En Children of men, una obra maestra de la distopía dirigida por Alfonso Cuarón, el mundo ha colapsado o está a punto de hacerlo. La película comienza con la muerte de la persona más joven del planeta, Diego Ricardo, un chico argentino de 18 años y último ser humano nacido en todo el mundo. La escena que ilustra el momento, con una veintena de personas agolpadas en una cafetería de Londres viendo la noticia en una de las televisiones del local, es de una fuerza apabullante, sólo comparable a la trascendencia de lo que se está perdiendo con la muerte de Diego en ese momento: toda esperanza. La historia continúa, pasan muchas cosas, hasta que se descubre que una mujer está embarazada. El mundo se contrae y por increíble que parezca, la llegada de una nueva vida se ve con recelo. Por eso, lo que toca es salvarla por encima de todo.

Sin llegar a ese grado límite, el fútbol encuentra un paralelismo considerable en torno al regate y sus representantes. Éste, forma y fondo en el pasado, nunca va a morir, pero sí es preciso darle la razón a la narrativa que reclama la supervivencia de esta acción cuando también cuenta que lo que puede estar en peligro de extinción es su dueño: el regateador. Debe apuntarse como diferencia importante que un futbolista que hace regates no es un regateador; es un regateador aquel que da sentido a su fútbol con un quiebro. En la película, cuando se descubre que hay una mujer embarazada 18 años después, el mundo, como cuando vemos alumbrar a un regateador, se contrae. Y ahora, por nuestro protagonista, toca expandirse.

Como el revés a una mano en el tenis o un gancho en baloncesto, esta acción técnica, convertida en razón de ser en los mencionados regateadores, guarda un brillo especial porque se siente algo irremediablemente emocional en quienes lo ejecutan o lo contemplan, y a su vez se debate con nostalgia por su continua fragilidad al paso del tiempo y el contexto en el que trata de sobrevivir. Como un estribillo se dice, y es verdad, porque lo dicen y defienden los profesionales, que el atrevimiento convive con una tendencia, la de evitar una pérdida de balón, hasta el punto de que sólo los mejores del mundo parecen tener permiso moral para encarar al defensor y ‘jugársela’, condenas del lenguaje mediante. Sin embargo, es más importante incluso preservar tanto las condiciones del hábitat del regateador como al regateador en sí, por el valor que representa quien entiende la realidad de un juego como el fútbol desde el inspirador motivo de sortear obstáculos. Ellos, jugando así, quieren decirnos algo, y entre ellos está Bryan Gil, un gaditano de nombre gibraltareño que regatea como los perros, de forma incondicional y a cambio de protección.

 

Como el revés a una mano en el tenis o un gancho en baloncesto, esta acción técnica, el regate, guarda un brillo especial porque se siente algo irremediablemente emocional en quienes lo ejecutan o lo contemplan

 

Todo en Bryan es diferente, y aquí vamos a dejar un poco más de lado la relación de dependencia del fútbol con el regate para diferenciar a Bryan de los demás regateadores. Hablamos de un chico zurdo, pero de esos zurdos que se te meten en la memoria porque no pueden ser otra cosa, cuyas virtudes, entre la oportunidad y la obligación, nacen en base a su físico y su condición. Como aquel Paulo Futre que cumplía 90 minutos tocando la pelota solamente con la zurda (sic), Bryan Gil se mueve con el balón sabiendo que todo lo va a hacer con la izquierda, una aparente limitación que amarga a los defensores por no ser capaces de controlar lo que ya conocen y que convierte a su repertorio en imprevisible a pesar de negarle todo a su pierna derecha. “Enseña el balón, lo guarda, parece que el rival tiene ventaja para quitarle la pelota y él mete la punterita. Los rebotes le caen a él, tiene esas cosas que tienen los grandes”, dice Andoni Azkargorta, técnico asistente del Eibar, en El País. Los cambios de dirección, el primer control y su posterior acomodo para poner en alerta a su par, su amago o salida, su frenada o el toque de gracia que anula al defensor, todo lo hace con la izquierda, conectando directamente con ese mundo intransferible de los zurdos, cuyo hemisferio derecho guarda la creatividad y la singularidad, pasaporte a la gloria de un chico que parece desmontarse cuando frena y arranca o le chocan por detrás. Pero esto es sólo el principio.

Dice José Luis Garci en su conversación con Javier Aznar que hay gente que insiste aunque le digan que sí, justo cuando es preguntado por un lema o frase y éste recuerda el que Alfredo Landa hacía suyo: sea usted ameno. Gente que necesita reafirmarse e insistir aunque a la primera ya le hayan entregado lo que estaba buscando, sea aprobación, comprensión… o un uno contra uno. Común a todos los regateadores, lo que en parte les define es su aparente falta de memoria. Ante el fallo o la pérdida, Ousmane Dembélé, Kingsley Coman, Neymar Jr. o cualquier otro regateador que merezca ser calificado así, como Bryan Gil, quitan sus clavos con otros clavos; regates y más regates. Son futbolistas, en cierto modo, estigmatizados. Todos ellos juegan al fútbol con el ánimo de superar a un rival, necesitando tener antes un oponente que sortear que un espacio que atacar. Y son lentejas. O los entiendes o será culpa tuya.

No obstante, si uno nunca ha visto jugar a Bryan Gil, debe tener en cuenta algo mucho más importante que su falta de memoria, su condición de zurdo, su insistencia aunque le digan que sí o su imperiosa necesidad de ‘encararse’ con alguien. Y es que su techo lo marca su personalidad. Esta es una cualidad que en sus máximos es muy fácil de detectar. Si un jugador da un salto grande entre dos ligas, o uno desde un equipo humilde a uno gigante, al primer partido ya se sabe si quien tiene una gran personalidad está presente y si le condicionan las expectativas. Hablamos, seguramente, del rasgo más importante del futbolista de élite, uno en el que entran la iniciativa, el ofrecimiento, el compromiso o la autoconfianza. Y que muchas veces está relacionada con la distancia que uno se toma con tal de no hacer caso a sus propias limitaciones, enfocándose en maximizar sus virtudes. Cada contacto de Bryan Gil con la pelota conecta con su condición tanto como con todos aquellos que jugaron como él. Regatear es dar a luz. Perpetuar la especie.

 


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Fotografía de Imago. 

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Alejandro Arroyo

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  • Bendita filigrana de texto, Alejandro. Gracias por levantar al público, una vez más, y justificar el precio de la entrada. Igual que estaría haciendo Bryan en Ipurúa; poco se habla de lo tremendamente injusto que es para el pequeño pueblo guipuzcoano tener trotando en su feudo a una cosa tan bruta, durante una cesión de apenas un año, y que haya pasado ya la mitad sin poder verle más que por televisión. Que abran los campos aunque sea en Éibar, por humanidad, que tampoco están allí entre las montañas tan sobrados de talento para perder una ocasión así.

    Y aunque es innegable que hay que hablar del chaval por su fuerte, que es un gambetero en un mundo que ya no es para ellos, creo que su explosión resulta aún más sorprendente por el contexto que la rodea.

    Empezando por su físico, es un jugador que si cuenta en una discoteca que es deportista profesional, a más de uno, o una, se le escaparía una risa. Ya no es únicamente cosa de la delgadez y fragilidad que transmite, es que hasta corre "raro", con los brazos desacompasados. No parece que sea una persona que viva de cuidar su físico.

    Y el chaval va y cae en uno de los equipos más exigentes físicamente de primera, donde el sacrificio no se negocia, especialmente a los jugadores de ataque, y que juega a una marcha fija, en donde ir por delante o detrás en el marcador no implica nunca bajar las revoluciones. Un equipo que entrena casi en el bosque, en mitad de la montaña, en campos embarrados y congelados durante estos meses, en un clima, meteorológico y de club, que no puede ser más antagónico del ambiente que el chico ha mamado en Nervión. Y llegando al club con la Liga empezada, sin haber tenido continuidad en sus meses en Leganés y sin hacer pretemporada, desde el primer día ha estado a un nivel excepcional, llegando al minuto 90 siempre con gasolina, y mostrando un motor y unos pulmones completamente inesperados para lo que aparenta. En un sistema como el de Mendi que exige tanta intensidad, nunca ha necesitado sustituirle ni en los minutos finales o con el partido cerrado.

    A nivel táctico, en un equipo que vuelca todo el juego en las bandas, ha jugado con tres laterales distintos detrás sin que su fútbol varíe lo más mínimo, porque es que no necesita que el sistema le dé nada. Es como esos "10" de antaño que estaban por encima de todo lo que pasaba a su alrededor, ellos eran el sistema. De hecho, creo que su punto más alto lo alcanza con Arbilla jugando por detrás a pierna cambiada, pese a ser un jugador de características limitadísimas, porque precisamente esa limitación de su compañero le hace no "pisarse" con él por llegar a línea de fondo. Bryan no necesita a nadie.

    A diferencia de otros regateadores que nombras en el texto, como Neymar o Coman (o incluso que el otro regateador de la plantilla, y tradicional del sistema de Mendilibar: Inui) Bryan no es un jugador que mejore la jugada al ir hacia dentro, porque no necesita combinar, sino que es imparable precisamente cuando se abre. El defensor que le encima para llevarle a línea de fondo tiene perdido el duelo, a un nivel de humillación, como han probado en sus carnes Nyom, Emerson, o el mismísimo Jesús Navas esta temporada.

    De hecho, creo que su encaje en un equipo de nivel más alto puede verse limitado precisamente si no es capaz de adaptarse a un sistema que le pida jugar a pierna cambiada. Mendilibar le ha dado minutos en la derecha en algunos partidos, incluso por dentro, en un breve intento de no desplazar a Inui de la jerarquía del nipón en el sistema, pero lo cierto es que al gaditano se le ve mucho más cómodo en la izquierda y con laterales que no intenten doblarle. Tengo ganas de ver cómo se relaciona con Cote cuando vuelva.

    Y a nivel técnico se resume en esa frase que citas en el texto: es que hasta los rebotes le caen a él. Debe ser frustrante para un defensa saber que aunque metas el pie en el momento oportuno, y sabiendo que Bryan siempre va a estar perfilado para jugarla con la misma pierna, el balón va a seguir controlado por él. Pueden contarse con una mano, y sobran dedos, los balones que pierde por partido. Es un jugador que siempre finaliza jugada, a veces de forma inexplicable por la cantidad de marcas que tiene encima y el poco apoyo que necesita de sus compañeros, a quienes no les importa condenarle a hacer la guerra a solas. Pero tiene ese puntito de agilidad y velocidad con la pelota controlada que hace que siempre encuentre el hueco para poner el centro, o provoca falta o córner, aunque parezca imposible un segundo antes.

    También pienso que los dos goles contra el Granada son relativamente anecdóticos, no me parece un jugador que vaya a destacar por cifras goleadores abultadas, no es ese tipo de futbolista. Creo que esto también le puede limitar en equipos de nivel mayor, ya que le beneficia un contexto de dos delanteros trabajadores cargando el área, que penalice mucho si un central rival sale a hacer la cobertura a su banda. Eso es algo que se ve poco en equipos top, y su evolución en la élite estará muy marcada por su capacidad de encajar en un esquema con tres jugadores arriba. Creo que ahí también ha tenido suerte de caer en la pizarra de Mendi, que lo que busca es que Gil provoque que pasen cosas en el campo rival: que permita a su equipo posicionarse arriba, que cuelgue muchos balones al área en ventaja, que atraiga marcas y libere a compañeros... eso lo sabe hacer de manera fantástica, y su fútbol luce más aún al no exigirle que sea él quien influya directamente en el marcador, igual que le ocurría al Orellana que Mendilibar en uno de los futbolistas más bonitos de ver de La Liga en las últimas dos temporadas.

    Y en cuanto a carisma, qué decir, con esa melena que parece Cruyff perdido en las vascongadas, con la camiseta manchada de barro y cal a base de rodar por el suelo cada vez que le paran con falta.

    Un futbolista de otro tiempo demostrando una vez más que el fútbol es de los futbolistas, por si se nos había olvidado. Igual que en la película de Cuarón habían olvidado que de las mujeres nacen niños. Y como bien dices, en tu maravillosa analogía, a este niño hay que salvarlo por encima de todo.

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Publicado por
Alejandro Arroyo

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