Un colega me ayudó recientemente a recuperar una anécdota de finales de los 70. Explicaba Antoni García Porta en una de las muchas entrevistas que ha dado sobre su buen amigo Roberto Bolaño que cuando el autor chileno aún no era conocido y pasaba los días encerrado en su piso del número 45 de la calle Tallers, con apenas dinero, escribiendo o atendiendo a las visitas, él solía dejarse caer por ahí para llevarle comida y cigarrillos. Si se daba el extraño caso que Roberto no estuviera en casa, los lanzaba directamente a su ventana.

Los inicios nunca han sido fáciles. Ni lo eran entonces ni lo son ahora. En cualquier profesión, en su fase más inaugural, se da por válida la afirmación que para acabar alcanzando un cierto éxito antes deberán haberse podido superar unos cuantos obstáculos. Sucede a menudo en las vidas lo mismo que en las novelas o las películas -¿metáfora de qué otra cosa son, sino?-, que la dosis de felicidad queda reservada para los últimos instantes. Aunque hay excepciones. Algunas existencias dan un vuelco antes de lo esperado, como fruto de un accidente cósmico, y ven alterado el orden de sus acontecimientos. En ellas, el comienzo se parece a un final. Es lo que ahora están comprobando, por ejemplo, Mario Hermoso o Brais Méndez, que a sus 23 y 21 años, respectivamente, se han visto incluidos por primera vez en una convocatoria de la Selección absoluta.

Lo que está ocurriendo con Hermoso y Brais ya se produjo hace no demasiado tiempo con Ceballos, Jonny Otto o Pau López. La llegada de Luis Enrique al banquillo de España ha supuesto también la instauración de una nueva manera de hacer, que entre otras particularidades incorpora la de convertir cada concentración del equipo en un gran casting con muchos aspirantes. El asturiano cree que debe dar carrete a nuevos jugadores. Está dispuesto a arriesgarse. Y es en ese punto donde más libre emerge su fe ciega en la juventud, introduciendo en la lista los nombres de futbolistas cuyas carreras el mayor elogio que admiten, de momento, es que todavía están despegando.

 

Para llegar a ser un jugador de la Selección, o de cualquier club, primero tienes que haber conseguido parecerlo

 

No tiene que ser sencillo participar en el rondo de un entrenamiento y, de un día para otro, descubrir a tu lado a Sergio Ramos, que equivale a ver a un hombre que se ha recorrido el paleolítico previa estancia en la Edad Media, y que todavía se tomó unos siglos para asistir a la caída del Imperio Romano y a la Revolución Francesa antes de acomodarse en el presente. En un contexto así, que esos jóvenes aprendices no desentonen es lo máximo que deberíamos exigirles.

Al fin y al cabo, eso tampoco tendría que ser tan complicado. ¿Cuántos hemos manejado en alguna ocasión la fantasía de que si tuviéramos cinco minutos para jugar en una Eurocopa, o en un encuentro de Champions, o en uno de Primera División, encontraríamos la manera de pasar desapercibidos e incluso de engañar al espectador respecto a nuestro verdadero nivel? ¿Cuántos? Controlar el balón, levantar la cabeza y soltarlo, nos decimos. Así de fácil. Una y otra vez. Hasta que se agotase el tiempo.

Pobres ilusos.

El talento es el que acaba decidiendo la suerte de un profesional en el fútbol, pero antes que eso hay que aprender a hacer algo mucho más elemental: saber estar. Lo que nos lleva a concluir que para llegar a ser un jugador de la Selección, o de cualquier club, primero tienes que haber conseguido parecerlo. Aun a riesgo de ser descubierto. Ricardo Piglia, una de las figuras más aplaudidas de la literatura argentina, solía rescatar un episodio de su infancia: en una ocasión cogió un libro azul de la casa donde había nacido en Adrogué y salió a la calle. Se sentó en la vereda con el volumen abierto sobre las rodillas, cerca del ferrocarril, y cada media hora cruzaban por delante los pasajeros que habían llegado en el tren desde Buenos Aires. Él se mantuvo ahí, como si leyera, hasta que una larga sombra se reclinó sobre su cabeza y le susurró que tenía el libro al revés. Era una de esas personas que salían de la estación, y Piglia sostuvo hasta el día de su muerte que tenía que tratarse de Borges, que en aquel entonces veraneaba por la zona. “¿A quién, si no a él –se preguntaba el escritor–, se le puede ocurrir hacerle esa maliciosa advertencia a un chico de tres años que no sabe leer?”.

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Marcel Beltran

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