Quizá debería empezar explicando cómo era jugar en el equipo reserva de un club de la Premier League, pero esa historia puede esperar. Prefiero hablar de un partido del que ni siquiera recuerdo el rival. Lo que sí recuerdo es que jugué con Matt Le Tissier.
Era la temporada 2001-2002. Matt se encontraba en el ocaso de su carrera. El Southampton acababa de inaugurar St. Mary’s, pero él ya había regalado sus mejores tardes a los Saints y a la Premier League. Todo el mundo esperaba un último destello, una última genialidad. Y con Matt eso nunca era una ilusión absurda.
Los aficionados solo veían los partidos. Nosotros lo veíamos entrenar.
Y entrenando era todavía mejor.
Sin tener un físico privilegiado, Matt hacía en los entrenamientos cosas que parecían imposibles. Su talento aparecía en cada detalle: controles orientados que nadie imaginaba, pases capaces de atravesar líneas como si hubiera visto la jugada diez segundos antes y una forma de definir que contrastaba con su cuerpo pesado y descompensado, pero tenía la finura de un bailarín. Muchos conocen sus recopilaciones de goles espectaculares; los entrenamientos, sin embargo, eran eso multiplicado por diez.
“Sin tener un físico privilegiado, Matt hacía en los entrenamientos cosas imposibles. Controles que nadie imaginaba, pases capaces de atravesar líneas como si hubiera visto la jugada antes y una forma de definir que contrastaba con su cuerpo”
Aquel partido del equipo reserva reunió bastante más público de lo habitual. Matt venía arrastrando molestias físicas desde hacía tiempo y necesitaba minutos para demostrar que podía volver a jugar con el primer equipo el fin de semana. Era una prueba para él.
Para mí era un examen.
Él jugaba para despedirse de la Premier. Yo jugaba para entrar en la Premier. Cada uno tenía sus propios motivos para disputar aquel partido.
Recuerdo que me encontraba muy bien. Cada semana era un poco más rápido, entendía mejor el idioma y eso, aunque parezca una tontería, también se nota dentro del campo. Cuando entiendes a tus compañeros, llegas antes a las jugadas. Empezaba a sentir que pertenecía a aquel fútbol.
La jugada nunca se me ha olvidado.
Recibí el balón pegado a la banda izquierda, cerca del córner, a unos ocho metros de la línea de fondo. Conduje hacia atrás como si fuera a jugar con el lateral. El defensa me siguió. Entonces di un golpe de cadera, cambié de dirección y me metí hacia dentro dejando atrás el vértice. Esquivé a dos rivales de golpe pasando entre medio, superé al marcador de Matt, que saltó en mi busca. Él se quedó solo.
Yo lo tenía todo para definir.
Pero levanté la cabeza.
A mi derecha estaba Matt Le Tissier completamente libre de marca y obstáculos.
Le di un pase suave con el exterior del pie, el portero siguió el balón con la vista. Matt solo tuvo que empujar el balón a la red.
Nunca había escuchado celebrar un gol de aquella manera en un partido del equipo reserva. El estadio rugió como si fuera un encuentro de Premier League. Me emocioné. Después de verle tantas veces entrar y salir de la camilla, pensé que aquel gol debía de significar mucho para él.
“Durante años pensé que simplemente había dado una asistencia en un partido del filial. Con el tiempo entendí que aquel pequeño pase con el exterior del pie había formado parte del último gol de la mayor leyenda de la historia del Southampton”
Corrí a abrazarlo con una efusividad desmedida.
Él sonrió, me dio una palmadita en la cabeza y dijo:
—Well done, lad.
Nada más.
Se marchó andando con absoluta normalidad, como quien acaba de hacer algo cotidiano.
Yo me quedé pensando: ‘¿Ya está? Joder… me he emocionado más yo que él. Si llego a saber que iba a reaccionar así, lo marco yo’.
Lo curioso es que entonces ninguno de los dos sabía —o al menos yo no lo sabía— que aquel acabaría siendo el último gol de Matt Le Tissier. La temporada siguiente ya estaba retirado.
Durante años pensé que simplemente había dado una asistencia en un partido del filial. Con el tiempo entendí que aquel pequeño pase con el exterior del pie había formado parte del último gol de la mayor leyenda de la historia del Southampton. Y, sin pretenderlo, ese recuerdo terminó teniendo mucho más valor del que imaginé aquella tarde.
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