Recuerdo un viaje de amigos a Euskadi en verano. Hace años ya. Justo cuando el Eibar pasaba de curso raspado, de puntillas, aprobado con un asterisco por el descenso administrativo del Elche. Volvíamos de Bilbao a Donosti. A medio camino, Eibar. Ipurua como excusa para desviarnos de la carretera y hacer un bocadillo en algún bar de por ahí. Observar el estadio más pequeño de la Liga no se hace todos los días. Y servía con verlo desde fuera. Pero al llegar, al acercarnos al templo armero, una puerta entreabierta nos invitó a dar un paso más. Estábamos tocando el césped casi sin querer. No entendíamos nada. ¿Cómo puede ser que un estadio de Primera División sea tan accesible? ¿Cómo el Eibar puede estar aquí, codeándose con los mejores equipos del país, si ni vigilan quién entra y sale en su casa? No pasaría en ningún otro lugar. El Camp Nou para ti solito, ni de broma.

Es algo que a día de hoy sigo preguntándome. Cómo puede ser que un estadio tan normal, en una ciudad tan normal, con gente tan normal, pueda haber estado, siga estando, tanto tiempo ahí arriba. Quizá sea eso lo que les hace tan especiales, ¿no? Ser normales en un mundo, el del fútbol, tan poco normal. Tan apartado del mundo real. En su burbuja. Con ceros, ceros y ceros en cuentas corrientes. Pintas de divos. Ticks azules. Personas hechas marcas. Y entre todo ello, Eibar.

Lo normal no es que una ciudad que no llega ni a los 30.000 habitantes sea una de las veinte mejores del país en esto de darle patadas al balón. Tampoco lo es que su estadio, que no llega ni a los 10.000, sea una olla a presión -en tiempos de estadios llenos- cuando los hay algunos de casi 100.000 que parecen lucir un cartel en el que ponga algo así como ‘silencio, se rueda’. Ni es normal que el Eibar haya vivido instalado en Primera durante siete años estando siempre entre los últimos de la cola a nivel presupuestario, a nivel de futbolistas, de estatus, de capacidades. De todo.

Una vez, Damon Albarn, el cantante de Blur y Gorillaz, dijo que “en los 60 la gente tomaba ácido para hacer el mundo raro. Ahora que el mundo es raro, la gente toma Prozac para hacerlo normal”. El Eibar, mientras el resto del mundo busca saber cómo es la otra cara de la moneda, no necesita resolverlo. Ni ácidos ni Prozac. Simplemente, un equipo normal que no hace cosas normales. Y no quiere darle más vueltas al calcetín.

 

Quizás lo normal sea que un equipo tan normal, o que solo aparenta ser normal, con un entrenador tan normal, o que también solo aparenta ser normal, vuelva a sorprendernos haciendo cosas poco normales una vez más

 

Porque los 43 puntos de la 15-16 no fueron normales. Aún menos los 54 de la 16-17 ni los 51 de la 17-18. Tampoco los 47 de la 18-19. Ni los 42 de la 19-20. El Eibar arrancó cada año como candidato al descenso a Segunda División. Era lo normal para un equipo tan normal. Pero nunca lo tumbaron. De hecho, con José Luis Mendilibar a los mandos nunca llegó al examen final, a los últimos 90 minutos de juego, jugándose alguna asignatura. Los deberes, siempre a tiempo.

Sería normal, nos decíamos hace apenas un mes, si llega, que al Eibar, de una vez por todas, le suene ya el despertador y se levante del sueño. Que se le olvidara responder alguna pregunta del examen. Hundido en lo hondo de la clasificación, parecía improbable que José Luis Mendilibar los sacara de esta. Tanto como que ganaran dos partidos seguidos; hasta que ganaron primero al Alavés y luego al Getafe. Como que Kike García metiera el primer hat-trick de su carrera cuando su equipo lleva una media inferior al gol por partido en esta liga; hasta que en 58 minutos le dio un halo más de esperanza a ‘su’ Eibar metiéndole tres al vecino Alavés.

Quedan solo tres jornadas. Nueve puntos en juego. 270 minutos por delante. Y el Eibar solo se encuentra a dos puntos de la salvación. Lo normal sería que no se salvaran, piensa el mundo. O quizás lo normal sea que un equipo tan normal, o que solo aparenta ser normal, con un entrenador tan normal, o que también solo aparenta ser normal, vuelva a sorprendernos haciendo cosas poco normales una vez más. Puede, en definitiva, que esto a lo que nos ha acostumbrado el Eibar haya sido de todo, absolutamente todo, menos normal.

 


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Fotografía de Imago.