Si algo temo en la vida, son las tandas de penaltis. Los galos de Astérix tenían miedo a que el cielo se les cayera sobre la cabeza. A mí eso me parece una tontería comparado con esa forma lenta y dolorosa que tiene el fútbol de matarte. No hay nada que me genere más angustia que esos segundos en los que todo se decide desde los once metros. Ni siquiera cuando era un crío, en aquellas tardes en las que jugábamos en la calle hasta que anochecía, recuerdo haber sentido algo parecido.
Por eso, cuando entraba al estadio y recogía la acreditación, lo pensaba en serio:
—Si hay penaltis, me marcho.
Para un tipo cobarde como yo, una prórroga ya sería darle demasiado trabajo al corazón.
El Rayo Vallecano se enfrentaba al Samsunspor y, para qué negarlo, la cosa pintaba demasiado bien. Ya habíamos estado mirando vuelos y hoteles en Atenas, como si el fútbol fuese un lugar en el que las cosas siempre salen según lo previsto.
Era el Día del Padre y antes de entrar al estadio pasé junto al mural cercano al campo. Un padre con su hija a hombros. La niña levanta una bufanda del Rayo y mira hacia delante.
No se les ve la cara, pero no hace falta.
Hay algo en esa escena que siempre me detiene unos segundos. Quizá porque ahí está explicado todo sin necesidad de palabras.
Unos meses antes de que ese mural apareciera, Irya y yo nos hicimos una foto muy parecida en Elche, justo antes de perder 4-0. Por eso, cada vez que paso por allí, no veo un mural. La veo a ella. Porque siempre me dice:
—Mira, nuestra foto.
Y entonces pienso en cuántos aficionados más se detendrán ahí y sentirán algo parecido.
Supongo que hacerse de un equipo es eso.
Todo parecía bajo control. El Rayo tenía la eliminatoria donde quería. No pasaba nada, y precisamente por eso parecía que en cualquier momento podía pasar de todo
No ocurre en un momento concreto ni se decide en frío. Se hereda sin darse cuenta, como se heredan las calles, los bares o la forma de vivir el fútbol. Yo también estuve ahí alguna vez, mirando el campo desde más abajo, intentando entender por qué aquello importaba tanto.
Mi hija no pudo venir al partido contra el Samsunspor. Cosas de los horarios. Sin embargo, conozco sus primeras palabras al despertar incluso antes de que las pronuncie:
—¿Cómo hemos quedado?
Luego entras, te sientas, y el partido empieza a avanzar sin hacer demasiado ruido. Porque cuando el resultado está a favor, el tiempo no pasa: se arrastra. Se estira como un chicle imposible de romper. Miras el reloj, vuelves a mirarlo un minuto después y apenas ha cambiado.
Es como meterte en el tubo de una resonancia magnética. No te puedes mover. No puedes hacer nada para acelerar el proceso. Solo esperar. Y aguantar ese ruido seco, repetitivo, que te taladra los oídos mientras cuentas los segundos sin saber muy bien cuánto falta para salir. Son esos momentos en los que la claustrofobia te empuja a apretar el botón del pánico.
Todo parecía bajo control. El Rayo tenía la eliminatoria donde quería. No pasaba nada, y precisamente por eso parecía que en cualquier momento podía pasar de todo.
Hasta que el Samsunspor marcó a falta de 25 minutos.
Y entonces ya no hubo calma.
El estadio no cambió, el partido tampoco, pero algo se movió por dentro. Una especie de inquietud que se te instala en el pecho y no te deja pensar con claridad. El videomarcador empezó a fallar, como si también dudara. Empecé a mirar el reloj más de la cuenta. A hacer cálculos absurdos. A imaginar jugadas que todavía no habían pasado.
En medio de todo eso, me puse en lo peor.
En cómo explicarle a Irya que nos habían eliminado, que no habría más noches europeas y que aquel viaje que ya habíamos empezado a imaginar no iba a existir. Que quizá tendría que esperar otros 25 años para volver a ver algo así y tal vez lo hiciera junto a su hijo.
Pensé en su cara por la mañana. En esa pregunta que ya sabía que iba a llegar antes incluso de que abriera del todo los ojos.
—¿Cómo hemos quedado?
Y por primera vez en toda la noche, no tuve clara la respuesta.
De repente, lo que parecía un partido tranquilo empezó a parecerse demasiado a una tanda de penaltis. Pero el miedo casi siempre vive más en la cabeza que sobre el césped. El encuentro siguió su curso sin sobresaltos. El Rayo no pasó apuros de verdad y, pese a la derrota, la eliminatoria nunca llegó a estar en peligro.
Cuando el árbitro señaló el final, el estadio estalló. Toda la tensión acumulada durante esos minutos salió de golpe, en forma de gritos, aplausos y bufandas al aire. El Rayo estaba en cuartos
Cuando el árbitro señaló el final, el estadio estalló. Toda la tensión acumulada durante esos minutos salió de golpe, en forma de gritos, aplausos y bufandas al aire.
El Rayo estaba en cuartos de final de la Conference League.
Los jugadores se acercaron a la grada, recorrieron el campo y, antes de mantear a Trejo, celebraron el pase también con los vecinos de los bloques que hacen de fondo. Allí, donde el estadio se mezcla con el barrio y el fútbol deja de ser solo fútbol para convertirse en algo más difícil de explicar.
Desde arriba, entre la gente, estaba Jesús Diego Cota, capitán de aquel Rayo que hace ya un cuarto de siglo se plantó también en unos cuartos de final europeos.
Supongo que él sabrá mejor que nadie lo que significa llegar hasta aquí. Lo difícil que es. Lo improbable que parece siempre.
Yo solo pensaba en una cosa. En que a la mañana siguiente iba a tener una respuesta clara.
—Hemos pasado, Irya.
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