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Linfield, el espejo del Úlster

Corre el minuto 18 en Tolka Park. Chris Shields manda un balón largo al más puro estilo británico. Matthew Fitzpatrick se supone el receptor, pero la potencia del envío requiere de una acción un tanto acrobática para controlar el esférico. El atacante norirlandés levanta la pierna emulando al mejor Ibrahimović, pero Zlatan solo hay uno, y mientras el balón pasa de largo, su bota impacta violentamente con el torso del zaguero rival. Eso es roja, ¿no? Pues sí, el árbitro ni se lo piensa, y el Linfield se queda con un futbolista menos. No hay protestas, todavía menos de Fitzpatrick, que, cabizbajo, se dirige al vestuario. En el trayecto de la vergüenza, los aficionados del Shelbourne cantan en tono de burla: “Orange bastard, orange bastard”. Parece irónico, y es que se están riendo de un futbolista católico, nacionalista y estrella del fútbol gaélico. Pero no, no es un sketch cómico; aquellos cánticos reflejan los restos de un conflicto que, aunque no lo parezca, todavía perdura en la sociedad irlandesa. Y, desde luego, también en las gradas.

Shelbourne (Dublín, República de Irlanda) y Linfield (Belfast, Irlanda del Norte) han vivido un verano de lo más curioso. Campeones de sus ligas, el destino quiso que se cruzaran dos veces en las fases previas europeas: primero en la ronda clasificatoria de la Champions y después en el play-off por un lugar en la Conference. A menos de dos horas de distancia entre las dos ciudades, este Shelbourne–Linfield estaba marcado en el calendario. Dos Irlandas en un mismo partido, uno de esos encuentros que muestran cómo el fútbol va más allá del deporte. Y aunque hoy suene extraordinario, hubo un tiempo en que estos duelos eran habituales: la Copa Setanta (2005-2014) los enfrentó varias veces, incluida una final en Tolka Park que los norteños conquistaron con polémica. Veinte años después, sin embargo, la historia ha sido otra. El Shelbourne doblegó al Linfield en ambas eliminatorias y finalmente se ha hecho con un hueco en la fase de grupos de la Conference. Y no solo eso, sino que los dublineses conquistaron el histórico Windsor Park, feudo del Linfield, y lo celebraron plantando en su césped la bandera tricolor.

Pero antes de entrar en materia, volvamos a aquella roja a Fitzpatrick. Nos remontamos al 21 de agosto. Es la tercera vez que Linfield y Shelbourne se enfrentan. Los dos primeros partidos le sirvieron al Shelbourne para continuar en la Champions, pero tras tres eliminatorias solo les queda el premio de la Conference. Allí espera el Linfield, que ve cómo la temprana expulsión le puede complicar el partido. Así será, porque tras caer por 3-1, solo le queda confiar en la vuelta en Windsor Park. Ejercicio complicado y casi imposible. Y el 0-2 final los deja, por enésima vez, a las puertas de una fase de grupos europea. Mientras tanto, el Shelbourne lo celebra, la bandera tricolor sale a la luz y se cierra una eliminatoria marcada por la polémica. Porque, a esos cánticos que recibía Fitzpatrick en la ida, los aficionados del Linfield reaccionaban estupefactos. Ya en el primer round, la UEFA impuso al club una sanción por supuestos cánticos sectarios sobre la afición del Shelbourne, pero aquel sonido de “orange bastard” corrió como el viento sin consecuencia alguna.

 

Ya ha pasado tiempo de aquel acuerdo que en 1998 puso fin a treinta años de conflicto, pero las heridas en el norte de Irlanda siguen sin cicatrizar

 

A la afición del Linfield siempre le ha perseguido una palabra: sectarismo. Así me lo describe Chris Lee, historiador y autor del libro Shades of Green: A Journey into Irish Football. “Fundado por trabajadores de la fábrica textil Ulster Spinning Company y de tradición protestante, este equipo del este de Belfast ha visto como a lo largo de su historia una parte de su afición se implicaba en incidentes de carácter sectario”. Ya desde antes del inicio del conflicto en Irlanda del Norte, tuvieron problemas con un equipo católico conocido como Belfast Celtic, e incluso en 2017 un enfrentamiento europeo ante el Celtic de Glasgow amenazaba con ser violento en las gradas. Porque ya ha pasado tiempo de aquel acuerdo que en 1998 puso fin a treinta años de conflicto, pero las heridas en el norte de Irlanda siguen sin cicatrizar.

“Aunque ha habido paz durante estos últimos años, la magnitud de las muertes durante los treinta años anteriores fue enorme. No hay nadie que no conozca a alguien que sufriera las consecuencias de los troubles. Las heridas siguen estando muy presentes. Todavía hay dificultades de convivencia entre católicos y protestantes, y la desconfianza entre las dos comunidades sigue existiendo. Hay paz, pero delicada”. Richard Fitzpatrick, que nada tiene que ver con Matthew, es periodista para medios como la BBC, Irish Examiner o The New York Times. A pesar de que hoy se encuentra afincado en Barcelona, conoce la historia de lo que sucedió y, por supuesto, sus consecuencias.

Muchos ya habréis escuchado varias veces la historia de los Troubles. Aquella guerra de baja intensidad que sembró el terror entre dos comunidades con distinta religión y deseo político. Pero, para comprender las causas de lo que sucedió, hay que retroceder unos cuantos años. Incluso siglos. En palabras de Chris Lee: “Desde los tiempos de las plantaciones en los siglos XVI y XVII, cuando el poder británico alentó a protestantes procedentes de Gran Bretaña a asentarse en el Úlster, en ocasiones, ha habido brotes de violencia entre las comunidades católica y protestante”.

Estas plantaciones no fueron más que el proceso de colonización de Irlanda. Con Jacobo I como primer monarca que gobernaba Escocia, Inglaterra e Irlanda bajo una corona protestante, la isla suponía una amenaza por su resistencia a la autoridad británica. Por ello, las plantaciones se vieron como un movimiento político y religioso, donde las tierras de los nativos gaélicos serían confiscadas y redistribuidas entre los colones ingleses y escoceses, difundiendo así el protestantismo y aprovechándose de los fértiles territorios del norte (hecho muy importante). A partir de aquí, las diferencias entre unos y otros crecerían. Los colonos protestantes recibieron mayores privilegios mientras que los irlandeses, católicos, eran considerados habitantes de segunda clase. Diferencias que en 1921 desembocaron en la partición de la isla. En el sur los católicos serían mayoría. En el norte, seis condados de mayoría protestante permanecerían unidos al Reino Unido. Eso sí, en esa segunda zona, existía una significativa minoría católica que seguiría excluida y sin representación en el sistema político norirlandés. 

Una sociedad dividida. Y el Linfield será reflejo de ello. “Ya en la década de 1890 hubo violencia intercomunitaria en el fútbol en Belfast”, explica Lee. Pero fue en 1948 cuando un partido en Windsor Park entre Linfield y Belfast Celtic, procedente de la zona católica/nacionalista de la ciudad, acabó en desastre. En aquella época, el Belfast Celtic era el gran rival del Linfield, y tras un empate 1-1 en el que el Linfield logró marcar en el último minuto, los aficionados locales invadieron el campo. Las consecuencias de aquello fueron una batalla campal, que terminó con tres jugadores del Celtic gravemente heridos. “Entre ellos Jimmy Jones, irónicamente protestante, que acabó hospitalizado con lesiones que pusieron en riesgo su carrera. Aquella fue la última temporada del Belfast Celtic, que se retiró de la liga irlandesa el año siguiente”, completa el historiador.

Los Troubles darán inicio en 1968, tras una marcha pacífica en favor de los derechos civiles de los católicos duramente reprimida por las autoridades policiales. Treinta años donde fallecerán 3.524 personas sin importar bando e ideología y que afectarán al mundo del fútbol y especialmente al Linfield. En la temporada 1979-80, el equipo fue emparejado con el Dundalk irlandés en la Copa de Europa. Hubo disturbios en la ida disputada en la localidad irlandesa, y la UEFA respondió trasladando la vuelta a los Países Bajos y multando al Linfield por los daños ocasionados en el estadio. También recibieron sanciones en 1988 tras un partido ante el Lillestrøm noruego, y en 1997, a un año de la paz, después de que un partido de liga contra Coleraine acabara suspendido por altercados de los aficionados ‘blues’. La lista se alarga a partir del siglo XXI, poniendo de manifiesto la complejidad de un club que, dominador en su liga, sigue empañado por el comportamientosviolento de una parte de su afición.

Entonces, ¿de verdad el Linfield es un club sectario? Ambos entrevistados me dan una visión externa de lo que es una entidad histórica. La violencia ha estado y hoy sigue vigente. Pero quiero saber qué opinan desde Belfast. Por ello, me pongo en contacto con Graeme Hannah, oriundo de la ciudad y simpatizante del Linfield. Creo que él tiene respuestas a mis preguntas. No se puede negar que el sectarismo existe y que genera problemas. Sin embargo, el fútbol norirlandés es complejo, y no todo es blanco o negro. Aquí en el Linfield han jugado futbolistas católicos y nacionalistas que han sido muy queridos. Si hablamos solo de sectarismo, no estamos siendo justos con la realidad”.

 

“No se puede negar que el sectarismo existe y que genera problemas. Sin embargo, el fútbol norirlandés es complejo, y no todo es blanco o negro. Aquí en el Linfield han jugado futbolistas católicos y nacionalistas que han sido muy queridos”

 

Hannah me narra cómo vivió aquel partido contra el Shelbourne. Se pregunta por qué el trato de la UEFA con el Linfield fue distinto que con sus rivales del sur. “Es irónico, porque se supone que la bandera representa unidad. El blanco une las tradiciones católicas, representadas con el verde, y las protestantes, representadas con el naranja. Sin embargo, esos cánticos de ‘orange bastard’ parecían decir: si eres protestante, no nos gustas. Es complicado, pero todo esto alimenta la división en Belfast y las divisiones políticas y culturales que todavía existen”.

Porque Irlanda del Norte todavía vive separada. “En muchas comunidades de clase trabajadora sigue habiendo una gran animosidad. Los llamados muros de la paz, aquellos que durante los Troubles se construyeron para limitar los enfrentamientos entre ambas comunidades, siguen en pie e incluso cierran por las noches, así que en algunos casos las comunidades todavía se mantienen separadas. Tenemos una relativa paz; afortunadamente, ya no tenemos los bombardeos y tiroteos que ocurrieron durante más de tres décadas, pero la política sigue profundamente dividida”, prosigue Hannah, que reconoce que, a pesar de que las cosas hayan cambiado respecto a su niñez, el fútbol, con un enorme peso para la clase trabajadora, permanece como espejo que refleja esas desavenencias.

“Hay pocos lugares en el mundo donde el fútbol refleje la política de un lugar tanto como en Irlanda”, destaca Lee. Y es que, mientras otros deportes como el fútbol gaélico, el críquet o el rugby cuentan con competiciones únicas para toda la isla, desde la partición, el fútbol siguió el camino contrario: cada uno por su cuenta. Un deporte muy comunitario tanto en Belfast como en Irlanda del Norte. Mucho tendrá que ver el desembarco de los primeros colonos protestantes en el norte de la isla. Aún más las diferencias que marcaron a dos comunidades que durante años estuvieron separadas por muros que todavía permanecen levantados. Tanto físicos como mentales. Me quedo con la última frase de Hannah antes de que cuelgue la llamada: “Las cosas están mucho mejor. La situación ha avanzado. Pero todavía hay diferencias, las fricciones y los problemas siguen presentes. Y el fútbol, en ese sentido, es un espejo de nuestra sociedad”.

 


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Fotografías de Getty Images.

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