Tenemos que retroceder más de una década, hasta la breve dinastía de los invencibles (2003-2004), para recordar el último pico de intensidad en el frente Arsenal-Manchester United. Lo sucedido el 21 de septiembre de 2003 se conoció como la “Batalla de Old Trafford”, un 0-0 memorable, recordado principalmente por las peleas de Van Nistelrooy con toda –toda, toda- la alineación ‘gunner’, por la expulsión de un Vieira aceleradísimo y por el penalti que falló el delantero holandés en el tiempo añadido. En aquel momento era imposible predecirlo, pero ese disparo que escupió el travesaño fue la semilla de la que brotaría un título de liga impecable, perfecto y –hasta la fecha- irrepetible. Aquella “batalla” supuso espectáculo épico y vulgar que sonrojó al modosito establishment del fútbol inglés pero que, entre zurra y zurra, nos enganchó a un relato casi inédito: el de una rivalidad perenne, aunque en modo de baja intensidad, que solo se deja ver con fuerza cuando se produce un choque de ambiciones.

La historia del Arsenal y el Manchester United es la de un éxito basado en un crecimiento. Un proceso que, por otra parte, nunca ha sido paralelo: los triunfos de uno han solido ir acompañados de los apuros del otro. Cuando la victoria empezó a florecer en el norte de Londres, antes de la Segunda Guerra Mundial, los ‘red devils’ aún no habían dado el paso al frente. Cuando lo hicieron, ya en los 50, los del cañón no estaban para plantarles cara. En los 70, volvió a salir el sol en Highbury, justo cuando en el United caían en desgracia –eso sí, ya con una Copa de Europa en los estantes del ‘Teatro de los Sueños’. Un ir y venir que se terminó cuando Ferguson asumió el papel de comandante rojo. El Liverpool se cayó de “su jodido pedestal” (palabra de Sir Alex) y United y Arsenal empezaron a codiciar los mismos objetivos. La pelea estaba servida.

Las hostilidades se iniciaron con una batalla campal en su primer cara a cara liguero de la 1990-91. Fue el preludio de una tensión que acabaría saltando por los aires unos cuantos años después. Cuando Wenger tomó las riendas en Londres, el asunto se puso serio. Se desató la guerra, y lo hizo en estéreo: se hablaba en el campo y luego se contragolpeaba en las salas de prensa; se peleaba en el césped y se seguía jugando en los túneles.  Era codicia: solo en las pocas ocasiones en las que han coincidido en la pugna por un mismo objetivo, se han enfrentado con el cuchillo entre los dientes. Lo que ocurre entre Arsenal y United no es nada personal, pero si para ganar hay que despellejar al contrario, se hace y punto. Lo llevan en su ADN. Son dos depredadores que luchan a muerte cuando solo hay una presa que comer.

Un año después de que Van Nistelrooy se llevara coces, collejas e insultos en varios idiomas –ah, la globalización wengeriana- hubo revancha. El 24 de octubre de 2004, el Manchester United ponía fin a la mareante racha de los (in)vencibles -49 partidos sin perder en liga. Aquel encuentro, que acabó con 2-0 para los ‘diablos rojos’, fue bautizado como la “Batalla del Bufet” –o Pizzagate, según los medios más creativos. Van Nistelrooy consumó su venganza con un gol desde los once metros y una entrada criminal a Ashley Cole, y la electricidad que chispeaba en el campo se transportó camino de los vestuarios. En ese momento, alguien tiró una porción de pizza a Sir Alex Ferguson. El principal sospechoso de haber protagonizado aquel certero lanzamiento fue Cesc Fàbregas, pero esa ya es otra historia que los tabloides se encargaron de difundir.

CON LA CRISIS, LLEGÓ LA PAZ

Cuando las pizzas empiezan a volar es que la cosa se ha ido de madre. Solo un cambio en los equilibrios de poder del fútbol inglés permitió frenar la escalada de tensión. Tras tocar el cielo en la final de la Liga de Campeones de 2006, el Arsenal se fue desinflando, dejó de ser el rival para el Manchester United y se convirtió en un rival. En resumidas cuentas: cuando ya no tuvo sentido pelearse, simplemente dejaron de hacerlo. La ausencia de ‘Fergie’ –que nunca rehuía el combate en el barro con Wenger- también explica esta tregua en la que hoy se han instalado ambos conjuntos. Una paz momentánea donde antes había patadas a destiempo, careos amenazadores y comida rápida disparada de aquí para allá.

El paisaje ha cambiado, el suflé ha bajado. “Yo no soy como Wenger y Ferguson”, dice Louis Van Gaal. Wenger, por su parte, ya tiene suficiente esquivando los puñales que le lanza Mourinho. Y Arsenal y Manchester United se vuelven a ignorar en el ir y venir de la vida, como sucedía en los tiempos de blanco y negro. Pero ahora que el vacío de poder se adivina en el horizonte inglés, puede que muy pronto se vuelvan a encontrar uno al lado del otro. Empezarán dándose codazos. Luego una cosa llevara a la otra. Y estarán preparados para ir a la guerra. Pero dejen la pizza tranquila, por favor.

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Carlos Martín Rio

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