Son el reverso del talento. Los gattusos. Tipos a los que no supones excesivas luces, pero que si tuvieras que ir al frente, tratarías de convencerlos para que te acompañasen, ofreciéndoles a cambio tabaco, ginebra o lo que hiciera falta. “Le doy lo que me pida, jefe”. Asesinos con guantes de piel y el rifle apoyado en el hombro, como los de antes. Gente opaca, descreída, incluso ordinaria, que suele rodearse de compañías geniales, para maquinar en su sombra. Entre los mejores, reinan. Imperan. Porque son el contrapunto.

No se recuerda un partido este año que vaya a juntar tanto futbolista caro como el Real Madrid-PSG de Champions. Habrá estrellas por todas partes, incluso en los banquillos. Será como tratar de mirar al sol y no quemarse los ojos. Tal vez por eso, no es descartable que el guión del duelo lo acaben marcando dos jugadores normales: Lass Diarra y Casemiro. Cuando lo excepcional se generaliza, lo rutinario deviene en excepción. Es decir: cuando lo diferencial es la norma, lo común pasa a ser lo verdaderamente diferencial.

Neymar Júnior, Ronaldo, Mbappé o Modric ya han jugado el partido de ida de los octavos; lo han hecho en la víspera, engrosando periódicos y disparando la imaginación de los aficionados. Ahora es el turno de los otros.

 

Quizá no sean los favoritos de la grada. Pero poco importa. Tratar de complacer a todo el mundo, avisaba Woody Allen, es el principio del fracaso

 

Lassana Diarra (París, 1985) llevaba unos meses en los Emiratos Árabes Unidos, amontonando esbozos de su discurso de despedida, cuando de repente el PSG, el club que más gastó el pasado verano, llamó a su puerta: lo querían a él (sí, a él) para que los ayudase a tumbar al último campeón europeo; o lo que es lo mismo, lo querían a él (sí, a él) para mantener vivo el sueño de coronarse como el mejor equipo del continente. Lesionado Motta, el mediocentro francés, de 33 años de edad, tenía que acudir al rescate para compensar los desequilibrios defensivos del centro del campo del equipo cuando llegaban las fechas señaladas del curso. Diarra aceptó (¿qué otra cosa podría haber hecho?) y dejó algo más aliviado a Unai Emery, que desde hace un tiempo sufre ese vértigo que tendríamos todos si en nuestro día a día solo lidiásemos con cracks descomunales. Cuando pienso en la actual situación del técnico vasco, me acuerdo de Gabriel Ferrater, y lo que escribió sobre él Juan Tallón en esa novela bellísima dedicada a cuatro autores suicidas que es Fin de Poema. Ferrater, cuenta Tallón, era feliz rodeándose de personas que desempeñaban un oficio normal y corriente, completamente alejadas de los demás intelectuales de su generación, que tenían ante la vida reacciones secundarias, interferidas por su ideología. “La gente llana poseía, en cambio, reacciones primarias, sanas”. Por eso el poeta la quería a su lado.   

Diarra, ya vestido de azul, se enfrentará este miércoles a Casemiro (São Paulo, 1992), otro stopper taciturno sin el cual es imposible concebir al Madrid optimista y avasallador de las últimas temporadas en Europa. El mérito del pivote brasileño, además de aportar consistencia al dibujo de Zidane, ha sido humanizar a un grupo que viene de conseguir lo inasumible, levantando tres ‘Orejonas’ en cuatro temporadas. Un poder de convicción que reside en ejecutar siempre la opción más sencilla, la más terrenal, y del que son conscientes sus propios compañeros. Como desveló Manuel Jabois después de la final de Cardiff, en el vestuario blanco a Casemiro le llaman ‘Case’, pero si hay que hablar en serio, “sus compañeros se dirigen a él como ‘Casemito'”. Sobran más palabras.

Quizá no sean los favoritos de la grada. Pero poco importa. Tratar de complacer a todo el mundo, avisaba Woody Allen, es el principio del fracaso. Son necesarios, y eso en fútbol vale casi lo mismo que ser muy bueno. Por eso, cuando acabe la charla táctica en las tripas del Santiago Bernabéu, ellos partirán hacia el césped con el mismo objetivo de siempre en la cabeza: no hacer nada extraordinario, y aun así cambiarlo todo. 

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Marcel Beltran

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