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La Crazy Gang del Wimbledon y una tarde de locos


Inadaptados, pícaros, sucios, duros, un infierno para cualquier rival. En los 80, la Crazy Gang del Wimbledon trepó por la élite hasta alcanzar la cima en Wembley, ante el todopoderoso Liverpool.


Este reportaje está extraído del #Panenka80, un monográfico sobre los ‘Bad Boys’ del fútbol que sigue disponible aquí

 

“Éramos escoria. Éramos una mierda. No éramos nada. Que ganáramos vendría a ser el mayor desastre en la historia del fútbol”. Vinnie Jones resumía así el sentimiento que los medios reflejaban antes de la épica victoria del Wimbledon frente al Liverpool en la final de la FA Cup de 1988. O, como lo definió el veterano comentarista de la BBC John Motson tras el pitido final: “La Crazy Gang ha derrotado al Culture Club”.

Pocos analistas habían pronosticado el éxito del Wimbledon a principios de la temporada 1987-88, cuando Dave Bassett, el arquitecto del milagroso ascenso del Wimbledon desde la non-league hasta la mitad alta de la First Division, dejó el club, llevándose con él a la mayoría de su equipo técnico. Para muchos, aquello parecía señalar el final del cuento de hadas del Wimbledon.

Cuando el empresario libanés y aficionado al tenis Sam Hammam había adquirido el club en 1977, no muchos se tomaron en serio al Wimbledon. Sin embargo, en solo nueve años, el club logró ascender a la Football League, para luego subir de división en división de forma implacable, antes de asentarse en la máxima categoría, con una sexta posición en la 1986-87. Se esperaba que la marcha de Bassett coincidiera con la caída del club del sureste de Londres hasta donde, se consideraba, estaba su lugar. Bassett había sido la figura paterna y el motivador de ese grupo de inadaptados futbolísticos. John Fashanu, Vinnie Jones, Dennis Wise; huérfanos, delincuentes juveniles, pícaros callejeros dickensianos, jugadores que encontraron un hogar bajo Hammam, su Fagin del siglo XX, con Wally Downes siendo su Bill Sikes y Bassett, su Artful Dodger. Hammam no pagaba demasiado a los jugadores, pero suplía ese déficit retándolos a partidas de cartas o a tandas de penaltis que perdía deliberadamente para acabar compensando con fajos de billetes a sus favoritos.

El veterano Downes y el técnico Bassett crearon una cultura en la que no había lugar para sutilezas. Las ceremonias de iniciación eran célebres aunque quizá apócrifas. A los recién llegados se les quemaba la ropa; sus ansiedades, señaladas y expuestas. John Scales, que se marchó al Liverpool a cambio de 3,5 millones de libras después del triunfo en la FA Cup, lo definió como “un lugar incómodo”, y explicó que tenía que mentalizarse en el coche antes de cada entreno en el Lane. Al firmar por el club, uno tenía que ganarse el respeto de Downes, un tío difícil de impresionar. Las peleas a puñetazos se sucedían en el gélido vestuario, especialmente cuando Fashanu y Lawrie Sanchez estaban de por medio. Se odiaban, y nunca se hablaron en los ocho años en los que coincidieron en el equipo.

 

“Los equipos que venían a Wimbledon, solo querían salir de allí sin ninguna lesión”, cuenta Terry Gibson

 

Bassett era un gestor de grupo magistral, que se preocupaba poco por complejidades tácticas. Juega con tus fortalezas. Busca al hombre grande. Ponla en medio. En medio significaba cualquier lugar cerca de la cabeza de Fashanu; los defensas rivales se lo pensarían dos veces antes de meter ahí sus propias cabezas. El portero Dave Beasant se convirtió en su particular playmaker: siempre acababa jugando en largo, buscando a Fash, quien tenía pocos reparos a la hora de sacar a pasear su intimidante físico.

Plough Lane, su hogar, parecía poco más que un cobertizo, el tipo de campo que los jugadores de la First Division odiaban visitar. No era un lugar agradable. Los futbolistas de los clubes más grandes pasaban la mayor parte de la semana previa a una visita al SW19 pensando excusas para no estar disponibles en la convocatoria del sábado. Frío, con goteras en los vestuarios, filtraciones de aguas residuales en los desagües, pintura descascarada y techos mohosos, té frío y sal en los cuencos de azúcar: el Lane recordaba a las estrellas de la que pronto sería la Premier League que el fútbol inglés de los 80 era un juego ‘de hombres’. Y la Crazy Gang intentaba llevarlo más allá, al demostrar que el fútbol debe ser un juego ‘de hombres duros’. Realmente duros. Terry Gibson lo rememora para Panenka: “Los equipos que venían a Wimbledon, solo querían salir de allí sin ninguna lesión”.

Bassett lideró al Wimbledon hasta el sexto lugar en su primera temporada en la máxima categoría aplicando el mismo enfoque que tan bien había funcionado en divisiones inferiores. La agresividad y la intimidación eran parte integrante de lo que hacían los Dons. Su estilo de juego físico les hizo cosechar pocas amistades y admiradores, pero eran verdaderamente difíciles de batir. El reinado de Bassett se terminó cuando el Watford, otro club con una propuesta de juego directo, lo cazó para sustituir a su técnico saliente, Graham Taylor. También iba a ser preocupante la marcha de varios jugadores clave, incluyendo al cuatro veces ganador del premio al Jugador del Año del Wimbledon, Nigel Winterburn, que se marchó al Arsenal.

Bobby Gould fue el recambio de Bassett, y trajo a Don Howe como preparador. Howe representaba el regreso al abecé del entrenamiento, y su influencia sobre lo que vendría iba a ser crucial. Gould le dio carta blanca para dirigir los entrenos, que se extendían hasta las tres horas diarias, mientras él se concentraba en tareas de ojeador. Ficharon a cinco nuevos jugadores, entre ellos Gibson y Terry Phelan. Gibson se sentía impresionado por Gould, para el que había jugado en el Coventry City, y por el hecho de que el club estuviera dispuesto a romper su récord en traspasos (200.000 libras) para firmar a un jugador del Manchester United, mostrando una cierta ambición. Hammam, en un gesto típico en él, aceptó el fichaje bajo la condición de que Gould se comiera 12 testículos de oveja en un restaurante libanés local.

El propio Gould había sido delantero en sus días como jugador, pero a Gibson le pareció que su nuevo entrenador era difícil de complacer. “Era complicado conseguir un ‘bien hecho’ de Bobby Gould”, dice hoy. Pese al nuevo cuerpo técnico, no cambiaron demasiadas cosas en términos de ambiente en el Lane. Phelan, futuro internacional irlandés, recordaba que “si no eras capaz de entrar en el grupo, no eras aceptado. He visto a jugadores llorar debido a ese maltrato”. Gould no era ajeno al fútbol directo, pero tanto él como Howe pronto se preocuparon por el número de tarjetas rojas y amarillas que empezaron a ver sus jugadores. Se celebró una reunión disciplinaria con los jugadores, solo para que los dos jefes escucharan, sin rodeos, que los futbolistas no tenían ninguna intención de cambiar su filosofía. Gibson lo admite: “Sin ese nivel de intimidación, habrían sido la mitad de equipo que fueron”.

El primer partido de Terry Gibson con el conjunto fue en el campo del Derby County. “Nos abuchearon una vez sobre el césped, nos abuchearon al marcharnos al descanso, nos abuchearon de nuevo en la segunda parte, nos abuchearon al término del partido y nos abuchearon de camino al autocar. ¡Ganamos 0-1! Los chicos me dijeron que me acostumbrara a ello. Todos odiaban al Wimbledon”. El equipo tenía dos opciones desde el pitido inicial, según cuenta Gibson: “Podías patear el balón al banderín de córner para darles un saque de banda y luego intentar recuperar la posesión, o enviársela a Dave Beasant [su gigantesco guardameta] para que diera un patadón hasta el borde del área rival. No teníamos reparos en hacerlo”. Beasant estaba encantado de driblar con la pelota a 30 metros de su área antes de pegarla en largo hacia la cabeza de Fashanu: “Si alguien cometía el error de no ir a la disputa, lo matábamos”.

“Jugábamos cada partido desde el inicio como si fuéramos perdiendo 1-0 a cinco minutos para el final”, añade Gibson. “Era algo básico. ¿Entrenar? Lo odiaba. Todas esas carreras de larga distancia y los constantes once contra once. Muy aburrido. Cuando me levantaba la mañana de un partido tenía la sensación de haber completado una semana de trabajos forzados”. Había algo más, por supuesto. A Gibson le impresionaba la perseverancia y la profesionalidad de la plantilla. El Wimbledon, además, fue pionero en la recopilación y el uso de las estadísticas. “Los jugadores más jóvenes del equipo se sentaban en la grada anotando el número de centros que hacíamos, el número de disputas ganadas. Llegaba el descanso y te daban tus estadísticas. Si no cumplías con ellas, no jugabas”. Simple. “El objetivo era centrar 20 veces cada 45 minutos. ¡Desde cada banda!”.

Después de los éxitos de la campaña anterior, había un sentimiento real en Plough Lane de que la gloria estaba a la vuelta de la esquina. Todos sabían que ganar la liga estaba fuera de su alcance, pero en una competición del KO, pocos equipos se hacían ilusiones jugando 90 minutos contra la Crazy Gang. Bienvenida sea la copa y, posiblemente, el mayor éxito de un matagigantes en la historia de la competición.

 

“Éramos escoria. Éramos una mierda. Que ganáramos vendría a ser el mayor desastre en la historia del fútbol”. Vinnie Jones resumía así el sentimiento que los medios reflejaban antes de la victoria frente al Liverpool en la FA Cup de 1988

 

La trayectoria en aquella FA Cup comenzó con una victoria de tercera ronda ante el West Bromwich Albion de Ron Atkinson y una ajustada victoria sobre el Mansfield Town en Field Mill, con penalti parado por Dave Beasant incluido. El mayor obstáculo llegó en la visita de quinta ronda a St James’ Park para enfrentarse al Newcastle. Dos semanas antes, Vinnie Jones había saludado a Paul Gascoigne con un apretón ‘michelesco’ en las partes nobles del centrocampista. Los aficionados del Newcastle clamaban venganza, pero el Wimbledon controló el partido y a Gascoigne casi ni se le vio. Gibson remató una falta sacada por Wise antes de que Gayle y Fashanu anotaran dos más para completar una victoria por 1-3 que permitió al Wimbledon pasar a cuartos de final.

La temporada anterior, los Dons también habían alcanzado esas alturas de copa pero flaquearon en el momento culminante, ante el Tottenham Hotspur. Esta vez se enfrentaban al Watford de Bassett, e iban perdiendo 1-0 al descanso con diez jugadores. Pero el espíritu de equipo, ese que resumía Hammam (“Antes de caer dejaremos un rastro de sangre desde aquí hasta Tombuctú”), tuvo efecto, y los goles en la segunda parte de los sustitutos Young y Fashanu fueron suficientes para situar al Winbledon entre los cuatros mejores.

La semifinal, a principios de abril, fue un intenso encuentro disputado en White Hart Lane contra el Luton Town. Pero los Dons sobrevivieron gracias a un penalti en la segunda parte -convertido con frialdad por Fashanu, que hacía su 21º gol de la temporada- y al tanto de la victoria, obra de Wise.

Wembley esperaba. Y el Liverpool. El mejor equipo de Gran Bretaña, una auténtica potencia que había derrotado al Nottingham Forest en su semifinal, seguida por una victoria en liga ante el mismo equipo por 5-0, en la que muchos aficionados de los Reds todavía consideran una de mejores actuaciones en la historia de su equipo. Tres semanas antes de la final, tuvo lugar una reunión con el objetivo de disipar cualquier complejo de inferioridad que pudieran sentir los jugadores del Wimbledon. Gibson lo recuerda: “Nos dijeron: ‘han machacado al Nottingham Forest dos veces. ¡Al Forest! El equipo más agradable y deportivo de la liga. ¡No somos nosotros! ¡No somos el Forest!”. Iba a ser la 21ª presencia del Liverpool en Wembley en los últimos 15 años. Y la primera del Wimbledon.

EL MIEDO NO ERA UNA OPCIÓN

La rutina previa al partido fue especial, incluso para la pandilla que formaba la Crazy Gang. “Fue la cima de mi carrera, aquello en lo que había soñado toda mi vida”, dice Gibson. “Fue el día más caluroso en el que tuve que jugar un partido oficial, y después de salir a inspeccionar el césped y, más tarde, a calentar, decidí darme una ducha fría, para enfriarme un poco”. Mientras se refrescaba bajo el agua, podía escuchar a una multitud de 100.000 personas cantando el tradicional himno prepartido, Abide with me. Fue un momento emocionante. Los jugadores del Wimbledon hicieron esperar deliberadamente a los del Liverpool en el túnel todo el tiempo que fuera posible antes de saltar al famoso campo. Mientras esperaban el uno junto al otro, la Crazy Gang no dejó duda a las estrellas del campeón de la First Division: el miedo no era una opción. Jones gritaba su particular grito de guerra, ¡Yadihoo!.

Gibson no había entrenado en cuatro meses y se probó aquella misma mañana, una semana después de haberse roto el metatarso. “Estaba al 20%, pero no me lo iba a perder por nada del mundo. En aquel entonces no sabíamos qué era un metatarso. Solo decíamos: ‘un dedo del pie roto’. El pie se me había hinchado y la noche antes del partido dormí con la bota puesta porque sabía que no podría volver a ponérmela una vez me la quitara. También estaba esperando que me operaran de una hernia, y me tuve que vendar la rodilla porque me había lesionado el ligamento interno. Mi trabajo era presionar a su central Alan Hansen. Duré 63 minutos. Recibí un único pase en todo ese tiempo, ¡y fue al sacar de centro en el segundo tiempo!”. Gibson no estuvo solo en la presión, conforme el Wimbledon comenzó a sentirse cómodo. Jones necesitó solo siete minutos para dejar su marca, con una entrada escalofriante a McMahon.

 

El veterano Downes y el técnico Bassett crearon una cultura en la que no había lugar para sutilezas. Las ceremonias de iniciación eran célebres aunque quizá apócrifas. A los recién llegados se les quemaba la ropa

 

Pronto quedó claro que el Liverpool afrontaba una tarde de trabajo bastante más dura de lo que los medios habían predicho. Peter Beardsley y Ray Houghton empezaban a brillar, pero la defensa formada por Goodyear, Young, Thorn y Phelan, hábilmente respaldada por Beasant, fue capaz de resistir. Pasada la media hora, Beardsley se adueñó del balón, zafándose de una torpe entrada de Thorn, antes de picársela con frialdad a Beasant, para marcar. Pero el árbitro Brian Hill había errado al no dar la ventaja e hizo sonar su silbato señalando falta. El gol no subió al marcador. Solo un par de minutos después, el Wimbledon se adelantó. “El 80% de nuestros goles aquella temporada llegaron en acciones a balón parado”, recuerda Gibson. A los 37 minutos, Phelan provocó una falta cerca del córner, en el lado izquierdo. Wise la botó y Lawrie Sanchez la peinó para superar a Grobbelaar, en el que sería el único gol del encuentro. Fashanu lo definió como “el peor momento de mi carrera. ¡Tuve que abrazarlo!”. En la segunda parte, Beasant detuvo el primer penalti en la historia de las finales de copa, a Aldridge, que no había fallado desde el punto fatídico en sus once intentos de aquel curso. No fue el día del Liverpool.

Mientras unos fatigados Dons celebraban su extraordinaria victoria sobre el terreno de juego, Jones no pudo evitar simular que practicaba sexo oral con un Gould arrodillado. No fue la forma más adecuada de celebrar la culminación de una de las mayores historias de matagigantes de la historia. Pero era típico de la Crazy Gang.

La respuesta de Hammam fue inmediata: “¡Ahora es el momento perfecto para que vendamos a esos jugadores!”, le dijo a su atribulado entrenador. Y eso fue lo que hicieron. Beasant y Thorn fueron traspasados al Newcastle casi inmediatamente, y la Crazy Gang empezó a romperse. Gibson entendió que sus compañeros quisieran conseguir mejores contratos en clubes mayores. “Era el jugador mejor pagado, y cobraba 500 libras a la semana. ¡Había jugadores en ese equipo campeón que ganaban 90 a la semana! [Menos de la mitad que el sueldo medio de un trabajador varón en la época].

En 1991, el club dejó Plough Lane y se trasladó a Selhurst Park, feudo que compartían con el Crystal Palace. 12 años después del día de su gran triunfo, el Wimbledon descendió, cerrando una trayectoria de 14 años en la máxima categoría durante la que se ganaron el respeto a regañadientes de sus colegas, aunque pocas estrellas de la Premier League iban a echar de menos sus habituales duelos con la Crazy Gang. Al final de la temporada 2003-04, el Wimbledon dejó de existir.

 


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Fotografía de Getty Images.

Simon Hanley

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