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El último compás de Luka Modric

Durante más de dos décadas, Luka Modric fue muchas cosas: metrónomo, pulmón, brújula y poesía. Pero ahora, con casi 40 años, ha optado por algo más difícil que pasar o correr: parar. Y lo ha hecho en el lugar que soñaba desde niño.

Cuesta despedirse del bar de siempre. Duele soltar tu libro favorito cuando has leído ya las páginas. A veces, lo más duro no es decir adiós, sino saber encontrar el mejor momento para hacerlo. Luka Modric ha sabido cuándo bajarse del escenario, y lo ha hecho a su manera: sin ruido ni homenajes impostados. El centrocampista croata ha fichado por el AC Milan. No para alargar su carrera sin sentido, sino para ponerle punto final con elegancia. Porque si existía un lugar donde Luka podía retirarse fuera de la casa blanca, era aquí, en San Siro. 

La historia es más circular de lo que parece. En su infancia, en medio de un país roto por la guerra, Modric encontró refugio en el fútbol. Y dentro de ese fútbol, el Milan representaba mucho más que un equipo. En declaraciones recientes tras su fichaje, Modric confesó que el Milan era su conjunto favorito en aquel tiempo, que creció viendo la Serie A y que admiraba especialmente a Zvonimir Boban, el gran símbolo croata del Milan noventero. Aunque era demasiado joven para vivir en directo la era dorada de Sacchi, con los Baresi, Rijkaard o Maldini, sí creció con las imágenes y leyendas de aquella escuadra, y con una camiseta rossonera que le regaló su abuelo. El club, incluso, publicó una foto suya de niño vestido con ropa del Milan. Todo encaja.

Modric aterriza en una institución que no atraviesa su mejor momento. Se une a los rossoneri en una etapa de reconstrucción, tras una temporada irregular y sin presencia en las competiciones europeas. Pero la función de Luka Modric no es salvar al Milan. Viene a recordar al equipo cómo se juega. Cómo se lidera. En cierto modo, su llegada tiene un valor casi pedagógico. El Milan ha apostado por un futbolista que no está en su pico físico, pero que sigue entendiendo el juego mejor que la mayoría. 

El centrocampista croata ha fichado por el AC Milan. No para alargar su carrera sin sentido, sino para ponerle punto final con elegancia. Porque si existía un lugar donde Luka podía retirarse fuera de la casa blanca, era aquí, en San Siro

La incorporación de Luka Modric no es solo un gesto deportivo, es también un gesto simbólico. En un momento en el que muchos futbolistas terminan sucumbiendo ante las tentaciones del dinero saudí o buscan sus últimos aplausos en ligas menores, Modric ha elegido algo distinto: competir hasta el final.  

Se va del Real Madrid tras 13 temporadas, seis Champions League, cuatro Ligas, dos Copas del Rey, cinco Supercopas de España, cinco Mundiales de Clubes (y una Intercontinental), cinco Supercopas de Europa y, por supuesto, el Balón de Oro de 2018. Tras de sí, una de las huellas más profundas que ha dejado jamás un centrocampista. Y, sin embargo, ha decidido que todavía le quedaba una página por escribir. 

Pero más allá de esto, lega una herencia intangible: una forma de jugar que desarmaba al rival sin alzar la voz. Una forma de moverse que parecía ir en contra del tiempo, como si cada pase pudiera frenar el reloj. 

Ninguno de nosotros le puede exigir a Modric que levante más títulos en Italia, ni tampoco que dispute todos los partidos. Pero el mero hecho de que esté pisando el verde ya cuenta. Porque a estas alturas, Modric no juega para demostrar nada. Juega para hacernos felices una vez más. Porque hay despedidas que no necesitan palabras. Solo un último compás. Y él ha decidido que el último tic-tac suene en San Siro.

 


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Fotografía de Getty Images.

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Joan Pérez Rovira

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