus disparos. Quién sabe si su potencia no le venía del estremecer del mar.

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Fotografía de portada del Archivo Raúl Gómez Samperio/Racing

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