Valencia nunca ha sido una urbe de medias tintas. El frenesí de la ruta del bakalao de los fines de semana siempre supo complementarse con la rutina de la vida intersemanal y los dos barrios del Carmen -el diurno y el nocturno- saben cuándo echar la persiana abajo para ceder el testigo a su antagónico alter ego. El equipo de fútbol homónimo, pues, no podía ser más que otra figura patrimonial, en este caso como representación balompédica, de la esencia de la ciudad. Caos, desenfreno y altibajos comulgando con la exigencia histórica del escudo, una constante búsqueda de la perfección y la necesidad de la afición de estar siempre en la cresta de la ola. En Mestalla, o los odias o los quieres. Silbas o aplaudes. Lloras o ríes. Indiferencia hacia sus colores, nunca. Nada nuevo a orillas del Turia.

Tras un año en que la afición ché recuperó la ilusión, este segundo curso se presentaba en verano como el definitivo para que el proyecto de Marcelino se consolidase, pero ocurrió todo lo contrario. Desde agosto hasta diciembre, a cada semana que pasaba, otro enano crecía en el tormentoso jardín del técnico asturiano. Las bases sobre las que construyó su innegociable 4-4-2, antes de cimiento, pasaron a ser de barro. La casa se caía a trozos y los parches que llegaron en verano para hacer de la plantilla un equipo con un inacabable fondo de armario para competir en las tres competiciones fueron en realidad prendas que no entallaban en el esquema de Marcelino como se pretendía. Batshuayi ya está fuera, a Piccini y Wass se les esperaba un nivel superior y Diakhaby aún está luchando por hacerse con un lugar en el eje de la zaga. A ello, se le sumó que sus mejores galas se iban deshilachando con el pasar de las fechas sin encontrar los arreglos necesarios para frenar aquel destrozo. Desaparecieron los goles, la verticalidad y el empuje de Rodrigo Moreno; el reloj de los partidos, antes en manos de Dani Parejo, pasó a pertenecer a los cerebros rivales; y, sin saber encontrar la clave para reactivar a sus piezas fundamentales, también las prolongadas y recurrentes lesiones de otros elementos vitales como Geoffrey Kondogbia o Gonçalo Guedes han sido causas directas del mal rendimiento del conjunto blanquinegro en el arranque de la presente campaña.

Esta montaña rusa de sensaciones con las que Mestalla convive año sí y año también, mal endémico del club desde su nacimiento, salpicó incluso a las bases más asentadas del libro de estilo de Marcelino García Toral. El orden defensivo del equipo, con sus habituales dos líneas de cuatro, juntas, impenetrables y consistentes como dos hileras militarizadas formando filas, un arma letal que permitía al Valencia transformar las transiciones de defensa a ataque en una fuga de agua a contracorriente para sus rivales, perdió toda su fiabilidad en la primera vuelta del actual curso. Y a causa de ello, los goles dejaron de celebrarse con asiduidad en Mestalla. “El gol es lo que transmite alegría, decisión, atrevimiento y permite al futbolista jugar con su máximo esplendor”, explicaba el técnico cuando se le cuestionaba sobre la notoria diferencia de goles respecto al año anterior. Tras recuperar, la activación y el punch que tenían sus bandas y la búsqueda directa a los puntas para atacar al espacio se diluyeron por completo. Y esa inseguridad ofensiva repercutió en la fragilidad defensiva del equipo -más psicológica que estadística-, hasta el punto de que por las butacas de Mestalla ya sonaba la cantinela de que, para sumar de tres en tres, un mínimo de dos goles a favor debían caer para asegurar la victoria. Los empates a uno como local ante Atlético, Celta, Barcelona, Leganés o Valladolid son claros ejemplos de ello.

 

Donde hace poco más de un mes hubo odio, llantos y silbidos, parece que el amor, las sonrisas y los aplausos vuelven a predominar

 

Más allá del desacierto de cara al gol de sus puntas de lanza en ataque, en los críticos primeros compases de la temporada la plantilla valencianista se sumergió en una profunda crisis de confianza en la que no encontraban una luz que allanara el camino hacia la estabilidad. “Los resultados no nos salen y pensamos que si nos hacen gol es posible que no ganemos. Eso es el verdadero problema de este equipo. Desde nuestro punto de vista ese es el verdadero problema”, apuntaba Marcelino García Toral sobre cómo les afectaba a sus jugadores el hecho de no poder sentenciar sus duelos.

Anclados en ese círculo vicioso de inoperancia ofensiva y falta de ánimo que se retroalimentaba al paso de cada jornada, el Valencia se reencontró consigo mismo cuando su capitán, Dani Parejo, recuperó la brújula semanas antes de que las campanadas señalaran el inicio de un nuevo año, justo después de que el chirriante viento que salía de los labios de la afición de Mestalla, dividida a partes iguales en cuanto al amor por su capitán, señalara al ’10’ como uno de los mayores culpables de la mala dinámica grupal. Pero el de Coslada, como Rodrigo, acostumbrado al ‘ni contigo ni sin ti’ que hace de su relación con la hinchada una de las más crípticas que haya actualmente en el panorama futbolístico español, supo sobreponerse a las críticas y tiró la puerta abajo echándose al equipo a la chepa. Y a partir de este cambio se han derivado los reajustes que han permitido al equipo asemejarse al del pasado curso. Cual factoría, cuando la cabeza pensante ha dejado atrás el descontrol que hubo hasta diciembre, el resto de trabajadores han vuelto a funcionar a pleno rendimiento.

Los goles de Rodrigo ya están de vuelta y Santi Mina se ha erigido como un fiable escudero en la delantera. Las bandas, aun esperando que regrese el Guedes del curso pasado, vuelven a generar peligro y vértigo y Francis Coquelin ha sabido paliar la baja de Kondogbia en la sala de máquinas valencianista haciendo el trabajo sucio para que Dani Parejo domine los tiempos. Y a su vez, las sensaciones de que Kevin Gameiro está recuperando su mejor versión para competir por una de las dos plazas en el ataque y la llegada de nuevas camadas como Kang In Lee y Ferran Torres, han provocado la metamorfosis del Valencia para olvidar los traumas de inicio de curso. Donde hace poco más de un mes hubo odio, llantos y silbidos, parece que el amor, las sonrisas y los aplausos vuelven a predominar.