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“Las aficiones rivales nos gritaban: diez maricas y un negro”

La selección alemana se ha convertido en un armónico canto a la integración racial, pero no siempre fue así. En un bloque de pisos de protección oficial de Münster vive alguien que puede testificarlo. Tiene el rostro ajado por una existencia con trayectoria de volea: de un origen muy modesto subió a las nubes solo para volver a despeñarse hasta lo más bajo. Se llama Erwin Kostedde y desde que pasó por la cárcel apenas ha abandonado las listas del paro. Más allá del cliché de futbolista que malbarató fama y fortuna, Kostedde fue el primer jugador negro que se enfundó la camiseta de la selección alemana. Aunque nadie le recuerde, ese canto multicultural de la actual Mannschaft lo comenzó a entonar él.

Las posguerra fue muy dura de por sí, pero es que encima yo lucía el color de piel equivocado”, recuerda Erwin. Hijo natural de una berlinesa y un soldado americano que él nunca conoció, las cosas jamás fueron fáciles para Kostedde. “En Münster solo había tres niños mulatos: uno se ahogó y al otro lo atropellaron. Crecí con el miedo de que me pasara algo”, confesaba hace un tiempo.

 

Más allá del cliché de futbolista que malbarató fama y fortuna, Kostedde fue el primer jugador negro que se enfundó la camiseta de la selección alemana

 

Lo que pasó fue que empezó a destacar con el balón. El Duisburgo le fichó, le hizo debutar en la Bundesliga, y la fama comenzó a marearle. “Ya sabes, entonces los compañeros íbamos a echar unas cervezas después de los entrenamientos. Pero claro, el problema es que me quedaba el último, empalmaba con la mañana siguiente y no iba a entrenar”, desliza. Mestizo y vividor eran dos conceptos que chirriaban en la conservadora RFA del  milagro económico. Un día, sin decir nada al club, cogió la maleta. Volvió a los seis meses, después de una estancia en Ámsterdam de la que no hay demasiados datos. “Entonces me casé y me centré un poco”. Su fútbol lo agradeció.

Se mudó al Alemannia de Aquisgrán, pero tras su primer entrenamiento un misterioso Mercedes se le acercó. “Eran cuatro yugoslavos que me ofrecieron 80.000 marcos si fichaba por el Standard de Lieja”. Le faltó tiempo pra agarrar el pasaporte y cruzar la frontera aquella misma tarde. En Bélgica ganaría tres ligas y un trofeo al máximo goleador de la temporada 1970-71. Actuaciones que matasellaron su regreso a la Bundesliga, al modesto Kickers Offenbach. “Las aficiones rivales nos gritaban: diez maricas y un negro”. Pero él, delantero compacto, respondía con goles: 98 en 219 partidos de primera división alemana. La volea vital de Kostedde cogía velocidad y estaba a punto de alcanzar su cenit.

Y llegó, en 1974, en forma de llamada telefónica: Helmut Schön, seleccionador germano, al aparato. Ningún negro se había enfundado antes la camiseta del águila, todo un acontecimiento en una sociedad que solo tres décadas antes había incubado el nazismo. “Ahí estaba yo, el niño mulato de Münster al que sus compañeros de clase le susurraban ‘ahora vendrán los alemanes y te fusilarán, por americano’. Lo había logrado, ya no era un marginado. Luego descubriría que estaba equivocado”, reflexiona. Kostedde jugó tres partidos con la RFA. A partir de ahí, el balón de su vida empezó a descender a mucha velocidad.

 

“A veces pienso en qué habría pasado si no hubiera sido futbolista: cada día a la fábrica y de vuelta a casa. Y quizá lo hubiera preferido”

 

Cambió demasiado de equipo. Perdió un millón de marcos por culpa de un asesor fraudulento. Arruinado, colgó las botas. Y en 1990 fue acusado de robar 190 marcos en un salón recreativo. A pesar de su inocencia, que los tribunales refrendarían años después, Erwin pasó seis meses entre rejas. “No admití la culpa de algo que no había hecho. Aquel Kostedde murió en la cárcel, incapaz de digerir la manera en la que la policía, el juez y la prensa sensacionalista se aliaron para destrozarme”.

La pelota de Kostedde vuelve a botar mansamente en el barro después de besar el cielo. “A veces pienso en qué habría pasado si no hubiera sido futbolista: cada día a la fábrica y de vuelta a casa. Y quizá lo hubiera preferido”.

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Aitor Lagunas

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