Pasaportes

Mazinho, el termómetro infalible

Algunos decían que en aquella época ya tenía cara de veterano, pero nada como mirarle a los ojos para comprobar cómo iba el asunto: si esbozaba una ligera sonrisa, el partido se acabaría ganando. Si no, tocaba remar. En resumen, si Mazinho estaba bien, el equipo vencía, tal era su ascendencia en el juego. Fue un centrocampista global: buen toque con ambas piernas, siempre bien colocado, excelente en la recuperación y capaz de regalar pases al pie a 30 metros. Iomar do Nascimento, apodado ‘Mazinho’ por su hermano mayor “porque de pequeño era muy poca cosa, menudo y bajito y siempre estaba con los mayores”, empezó en el Vasco de Gama y pasó por el Lecce y la Fiorentina. Ese cóctel –genes brasileños, aprendizaje italiano- forjó un jugador casi indestructible, preciso como pocos, fiable como un motor alemán.

A España llegó ya como campeón del mundo. En el verano de 1994, Brasil conquistó el Mundial con el equipo más sólido de su historia, resumido en cinco nombres, con permiso del portero Taffarel: Mazinho, Dunga y Mauro Silva eran los capataces del centro del campo; Bebeto y Romário, los artistas que celebraban sus goles meciendo a un bebé imaginario. En ese gesto ante las cámaras les acompañaba Mazinho: parecían los Tres Padrinos de John Ford, cuidando de un crío después de haber liquidado al rival.

 

Algunos decían que en aquella época ya tenía cara de veterano, pero nada como mirarle a los ojos para comprobar cómo iba el asunto: si esbozaba una ligera sonrisa, el partido se acabaría ganando. Si no, tocaba remar

 

Apenas unas semanas después de levantar el trofeo en el Rose Bowl de Pasadena, Mazinho aterrizó en Valencia. Jugó el Trofeo Naranja ante el Barça y la afición le gritó “torero, torero”. Aquel día supo que triunfaría en el fútbol español.

Dos años después, el Celta pagó 100 millones de pesetas por él. Mazinho no se lo creía. “Tenía ya 30 años y me parecía raro”, confiesa. Fue uno de los jugadores que construyeron el ‘Euro Celta’ de finales de los 90 junto a Karpin, Mostovoi, Makélélé y compañía.

Con una rodilla maltrecha, pasó fugazmente por el Elche antes de retirarse en el Vitória de Salvador de Bahia. Volvió a Vigo para montar una escuela de fútbol que solo duró tres años. Por entonces ya empezaba a ser el padre de Thiago y Rafinha, dos talentos que despuntaban en el horizonte. “Cuando dejé de jugar, pasé a ser el padre de mis hijos”, dice. Sus genes están muy bien repartidos: de padre ambidiestro, un hijo zurdo y otro diestro; uno internacional español y otro brasileño. Para que nadie se enfade.

 


Este artículo está extraído del #Panenka97, un número que sigue disponible aquí

Advertisement
PUBLICIDAD
Javier Giraldo

Entradas recientes

Tu estadio, tu casa

Qué suerte tener cerca un estadio al que llegar paseando y del que luego regresar,…

4 horas hace

#Panenka160: Especial Estadios

Ya está aquí nuestro clásico número veraniego. Este año, Especial Estadios. Los templos, los hogares.…

2 días hace

Real Politik FC #22 | España es campeona, Netanyahu con Argentina y la final de 2030

Ya está aquí un nuevo episodio de Real Politik FC. El último especial sobre la…

2 días hace

Pau Cubarsí, el hijo del carpintero

Qué sentido tiene el destino. Qué sentido tiene el fútbol. Qué sentido tiene Pau Cubarsí,…

3 días hace

¿Recuperará España el título mundial frente a Argentina este fin de semana?

La Roja llega a esta final como actual campeona de Europa, con el objetivo de…

6 días hace

Brazalete Negro #48 | Ascenso y caída del Gallego Ríos Seoane (II)

Este es el segundo capítulo de un hombre que hundió al mismo club que había…

6 días hace