Pasaportes

El peor mejor jugador del mundo

En su deslumbrante novela La mala costumbre, Alana S. Portero escribe una línea que en realidad es un consejo para no perderse: “si quieres ir a algún sitio interesante en esta vida, sigue a la rara del barrio”. Desde hace años, yo rastreo los pasos que da Ousmane Dembélé en el césped tocado por una fascinación similar, como quien asiste al desprendimiento de un glaciar en la Antártida o contempla la galopada de un unicornio. Nada tiene mucho sentido en esas escenas, pero es precisamente eso lo que las vuelve inquietantes, cautivadoras. Hace tres temporadas, el francés deambulaba por Barcelona como un crío paralizado por traumas inconfesables, incapaz de recitar la tabla del uno. Hoy, es la bandera de un PSG que está a punto de convertirse en campeón de Europa gracias a sus violentas descargas de talento, esos desbordes y golpeos supersónicos que parecen sacados de una batalla en el espacio. Aunque tampoco hay que abrir tanto el plano para reconocer las dos almas que habitan el cuerpo del muchacho: en un solo partido, puede cometer un error que te ruborice o inventarse un gol que te haga caer de la silla. Su misteriosa figura es un viaje a toda hostia entre el infierno y el paraíso, la belleza y la calamidad, el ridículo y el prodigio. Dembélé es tal vez el único futbolista de la historia que, en una misma carrera, ha podido ser considerado varias veces el peor y el mejor jugador del mundo. Eso desconcierta. Y engancha. Sus desmanes sintetizan a la perfección la naturaleza indomable del fútbol, un juego que solo sabe avanzar de un modo: con volantazos inesperados. Equipos que en invierno están muertos y que en mayo no hay cómo pararlos, torneos en los que el favorito descarrila a las primeras de cambio, relatos que se tuercen y se contradicen cada semana. Al fútbol no hay por dónde cogerlo, y en ese absurdo desbocado, el ‘mosquito’ se lo pasa pipa, un niño pequeño llenando una hoja de garabatos de colores. Nadie está preparado para que desperdicie la acción más clara del encuentro al tropezarse con su propio pie. Nadie lo está, tampoco, para verlo con un Balón de Oro en las manos. Quién sabe. Dembélé es todo aquello que nunca ha entrado en tus planes.

 


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Fotografía de Getty Images.

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Marcel Beltran

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