Pasaportes

Manu Sarabia, un balón en los genes

Este texto está extraído del #Panenka103, un número que sigue disponible aquí


 

Manu Sarabia triunfó en el Athletic para saldar una deuda familiar. Su hermano mayor, Lázaro, superó la prueba para entrar en el club pero a la hora de rellenar la ficha, alguien se dio cuenta de que había nacido en Torres (Jaén) y no en Gallarta (Vizcaya).

“No te preocupes. Yo he nacido aquí, a mí no me pueden decir que no. Yo jugaré en el Athletic”, le respondió Manu, que solo tenía siete años. Era una cuestión familiar pero también genética: a su madre, María, ya le encantaba el fútbol. “Cuando era joven trabajaba en casa de unos señoritos y los domingos no se iba al cine o al baile, sino a Jaén a ver partidos”, recuerda Sarabia. Aunque el Sestao le ofrecía 6.000 pesetas mensuales, una fortuna, Sarabia se fue al Athletic aconsejado por su familia. Acertó.

Ya era un ‘jugón’, pero ligero como el viento, así que el club lo incluyó en el grupo de promesas que cada año pasaban unos días en Santo Domingo de la Calzada entrenando fuerte y comiendo aún más fuerte. La calidad ya venía de serie, forjada en la calle con aquel balón ‘Yes’ con el que tanto había practicado. En aquel Athletic siderúrgico, Sarabia jugaba con esmoquin. Fue un Platini a la vizcaína, un ‘9’ con alma de ’10’. Tras un año en el primer equipo, fue cedido al Barakaldo. Parecía un destierro, pero fue una bendición. “Aprendí muchísimo del fútbol y de la vida”. Cuatro palabras resumen aquel curso: magia en el barro. En el estadio de Lasesarre aún recuerdan aquella temporada (1977-78), cuando el Barakaldo de Sarabia y diez más rozó el ascenso a Primera.

Regresó al Athletic, ganó dos Ligas y una Copa y protagonizó con Clemente el duelo más famoso de los 80 en Bilbao. “O Sarabia o yo”, dijo el entrenador. Menotti le quiso para el Barça, pero eran tiempos de derecho de retención. Con la selección las vivió de todos los colores. Goleador en el 12-1, fue subcampeón de Europa en 1984 (lanzó el penalti decisivo en las semis ante Dinamarca, “estaba tan nervioso que iba a tirar con el chándal puesto hasta que el linier me avisó“), pero se quedó extrañamente fuera de México’86. “Ya tenía el traje a medida y los visados”. Flota la duda sobre lo sucedido: la resolverá algún día porque piensa escribir sus memorias.

Fue entrenador y ahora es comentarista de radio. Los genes de su madre los ha heredado su hijo Eder, un nombre que en euskera significa ‘bello’. “Él no pudo ser jugador profesional, pero vive el fútbol con una pasión desbordante”.

 


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Fotografía del #Panenka103. 

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Javier Giraldo

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