El pasado fin de semana Son Moix presenció un partido tan pasional como extraño: Real Mallorca-Atlético Baleares. En el césped del estadio del conjunto bermellón se unieron diversas sensaciones, la emoción de un derbi se entrelazó con la sensación de ver algo nuevo ante sus ojos. Hacía 37 años que unos y otros no se veían las caras. Casi cuatro décadas en las que uno fue inmensamente más grande que el otro y que ahora, con la balanza equilibrada, se han convertido en rivales directos disputando la misma liga. Qué raro todo, pensarían los aficionados más jóvenes del Mallorca al presenciar por primera vez en sus vidas un derbi. Y los no tan niños, echarían la vista atrás, asqueados, reflexionando por qué todo se puede haber ido al garete tan rápido, si apenas un lustro atrás eran un club asentado en Primera División.

Por estas mismas fechas, hace 15 años el Mallorca estaba a punto de escribir una de las páginas más bonitas de la historia del club. La Copa del Rey, como en la actualidad, era el centro de atención del fútbol español después de los turrones de Navidad, pero tenía el atractivo de no contar con los mismos de siempre en la últimas rondas. El duopolio del puente aéreo aún no se había instalado en nuestro fútbol y el Novelda ya se había cargado al Barcelona en treintaidosavos de final.

El genial y hábil ‘Caño’ Ibagaza en la mediapunta para asistir a dos delanteros de pura dinamita como eran Samuel Eto’o y Walter Pandiani

Buenos tiempos esos en los que las eliminatorias a partido doble se iniciaban en octavos, dejando fluir la magia, las sorpresas y lo imprevisible en una competición que siempre tuvo por costumbre, tanto en España como en cualquier otro rincón del mundo balompédico, darle alegrías a los más humildes. Una costumbre que en los últimos tiempos se ha diluido y prueba de ello es el historial de campeones de la última década: Barcelona, Atlético, Valencia y Real Madrid han sido los únicos en levantar el título, precisamente los cuatro primeros clasificados de La Liga mediada la temporada presente.

Volviendo a aquella Copa del Rey de 2003, el Mallorca se plantó en cuartos de final después de ganar por la mínima en Santa Coloma a la Gramanet, seguido de una tanda de penaltis ante el Hércules y una eliminatoria solventada con autoridad en Son Moix contra el Valladolid. El siguiente rival era el vigente campeón de Europa, el Real Madrid de los galácticos. La ida en el Santiago Bernabéu, con un equipo blanco formado por más ‘Pavones’ que ‘Zidanes’, dejó todo abierto para el partido de vuelta tras el empate a uno al término del encuentro. El segundo encuentro en las islas se planteó de la misma manera. Vicente del Bosque apostó de nuevo por un equipo plagado de suplentes y Gregorio Manzano contó con sus mejores hombres, como en la ida, confiando en sus posibilidades para seguir en paso firme hacia la final de la Copa del Rey.

Y es que aquel Mallorca, ay aquel Mallorca. ¿Quién de la liga española no firmaría ahora un tridente como el de aquel Mallorca? El genial y hábil ‘Caño’ Ibagaza en la mediapunta para asistir a dos delanteros de pura dinamita como eran Samuel Eto’o y Walter Pandiani. ¿Quién en todas las islas no desearía volver a ver a Leo Franco, mítico de nuestra liga, volviendo a defender la meta de Son Moix? ¿Quién no le devolvería el brazalete a Miguel Ángel Nadal para capitanear a sus paisanos tras volver a casa después de tocar el cielo con el Dream Team? Y junto a ellos, Lussenhoff en la zaga, Albert Riera siendo un cuchillo por la línea de cal y Álvaro Novo dando juego por el otro costado. Ese era un equipo en mayúsculas, de lo mejorcito que ha pasado por la isla más grande de las Baleares.

En Son Moix los goles empezaron a caer uno detrás de otro. Y hasta cuatro veces tuvo que recoger el balón de entre las mallas César Sánchez. Dos de ellas, por culpa de un Samuel Eto’o que empezaba a pillarle el gustillo a eso de marcarle al equipo que le trajo al fútbol europeo hasta convertirse en el mayor de los verdugos cada vez que su camino se cruzaba con el del conjunto merengue. En las semifinales tocaba viajar hasta Riazor para enfrentarse a otro de los grandes de la liga española en aquellos tiempos. Y en tierras gallegas fue Walter Pandiani el hombre clave para darle ventaja al Mallorca en el último peldaño para llegar a la final. 2-3, con dos goles del ‘Rifle’ y otro de Eto’o, decantaban la eliminatoria muy a favor de los baleares. En la vuelta, un gol para cada uno y un lugar en la final para los bermellones ante el Recreativo de Huelva, que llegó al choque definitivo después de superar a Betis, Atlético de Madrid y Osasuna en las últimas tres rondas.

Final inédita. El decano de nuestro fútbol contra uno de los equipos de moda del país. El Martínez Valero sería el escenario en el que uno de los dos clubes entraría por primera vez en el selecto grupo de campeones de la Copa del Rey. La primera final para los onubenses; la tercera para los insulares, que ya habían perdido dos ocasiones para llevarse el torneo del KO ante el Atlético en 1991 y contra el Barcelona siete años después. Y esa tercera oportunidad iniciaba complicada para el Mallorca por la posible ausencia del mejor de sus hombres por culpa de un calendario solapado y una competición relativamente nueva creada por un rey saudí y apadrinada por la FIFA. Samuel Eto’o, el Mallorca y la selección camerunesa -participante de la Confederaciones en 2003- debían encontrar un acuerdo para saber si el futbolista se perdería las fechas clave de su club o las de los Leones Indomables. Al final, pacto salomónico: Eto’o se perdería las últimas jornadas de Liga en las que el Mallorca luchaba por posiciones europeas y también la semifinal de la Copa Confederaciones, pero estaría presente en ambas finales. “Ese es el compromiso al que llegamos con la federación camerunesa y que esperamos que se cumpla como hasta el día de hoy. Eto’o, que ya ha jugado en el torneo francés, actuará con nosotros mañana y ese mismo día, por la noche, o al siguiente, por la mañana, viajará a París”, explicaron desde Mallorca.

Si la polémica por la presencia de Samuel Eto’o ya era el asunto principal antes de enfrentarse al Recreativo de Huelva, el camerunés siguió siendo el centro de las miradas en Palma después de que dos días antes de la final de la Copa del Rey -uno más para la de la Confederaciones-, en un Camerún-Colombia, su amigo y compañero Marc-Vivien Foé perdió la vida sobre el césped. En esa tesitura debía afrontar el delantero africano dos de los encuentros más trascendentes de su carrera deportiva hasta esa fecha. Y como solo un futbolista del carácter de Samuel Eto’o sabe hacerlo, se erigió como el héroe bermellón para regalarle la Copa del Rey a su club con una actuación estelar. El primer gol, anotado por su socio Walter Pandiani desde los once metros, fue provocado por el futuro jugador del Barcelona. Los dos siguientes, los que sentenciaban el partido y acercaban la copa a las Baleares fueron obra del mismo Samuel Eto’o. El primero, marca de la casa: desmarque de ruptura, correr, llegar al área y definición ajustada. El otro, también muy de su estilo. Ir amagando en la frontal, haciéndose un hueco entre defensas, para reventar la red después. Y al día siguiente, después de brindarle un homenaje a Foé, voló a París para redondearlo con otra copa y estar con los suyos, pero en esa ocasión fue Francia la vencedora.

Así se hacía el Mallorca con la primera Copa del Rey de su historia. Y ahora, cuando se cumplirán 15 años de aquella gesta, y tras un derbi extraño en Palma, ya no hay ni rastro de todo aquello. El club se ha ido deshinchando como un globo desanudado. Los buenos futbolistas empiezan a durar entre poco o nada en sus filas -como Marco Asensio, sin ir más lejos-, llegar a fases avanzadas de la Copa se ha convertido en una utopía y hablar sobre Europa es impensable. En Mallorca siempre quedará el recuerdo imborrable de aquel equipo plagado de buenos futbolistas que, sin ser estrellas ni haber tenido una carrera descomunal, a excepción de Eto’o, fueron capaces de tumbar a algunos de los mejores clubes del país para entrar en la historia de la Copa del Rey.