Pasaportes

Lo que queda cuando se apagan las luces

No descubro nada, pero ver un partido en el estadio es otra cosa. No es ni mejor ni peor: es más verdad. Una experiencia que, por muy buenas que sean las retransmisiones, por mucho que en dos años nos calcemos unas gafas de realidad virtual, o nos escondamos detrás del sofá cuando ataca el rival, no admite comparación. Ir al campo da otra dimensión. Y, si no, que me lo digan cuando me toca quedarme en casa mirando la pantalla, gritando a los jugadores y cagándome en todo, como esos valientes que se apuntan a La isla de las tentaciones. ¿Quién no se ha pegado una carrerita por el pasillo entre alaridos, ha estampado la tablet contra el suelo después de un gol en contra o se ha tirado de rodillas lamentando una ocasión perdida? “Larriveeeeeeyyyyyy”. 

Volvía la Conference y no pensaba perdérmelo. Han pasado siete meses desde aquel partido ante el Real Mallorca. Ese empate y aquellos segundos que parecieron horas mientras terminaba el Alavés-Osasuna que daba la clasificación europea. Las caras de los vecinos de asiento intercambiando miradas mientras actualizaban el móvil, como si refrescar la pantalla fuera una forma legítima de rezar. El estallido final, como si el equipo hubiera marcado un gol. Los abrazos. El salto al césped. Las lágrimas de felicidad. “Es alucinante lo que puede durar un minuto”, me dijo Camello tiempo después.

 

La Conference tiene algo de carretera secundaria. No es la autopista brillante de las grandes noches que te deslumbra con neones, pero te obliga a mirar el paisaje

 

El barrio olía a jueves europeo desde mucho antes del partido. A bocata de lomo envuelto en papel de aluminio, a Mahou mal tirada y nervios compartidos. Algunos -los más mayores- entraban al estadio con la calma de quien ya ha vivido demasiado. Otros con los ojos bien abiertos como un niño en su primer viaje en metro. 

El rival no llenaba titulares, pocos serían capaces de decir más de tres jugadores de su plantilla y nadie tendrá una camiseta vintage con su escudo, pero todos sabíamos que no era un partido más. La Conference tiene algo de carretera secundaria. No es la autopista brillante de las grandes noches que te deslumbra con neones, pero te obliga a mirar el paisaje. A jugar en estadios que no salen en la primera página de resultados de Google y pronunciar nombres que suenan a una canción indie. Y por eso encaja tan bien con el Rayo: porque siempre hemos viajado en asiento de ventanilla sin más equipaje que una mochila gastada y la ilusión intacta, esa que no pasa controles de seguridad pero siempre acaba colándose.

Lo del jueves pasado era clave: una victoria ante el Drita metía al equipo directamente en octavos de final. Una doble buena noticia: más descanso para los jugadores y los lectores se evitaban mis turras durante una temporada. Un win-win de manual. 

 

“En Vallecas, ganar un jueves de diciembre contra un equipo de Kosovo ya es, a nuestra manera, ganar la Copa de Europa. Y que no me despierten”

 

Durante el partido me acordé de cuando era un crío. De aquella victoria ante el Girondins de Burdeos y de las lágrimas frente al Alavés. De una charla conmigo mismo en la que me repetía que algún día el Rayo Vallecano volvería a jugar en Europa sin demasiada convicción, porque en Vallecas las grandes promesas suelen quedarse en algún día. Con el estadio lleno de bufandas y gente que lleva toda la vida esperando precisamente esto, sentía que ese algún día por fin había llegado. Ganó el Rayo. No hubo sufrimiento: una anomalía estadística en este barrio. El 3-0 final metió al equipo en el top-8 y seguimos soñando, que es una forma preciosa de perder el sueño. 

Salimos del campo con el frío pegado y la cabeza llena de ese ruido bonito que te impide dormir. De vuelta al coche, la gente caminaba despacio, sin prisa por llegar a casa. Era tarde, pero parece que todos queríamos alargar la noche un poco más. Cerca de la calle Almonacid me crucé con una abuela que llevaba de la mano a su nieta, las dos con la misma bufanda, y pensé que eso es lo que queda cuando se apagan las luces: no los goles y las tablas de clasificación, sino esas imágenes que se te clavan y que un día contarás como si hubieras ganado una Champions. Porque en Vallecas, ganar un jueves de diciembre contra un equipo de Kosovo ya es, a nuestra manera, ganar la Copa de Europa. Y que no me despierten. 

 


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Fotografía de Getty Images.

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Iván Vargas

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