El arte de jugar con fuego

Hay una ley no escrita -un tópico, para qué engañarnos- que condena la figura del entrenador cada vez que se producen partidos como el de este martes en Mánchester. Las orgías de goles acostumbran a ir ligadas a un juego desordenado, inestable, y ya se sabe que estos partidos “no gustan a los técnicos”.

Ocurre, no obstante, que el Manchester City-Mónaco correspondiente a la ida de los octavos de final de la Liga de Campeones pareció subrayar todo lo contrario. Qué duda cabe que ni Guardiola ni Jardim, sobre todo este último, habrían firmado el insólito 5-3 antes del choque; pero ni el uno ni el otro dieron muestras de estar ejecutando un plan distinto al imaginado. Más bien lo contrario.

 

Fue un partido de impacto, una ida de los octavos de final exagerada que mandó a los gurús del orden a dormir entre lágrimas

 

Lo exhibido por sus equipos en los 90 minutos más excitantes de lo que llevamos de Champions mantuvo esa coherencia del pirómano. Ya se sabe que el fuego es imprevisible, y en ocasiones devastador, pero en el acto de provocar un incendio radica una voluntariedad estratégica (causar daño) y, a veces, enfermiza (obtener placer). A Pep y a Leonardo no les importó compartir la misma mecha, aun a sabiendas que las llamas no siempre queman en una misma dirección y que el viento, por naturaleza, es traicionero.

Terminó el partido 5-3 como pudo hacerlo con el resultado inverso. Remontó dos veces el Mónaco y dos veces logró el cuadro local ponerse por delante en el marcador. Hubo errores de bulto en ambas áreas, pero también golazos de bandera, por no hablar de que hasta cuatro jugadores tuvieron tiempo de redimirse de sus propios fallos (Falcao, Caballero, Agüero o Stones). Pero lo que trascenderá es la personalidad de ambos conjuntos, una convicción plasmada en el mismo amor por el fútbol de ataque. Pep, apostando por una defensa de tres con Fernandinho haciendo de lateral y centrocampista, nutriendo la zona ofensiva con hombres como Silva, De Bruyne, Sané, Sterling y Agüero. Todos juntos, sí, a la vez. Jardim, por su parte, cargando de creatividad y velocidad el ataque monegasco, haciendo salivar a Guardiola con dos laterales que ya querría para su City y regalándole -regalándonos- un obsequio de cortesía en forma de Kylian Mbappé (18 años, primera titularidad en la Liga de Campeones, un gol).

Fue un partido de impacto, una ida de los octavos de final exagerada que mandó a los gurús del orden –“lo importante es no encajar”, “estos partidos duran 180 minutos”– a dormir entre lágrimas. Una maravilla para el espectador neutral y una patada a ese cartel luminoso que le colgamos a los técnicos cuando los partidos no se gobiernan con la razón de un matemático.

Ninguno de los dos preparadores pareció acabar ayer disgustado por cómo interpretaron sus jugadores la propuesta futbolística que se les había encomendado. Y más allá de los fallos individuales, puede que ni Guardiola ni Jardim hubieran modificado nada incluso de haber contado con una bola mágica que les hubiera chivado el destino del encuentro.

No se sorprendan si, en el Estadio Luis II, tanto Mónaco como Manchester City vuelven a prender fuego al terreno de juego. Ya han demostrado no asustarse con facilidad. Tienen las ideas claras y poseen a dos técnicos muy valientes. Lo suficientemente valientes como para acordarse más de Johan Cruyff, que prefería “ganar 5-4 a hacerlo 1-0”, que de que las eliminatorias son a ida y vuelta. Y nosotros que lo celebramos.

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Roger Xuriach

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