Este texto está extraído del #Panenka11, número publicado en septiembre de 2012. Puedes conseguirlo aquí.


Aquel día me levanté en Madrid y me desperté 1.000 kilómetros después en el mismo sitio. Recorrí 20 horas de ida y vuelta a través de un tiempo detenido, onírico, desordenado. Un tiempo azul. Aún barrunto que aquello no pasó, pero, por si acaso, por si se acaba cumpliendo la verdad, lo contaré.

El Oviedín se jugaba parte de nuestra salud a 500 kilómetros de mí. Así que cautivo, solo y desarmado, cogí el coche y conduje hasta el norte, que también existe. Durante el viaje inventé mil jugadas felices y sólo me distrajeron del fútbol las rendijas por las que Susana me llena de vida. Por entonces no sospechaba cuántas veces habría de llamarla aquella tarde…

Llegué al paraíso a la hora de comer y no fui menos. Comí. Comí con mis amigos de allí, la gente que brega a diario y que sabe de lo imperfecto de un equipo que yo sólo siento en paz. La ciudad estaba pintada de armisticio, tenía una quietud rara, como de coger fuerzas para luego. Contra su alcalde, contra su presidente, contra el Principado, contra todas las muertes atentas a la suya, el Real Oviedo había alcanzado el play off de ascenso a Segunda División ascendido a los cielos del pueblo por el pueblo, por la gente sola, los locos del fútbol.

Eran los que habían ganado el asfalto unos años antes parando el tráfico de Oviedo tras las pancartas que exigían la salvación de un equipo que juega en la sangre de media Asturias y del resto del mundo. Se trataba de paisanos viejos, mujeres empoderadas de fútbol y herencia, hombres por su futuro, chavales de revolución y hasta críos que pedían a los Reyes Magos camisetas con los nombres de sus ídolos domésticos tan universales. Era una sociedad entera de esa gente bien de Oviedo, de esos currantes con horario, de autónomos apurados, estudiantes, parados, adolescentes maquilladas y algún despistado llegado de las mismísimas polillas de la vieja Vetusta. Todos habían sido famosos aquel año en que, en el sótano de Tercera, rompieron las marcas de la historia del fútbol con una masa de socios que invadió los telediarios.

 

La gente sola, los locos del fútbol, el pueblo arremangado, regresó a casa con un corazón menos, pero no vi una sola bandera en el suelo, ni una fe abandonada

 

Ahora estaban en sus casas, reposando el rancho de un día que prometía. Como nosotros, que hicimos una sobremesa de risas, dulces, burbujas. Y de reojos. Porque de repente la calle empezó a moverse, una convulsión exacta de camisetas, bufan- das, banderas y pómulos azules. Salí del restaurante y un tsunami lento me llevó al Tartiere. Me senté antes que casi nadie y vi al estadio crecer y multiplicarse, como Dios había mandado cuando creó al Real Oviedo en el principio de los tiempos. Creo que esa noche sus bedeles del cielo contaron 23.000 almas de Primera en Segunda B, todo un récord en esta tan terrenal categoría.

Un poco antes de la hora que nos había desvelado tantos años bajé al túnel de vestuarios y crucé los ojos con dos jugadores. Nos miramos con el estómago asustado. Uno le dijo a un compañero mío que se acababa de enterar de que no jugaba. Y mientras se lo contaba buscó en los ojos del periodista un consuelo, alguna telepatía razonable que le explicara por qué no iba a tocar el balón en la fiesta de su piel colectiva. La piel azul. El otro jugador de mi mirada ya estaba de corto pero aún llevaba unas chanclas puestas. Se había dejado para el final el rito de las botas, las únicas que viven el privilegio del balón. No dijo nada. Mucha gente le animaba, le daba palmadas sobre su nombre escrito en la espalda. Pero él sólo miraba al campo. Y lo oía. Yo volví a compartirle los ojos un instante y vi cómo se clausuraba de nuevo en su vestuario.

Me encaminé al campo, que ya tenía el uniforme de las ceremonias del pueblo y sonaba a olla cantarina. Pisé el césped, me agaché y olí un recuerdo para el futuro. Miré el reloj, volví corriendo a mi sitio, lloré un himno, oí un silbato de estreno y todo empezó a terminar.

Perdimos.

La gente sola, los locos del fútbol, el pueblo arremangado, regresó a casa con un corazón menos, pero no vi una sola bandera en el suelo, ni una fe abandonada. Unas filas más abajo había un anciano de pie, inmóvil. Llevaba un bastón, lo único que le sujetaba a la realidad. Descendí un poco para observarlo mejor. No miraba al césped, donde algunos aficionados consolaban a futbolistas imposibles. El señor ajado, el hombre del bastón, miraba al frente, a la otra tribuna. Quieto. Mudo. Eliminado.

Cuando el Tartiere se quedó huérfano, bajé de nuevo al prao. Anduve unos metros, me paré en el centro del campo, cogí unas briznas de hierba y las guardé en el bolsillo. Desde allí abajo, como un torero triste, me fui girando para mirar todas las gradas y me acordé del anciano. Busqué su tribuna, ajusté los ojos y lo vi. Seguía allí, recién perdido pero verticalmente digno. Él era el Real Oviedo.

Salí del estadio, me despedí de los amigos y vi por delante 500 kilómetros de derrota. Con las fuerzas en retirada, extendí en el coche una madrugada de jazz y dejé la bufanda azul en el salpicadero para no volver tan solo.

Cuando llegué a casa, Susana lo sabía todo. Su abrazo fue la victoria de un día que se había llenado de noche antes de tiempo.

Siempre creí que todo eso no había pasado. Pero hoy, al coger del armario unos folios blancos para escribir esta pasión, me encontré un manojo de hierba… azul.