Hay algo todavía más complicado que llegar a ser futbolista de élite; llegar a ser futbolista de élite sin parecerlo. Admitámoslo de una vez: es una hazaña tremenda. Y no la valoramos suficiente. En estos tiempos que corren, en los que la forma se sobrepone con dureza al contenido, uno puede llegar a pensar que para cualquier jugador con talento alcanzar el estrellato es una labor relativamente asequible. Basta que comprenda que sus cualidades naturales debe recubrirlas con algunos complementos extra: un cuerpo 10, una expresión saludable, unas botas amarillas, un flequillo trabajado e impoluto que resista el viento. Pero, ¿y los que, por lo que sea, no poseen esos añadidos? ¿Cómo han conseguido entonces auparse a la cima?

Cuando Gonzalo Higuaín empezó a labrarse un nombre en Argentina, en las filas de River, parecía un chico hecho para la nueva época. Ariete resuelto, más bien delgadito, de piernas estilizadas, y con unos ojos y una melena resplandecientes que irradiaban todos los provechos de una sana adolescencia. La promesa perfecta. Pero algo pasó. Porque cuando ese chico explotó y confirmó su condición de crack internacional, primero en Madrid, y luego en la Serie A, ya no quedaba ni rastro de esos rasgos originales, ligeros como una noche de verano. Se habían esfumado. Higuaín era otro, o, mejor dicho, Higuaín se había decidido a ser otro, dando a entender que para él la única forma de convertirse en uno de los mejores delanteros del mundo pasaba por despojarse precisamente del aspecto que tienen los mejores delanteros del mundo. Mientras conduzcan al éxito, todos los caminos son válidos. Incluso aquellos menos convencionales.

 

El Higuaín que cuesta 90 millones de euros circula por el césped con el gesto turbado, tiene poco pelo y sus movimientos insinúan limitaciones. Pero hay un matiz que frustra la estampa: es buenísimo. Mejor que antes

 

El Higuaín de hoy, el Higuaín que cuesta 90 millones de euros, circula por el césped con el gesto turbado, tiene poco pelo y en ocasiones sus movimientos insinúan las limitaciones de un cuerpo que ya no admite tan amablemente los chispazos de antaño. Pero hay un matiz que frustra la estampa: es buenísimo. Mejor que antes. Volvió a demostrarlo hace unos días en el Estadio Luis II de Mónaco, durante la ida de las semifinales de la Champions. En los primeros compases del choque, su imagen de aparente decadencia inundó el campo: no tardaron en leerse en Twitter bromas acerca de su pose de deportista pre-jubilado, con los reflejos oxidados. Impactaba el contraste que se establecía entre él y uno de sus rivales, el joven Mbappé, un futbolista que aún reluce como lo hacen los coches cuando salen por primera vez del concesionario. Pero a medida que pasaron los minutos, y el cielo se volvió oscuro, el disfraz del argentino fue destejiéndose, prenda por prenda, hasta que llegó un momento que su calidad ya comparecía desnuda en medio de la noche monegasca. La rápida metamorfosis se plasmó con dos goles suyos que encarrilaron el pase de los italianos a Cardiff.

Menotti dijo que el fútbol, esencialmente, son tres cosas: “tiempo, espacio y engaño”. Y el Pipa se recrea como pocos en la tercera.

La identidad, conviene apuntarlo, es una materia que suele jugarle malas pasadas a la conciencia humana. La literatura de Paul Auster es un ejemplo de ello. Sus novelas están plagadas de narradores y de personajes cuya identificación se nos presenta diluida, abierta a confusiones. A veces, ni siquiera tienen nombre. Son pequeños trucos que aplica el autor con tal de desplegar un caos que, a la postre, encamine al relato hacia el orden impecable. Al final, un buen libro, o un buen partido, no sirven más que a un propósito: demostrar con sutileza que nada es lo que parece.

Y no, Higuaín no es lo que parece. Quizá porque no existe uno solo; hay muchos. El rematador infalible, la sombra de las grandes citas, el preferido de Mourinho, el suplente de Benzema, el gladiador que salta la valla publicitaria para fundirse con el aliento de la hinchada, el pesetero odiado por los napolitanos. El delantero que rompe a correr con supuesta torpeza cuando el lateral le envía un balón al área. “No va a llegar”, mascullas. “Es imposible”. Pero al final llega. Y encima marca.

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Marcel Beltran

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