Savio Nsereko era un extremo rápido, muy rápido. Su carrera fue aún más veloz. Debutó en el profesionalismo siendo un adolescente, fue campeón de Europa juvenil con Alemania y antes de cumplir 20 años se convirtió en ’10’ del West Ham.
“Londres fue el punto de no retorno. Coches, ropa, mujeres… No me privé de nada”. El West Ham se dio cuenta rápido y lo traspasó a la Fiorentina, club con el que jamás llegaría a debutar: encadenó seis cesiones en cuatro años. Todos se cansaban de él.
En el Múnich 1860 no sentó bien la falsa muerte de su hermano para tomarse unos días libres. Cuando dejó de presentarse a los entrenamientos del Unterhaching, la rescisión de su contrato ocupó un breve en los periódicos. Poco después, su nombre se elevó a los grandes titulares al ser detenido en Tailandia por fingir su propio secuestro y solicitar un rescate a la familia.
El fútbol supo leer todas esas señales y le bajó el pulgar con sólo 23 años. Pruebas fallidas en países remotos, contratos fugaces en Kazajistán o Lituania… 16 camisetas diferentes para, finalmente, volver a casa.
Hoy Savio juega en un club de barrio alemán y, por las tardes, entrena al equipo infantil de la entidad. Seguro que algo, más allá del fútbol, les puede enseñar a los muchachos.
*Este artículo está extraído del interior del #Panenka132
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