Pasaportes

El tipo que la pisaba bien

Pudiendo soñar con ser Messi, Cristiano, Totti o Iniesta, yo hubo un momento que a la vida ya solo le pedía ser Mesut Özil. Un control con el exterior, un pase de rabona, una pisadita en la frontal, y a dormir. Para qué más. Soñar es una cosa, pero soñar bien es otra muy distinta, para la que nadie te presta sus apuntes y a la que solo te entregas con el tiempo, cuando entiendes que desearlo todo no es más que otra forma de suicidio y que el secreto está en ir a por las migajas, menos pomposas pero algo más asequibles. El fútbol del alemán se componía de destellos, gestos minúsculos que aun así brillaban como luciérnagas en mitad de la noche. Özil era al juego lo que unos trozos de trufa a un plato de espaguetis: bastaba un poquito para sentirse en el paraíso. Verlo en directo era acordarse de Nabokov dando clases de Literatura en Cornell, cuando, rojo como un tomate, gritaba a sus alumnos: “¡Los detalles! ¡Acariciad los detalles!”. Liquidaba los partidos como si fueran chupitos. Qué necesidad hay de deslomarse durante 90 minutos si en cinco segundos puedes resolverlos, cambiándote la pelota de pie para desplomar a un rival y dejando solo al delantero con un balón al espacio. Ocurre que a veces la bola daba en el palo, la desviaba el portero o se iba a la grada, y luego llegaba un gol del contrario, para el que el genio ya no tenía respuesta, como esas abejas que pican una sola vez y se mueren. La etiqueta de ‘intermitente’ lo condenó, pero todavía está por saber si a él aquello le importó lo más mínimo, siempre con la mirada perdida y el trote apagado, un bohemio con cincuenta millones en el banco. No se le recordará como uno de los grandes, porque tenía un frigorífico en el pecho, pero levantó la Copa del Mundo y arrastró más groupies que John Lennon. Su fútbol tuvo la belleza de lo que no puede repetirse. Obligaba a los fans a estudiar a Schopenhauer para comprender lo que hacía en el césped. Y luego a perdonarlo, cuando de repente era como si alguien le hubiese desenchufado de la corriente y desaparecía del campo. En la carta con la que anunció su retirada, hay una frase que se eleva sobre las demás: “Ahora espero con ansias todo lo que está frente a mí”. ¿Con ansias? No cuela, Mesut. Pero siempre te quisimos por cómo eras.

 


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Fotografía de Getty Images.

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Marcel Beltran

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