Los graderíos abarrotados de aficionados que seguían el partido de pie detrás de alguna de las porterías son uno de los signos más reconocibles del paisaje futbolístico del siglo XX. Antes de que las normativas de seguridad dictaran la obligación de cubrir con asientos la totalidad del aforo de los estadios –una regla que tiene, entre las grandes ligas europeas, la excepción del fútbol alemán-, la experiencia futbolística del hincha contaba con una serie de componentes que hoy no son más que vagos recuerdos. La nostalgia, siempre selectiva y demasiadas veces irreal, nos remite a imágenes de estadios que rugían y a grupos de jóvenes sudorosos que se podían permitir pasar una tarde en el fútbol sin la necesidad de hipotecar el resto de la diversión del fin de semana. Un espectáculo diseñado, a priori, por y para un pueblo que nunca hubiera imaginado que ese mismo cemento que desgastaba sus zapatillas mientras saltaba y se desgañitaba sería años después un territorio codiciado por aficionados menos apasionados o, directamente, por turistas. Hoy el fútbol es un espectáculo distinto en el que, salvo contadas excepciones, solo el gol merece que el espectador se levante de su asiento.
Cuando la tragedia de Hillsborough cumple 26 años, el debate sobre la reinstauración de las localidades de pie en el Reino Unido permanece en la agenda política y mediática. Aquel desastre, que sesgó la vida de 96 aficionados del Liverpool, víctimas de la pésima coordinación y organización en el acceso al fondo donde debían situarse para ver a su equipo jugar contra el Forest, fue el triste epílogo de una manera de ver y vivir el fútbol, a veces divertida, a veces fatigante, a veces peligrosa, quizás demasiado pasional, excesivamente humana. Después de aquel lamentable 15 de abril de 1989, los poderes públicos de Londres optaron por desterrar las localidades de pie de las principales categorías del fútbol británico. Años después, en 1998, la UEFA también adoptaría esta medida para sus competiciones.
La Federación de Aficionados de Fútbol de Reino Unido (FSF) lleva años liderando una campaña para introducir en los campos lo que ellos llaman, en inglés, Safe Standing, una manera de vivir los encuentros de pie que no va reñida con la seguridad y que se entiende como una vía responsable para devolverle a los campos esa ambientación que, consideran, hace tiempo que se ha perdido. Siguiendo el modelo alemán, se propone la instalación de asientos móviles que se puedan fijar o desfijar según convenga. El impresionante aspecto de las zonas más calientes de estadios como el del Borussia de Dortmund, donde los seguidores están de pie, es un punto a favor de los defensores de la incorporación de estas instalaciones. La iniciativa, según apuntan las encuestas, cuenta además con el favor de la mayoría de aficionados. En un estudio publicado por el Partido Conservador de Gales, sobre el que se ha hace eco este mes la revista When Saturday Comes, se ofrece una serie de datos reveladores: de los 2.364 hinchas que respondieron al cuestionario, el 82% preferiría ver el fútbol de pie antes que hacerlo sentado, mientras que el 97%, independientemente de cuáles sean sus preferencias, considera que se debería poder elegir entre ver el partido desde un asiento o hacerlo levantado, siempre y cuando se habiliten zonas correctamente adaptadas para cada caso. Casi el mismo porcentaje (96%) considera que ha llegado el momento de empezar a probar este nuevo tipo de acomodación.
Hoy el fútbol es un espectáculo distinto en el que, salvo contadas excepciones, solo el gol merece que el espectador se levante de la silla
Aunque la Premier League ha expresado en repetidas ocasiones que no tiene previsto pedir a las instituciones ningún cambio en este sentido, la propuesta de la FSF sí que cuenta con el beneplácito oficial de la Football League, que se muestra dispuesta a probar en la Championship (2ª División), su máxima categoría, este tipo de innovaciones. Con los estamentos deportivos caminando hacia un consenso, el balón está, pues, en el tejado de la política. En este sentido, es fácil imaginar que se saldrá con la suya el bando que prometa más votos –y más siendo 2015 un año de elecciones-. La Asamblea Nacional de Gales, el ente parlamentario autónomo de la nación del dragón, aprobó una moción para pedirle al gobierno de la Unión que permitiera las primeras pruebas piloto de zonas de pie seguras en su territorio, donde el fútbol ha crecido en importancia con la llegada a la élite del Cardiff City y, sobre todo, del Swansea City. Además, los Liberal Demócratas, la tercera fuera del Reino Unido, que se sitúa como alternativa en medio de la dicotomía entre Conservadores y Laboristas, ha incluido este asunto dentro de su ideario para los próximos comicios.
El deseo de los aficionados que quieren ponerse de pie para animar a su equipo no solo responde a una forma de vivir el fútbol que hoy se les niega. En el trasfondo también entra en juego la oportunidad de acabar con una situación que, alegan, es discriminatoria. Al supporter, dicen, se le sigue viendo como un sujeto potencialmente peligroso ante el que cualquier medida de seguridad que se tome es poca. Mientras uno puede disfrutar de un partido de rugby o un concierto de rock sin necesidad de tomar asiento, a los aficionados al balompié se les obliga, por ley, a mantener un comportamiento determinado. Obviamente, esto no nace solo de la trivialidad de los legisladores; se incluye en un plan -que ha tenido una continuidad palpable a lo largo de los años- para atajar los problemas ocasionados por el fenómeno hooligan. Pero si unos y otros coinciden en afirmar que se han dado en los últimos años pasos muy positivos en pro de la erradicación de la violencia, quizás sea el momento de darle una nueva oportunidad al fútbol que se disfruta de pie. Al fin y al cabo, se trataría de adaptar y regular una situación que persiste de forma alegal. Clifford Stott, doctor de la Universidad de Leeds y uno de los mayores expertos europeos en la materia, lo resumía así para la BBC: “El fútbol se ha seguido viendo de pie en muchas zonas diseñadas para estar sentados, lo cual es mucho más peligroso que si se cambiara a un sistema de asientos móviles”.
Con tantas sensibilidades en juego y un modelo de negocio perfectamente asentado, especialmente en la Premier League, parece complicado que la composición de los graderíos británicos cambie en poco tiempo de una forma tan radical. Pero las asociaciones de aficionados seguirán insistiendo para que se escuche su voz, convencidos de que un fútbol en pie significaría mejores aforos, estadios mucho más ruidosos y precios más populares. Todos estos supuestos son meras hipótesis, fruto de la bienintencionada voluntad con la que nació el movimiento y del testimonio llegado desde los campos alemanes. Si algún día pueden ponerse en práctica, ya sea en la Premier o en la Primera División española, podremos comprobar hasta dónde llega la nostalgia y dónde empieza la cruda realidad.
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