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La foto del lunes: Estrella perdida

Hubo un tiempo en el que la felicidad de Neymar Júnior parecía un diamante indestructible. Era joven, guapo, rico, bueno, y el éxito se abría a sus pasos sin apenas oponer resistencia, con la elegancia con la que se precipitan los acontecimientos inevitables. Era tan normal que los tiempos corrieran a su favor, tan excitante todo lo que le rodeaba, que incluso hacíamos la vista gorda con cierta ternura cada vez que su padre, en lugar de mentar a su hijo, hablaba abiertamente de una empresa preparada para facturar varias decenas de millones de euros al año.

Como cuando dejas ganar a un niño, simplemente, porque no quieres volver a la realidad.

Tenía Neymar el talento para desbordar, el carácter para trascender, el estilo para seducir y sobre todo la suerte, la suerte de los genios, ese intangible misterioso que a unos pocos afortunados los coloca constantemente en las coordenadas adecuadas para seguir engrosando el relato que va forjando su leyenda.

Merecida o no, ocurre que la suerte es tan inexplicable como asustadiza, y que tal y como un día ha llegado, sin que llegues a saber muy bien por qué, de repente, se va.

Pudo ser el golpe en la columna de Zúñiga, la mudanza a París, la discusión con un compañero, incluso algo mucho más liviano como un cambio de peinado, cualquier estúpido detalle, pero lo cierto es que en algún punto de su viaje el delantero brasileño quedó desposeído de su dicha y que desde entonces, por más buenos partidos o goles que haya firmando, cosa previsible teniendo en cuenta su indiscutible calidad, su historia ha seguido escribiéndose torcida, como si se hubieran borrado los renglones.

Derrotas, polémicas, lesiones y malos gestos que han ido empañando la figura de un jugador increíble.

En la época de Messi, cuyo dominio sí se basta con la certeza de su superioridad, cualquier estrella a la que le deje de sonreír el destino está condenada a perderse en el espesor de la noche.

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Marcel Beltran

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