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Los Bartleby del fútbol

Hay una clase de futbolistas que destacan por encima del resto por dominar casi artesanalmente un aspecto del juego que nada tiene que ver con el talento o la táctica. De hecho, ni con el fútbol. Son chicos finos, apuestos y, ya que estamos, buenísimos, pero que sin embargo han levantado el castillo de su fama sobre una parcela de la vida donde no llega el césped. Su especialidad, su marca de éxito, aquello que los hace indudablemente grandes es la ausencia. ¡La ausencia! El arte de saber no estar. De evaporarse, de marchar, y aun con ello, desapareciendo, hacerse más visibles que el extenuante sol en verano.

Todo lo que yo sé sobre ese tipo de jugadores se lo debo a Jack Wilshere. Jack Wilshere es, con total seguridad, el mayor diamante que ha visto salir el Arsenal de sus tripas desde el día en el que parió a Cesc Fàbregas. Lo que ocurre es que, después de brillar durante un breve periodo, que aun así fue suficiente para demostrarle a Wenger que el cielo de la Champions no era la luna, que al cielo de la Champions se podía subir andando (y bailando), se lesionó. Y luego se volvió a lesionar. Y luego otra vez. Y de esta forma su carrera entró en una espiral que, tras muchos intentos de recuperación fallidos, puede acabar alejándolo de Londres con un golpe de aire, como un cromo arrugado. Su ausencia llegó a obsesionarnos tanto a los que queríamos que los ‘gunners’ ganaran que durante una época sentimos que la existencia del club discurría en dos planos paralelos. En uno, sin Wilshere, el equipo avanzaba con cara de poeta caído en desgracia y tropezaba constantemente con la misma piedra. En otro, con Wilshere, el conjunto le prendía fuego al continente y hacía más ameno el recuerdo de Henry, Bergkamp y compañía.

Los Wilshere, Reus o Thiago, en el fondo, son los Bartleby del fútbol. Prefieren no hacerlo. O, mejor dicho, sus cuerpos prefieren no hacerlo, rompiéndose justo en el instante en el que parece que van a despegar hacia el infinito. A la mínima que hallan una cierta continuidad, a la mínima que enganchan tres o cuatro partidos sublimes, a la altura de lo que siempre se ha esperado de ellos, bum, vuelven a apagarse, ya sea por una lesión en la rodilla, en el talón o en el lumbago. Cuando los ves retirarse doloridos del terreno de juego, piensas en esos niños bajando por la calle del colegio en septiembre a los que las vacaciones, un año más, se les han hecho demasiado cortas. İlkay Gündoğan, el espléndido centrocampista del Manchester City, también forma parte de esta familia de fieras impotentes.

 

Sabe manejar bien la ausencia quien tiene la capacidad de seguir envolviéndola con las capas oportunas de misterio. Quien, pese a retirarse en millones de ocasiones, nunca da a entender que no volverá

 

Pero no vale con largarse de cualquier modo. Para algunos, hundirse es un oficio, una vocación. Hay que saber darse una hostia, como el gran Gatsby. Ser elegante incluso en el desplome. Y ellos lo son. Si no lo fueran, la memoria del fútbol ya hace tiempo que los habría descuidado. Sin embargo, siguen ahí, flotando en la imaginación de los espectadores, como un sueño demasiado real. La clave radica en que, cuantas más veces se fracturan, más crece la ilusión por tenerlos de vuelta. No hay cansancio en la espera. Pero si juegan cojonudo, pensamos, excitados. ¿Cómo no van a triunfar tarde o temprano?

Hace un par de noches me enteré por una entrevista de la BBC que Gündoğan se ha pasado las vacaciones entrenando duro con los fisioterapeutas, y que ahora está convencido que en unas semanas podrá reincorporarse al trabajo junto al resto de sus compañeros. La noticia me sentó de maravilla, y acto seguido empecé a entusiasmarme con el futuro, augurándole una temporada bestial en el Premier. Por un instante, dejó de importarme que esas mismas expectativas ya hubieran saltado antes por los aires, como cuando supimos que no acudiría al Mundial de Brasil por unos problemas en la espalda, o a la Eurocopa de Francia por una dislocación de la rótula, o que no podría completar su campaña de debut con el City después de destrozarse el cruzado en diciembre contra el Watford, percance del que ahora empieza a ver la luz al final del túnel.

Y me di cuenta que ese es el punto. Ahí está la gracia. El mérito extraordinario de los tipos como Gündoğan. ¿Qué más da todo lo que pudieron lograr y no lograron, si ya están aquí de nuevo? Sabe manejar bien la ausencia quien tiene la capacidad de seguir envolviéndola con las capas oportunas de misterio. Quien, pese a retirarse en millones de ocasiones, nunca da a entender que no volverá. Eso, en sí mismo, es una cualidad. Una cualidad mucho más humana que la del atleta que posee un físico extraordinario y aguanta 70 partidos al año sin romperse ni tan siquiera una puta uña. Manuel Vicent recuperaba recientemente en El País una frase delicada y preciosa del pintor Joaquín Pacheco: “El arte tiene que estar cerca de la vida y la vida es error, una sucesión de luces y sombras”. “Los cuadros perfectos mienten”, añadía el autor del artículo. No les quepa la menor duda.

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Marcel Beltran

Ver comentarios

  • Muy fino este artículo. Ojalá Gündogan despegue, lo recuerdo puro talento.

  • Muy bueno el artículo, leer el nombre de Bartleby es siempre sinónimo de interés. Bien, me acuerdo que De la Peña siempre se lesionaba, o el gran Ronaldo y su cruz con las rodillas. Robben también parecía que nunca jugaría más de 10 partidos seguidos. Es más, Messi en sus inicios era lesión muscular y adiós muy buenas por 3 meses. Recoba en su Inter era muy irregular pero todo el mundo sabía de su enorme calidad. Iniesta también ha sido un jugador muy frágil, peligrando su participación en muchos partidos decisivos (me acuerdo de la final de Roma en el 2009). Me acuerdo de Owen Hargreaves que con el ManU estaba siempre lesionado de larga duración, medio desaparecido que no salía ni en el Fifa casi, en contraposición estaba Ji Sung Park que lo jugaba todo. También me gustaría saber qué hubiese sido de Canales sin ir al Madrid ni tampoco lesionarse tanto. Pero no hay jugador que me sepa más mal que se lesione que Giuseppe Rossi, pobre, ése me parte el alma.

  • Muy bueno el artículo, leer el nombre de Bartleby es siempre sinónimo de interés. Bien, me acuerdo que De la Peña siempre se lesionaba, o el gran Ronaldo y su cruz con las rodillas. Robben también parecía que nunca jugaría más de 10 partidos seguidos. Es más, Messi en sus inicios era lesión muscular y adiós muy buenas por 3 meses. Recoba en su Inter era muy irregular pero todo el mundo sabía de su enorme calidad. Iniesta también ha sido un jugador muy frágil, peligrando su participación en muchos partidos decisivos (me acuerdo de la final de Roma en el 2009). Me acuerdo de Owen Hargreaves que con el ManU estaba siempre lesionado de larga duración, medio desaparecido que no salía ni en el Fifa casi, en contraposición estaba Ji Sung Park que lo jugaba todo. Rosicky era un talento natural que me volvió loco en el Dortmund, pero en el Arsenal ya sabemos lo que pasó con sus continuas lesiones. También me gustaría saber qué hubiese sido de Canales sin ir al Madrid ni tampoco lesionarse tanto. Pero no hay jugador que me sepa más mal que se lesione que Giuseppe Rossi, pobre, ése me parte el alma.

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