Dos días después que Alexis Sánchez tirara el penalti que sacó a su selección campeona de América, recibí el correo de un amigo con el que había perdido contacto en los últimos años. Este amigo, por lo general desencantado y de pocas palabras, estaba emocionado. El correo tenía cinco párrafos perfectamente alegres sobre el futuro promisorio, pero cerraba con una frase de respeto por la inmensa crueldad de la que es capaz el mundo: “seamos sinceros -decía-, si perdíamos esta vez, si entraba esa de Higuaín en el minuto 94, ya no nos levantábamos nunca más”.

Yo en ese entonces vivía en Baltimore, y había visto el partido como en trance; solos con mi compañera, aferrados a que no se cayera nuestro streaming, habíamos acordado que cualquier vaga señal de optimismo atraería la mala suerte y por lo tanto nos pasamos todo el duelo (penaltis incluidos) diciendo que a cada jugador rojo se le iba a ir, que no había por dónde, que para qué. Después del penal de Alexis bajamos caminando por horas, un poco atontados de felicidad, hasta la bahía misma, donde alguna vez Jimmy McNulty y Kima Greggs comieron cangrejos para pensar en cómo capturar a los Barksdale, y en el cielo, cuando llegamos, empezaron a estallar fuegos artificiales rojos, blancos y azules, como cualquier otro 4 de julio.

Era un sueño. Pero a la semana, apenas siete días después, empezaron los correos de vocación melancólica. Otro amigo lamentó que toda esta alegría ya fuera, en su opinión, “parte del pasado” e incluso muestra irrefutable, dijo, de la incompletitud del deseo. Al final, derrotado, escribía: “Me imagino que si uno pusiera como sueño de su vida estar con Britney Spears, y lo lograra, al despedirse y empezar el camino de vuelta a casa se sentiría decepcionado”.

 

Cuando Chile ya recibía la última Copa América se hizo popular esa foto de dos niños consolando a Messi. Era un pequeño momento de cariño irreal con el mejor jugador del mundo. Los niños resultaron ser primos de Charles Aránguiz

 

Hubo un tiempo en que el fútbol fue un placer incluso más barato y vulgar que hoy, en donde dedicarle tiempo y ganas a ir al estadio era aún más incomprensible para nuestros intelectuales, siempre dispuestos a recordarnos que perdemos el tiempo. Por mucho tiempo, todo el tiempo que soy capaz de recordar, jugadores, hinchas y sociedad fracasábamos juntos, invariablemente, aunque nadie quisiera aceptarlo. En 2001, un Chile ya eliminado del Mundial fue incapaz de ganarle a Ecuador como local, con tribunas semivacías y el técnico Jorge Garcés mandando a la cancha a Patricio Almendra y Axel Ahumada como salvadores. Y ahora, no demasiado después, el fracaso es para esos mismos hinchas una palabra del pasado, un arcaísmo, como si alguien en la carretera preguntara por el cencio o el dorondón.

Ahora la selección flota sospechosamente mientras todo lo demás indigna. No ha cambiado nada más en Chile que un puñado de futbolistas muy buenos. Quedará el hermoso privilegio de haber visto jugar a Gary Medel. Probablemente Arturo Vidal se convierta en el mejor futbolista chileno de toda la historia y habrá que agradecer en el futuro a Jean Beausejour, capaz de detenerse ese día en el valor simbólico de ganar en un lugar como el Estadio Nacional. Pero yo soy de Charles Aránguiz. Por esa elegancia inagotable con la que se mueve por la cancha, porque juega arriba y define pero también defiende y suda. Por romperse y volver como figura, como si no pasara nada, en la liga de los campeones del mundo. De la final me queda una imagen suya pinchándole la pelota a Messi con elegancia y entregándola sin aspavientos, una reseña de su grandeza desde el silencio, sin comerciales de productos chinos ni frases de autoayuda.

Hay veces que la vida dobla así y de pronto te alegran los pequeñitos triunfos simbólicos, como que a tu futbolista favorito le digan Charles y no Charls, así como James no es Yeims, para desconcierto del purista ocasional. Al fondo de todo estará su madre, que en cualquier sociedad decente sería una heroína nacional: madre de cinco hijos a la vez que feriante, bordadora, entrenadora y directora de fútbol en Puente Alto, en los barrios pobres del sur de Santiago. Probablemente Charles sabe que él, más que el Príncipe y mejor jugador de la Copa América, es primero el hijo de Mariana Sandoval: una responsabilidad y un privilegio.

Cuando Chile ya recibía la Copa se hizo popular esa foto de dos niños consolando a Messi, abatido después de la derrota. Era un pequeño momento de cariño irreal con el mejor jugador del mundo, en una época en que incluso un futbolista de poco talento puede convertirse en millonario y los mejores se recluyen en mansiones o islas propias. Los niños resultaron ser primos de Charles Aránguiz: Maximiliano, de nueve años, y Martín, de seis. En la locura de ese día, solo quedaron las fotos de los niños tocando la cabeza del astro rosarino; un par de días después, la televisión los buscó para subirlos a su ola desagradable de oportunismo. Hay en internet una entrevista a los hermanos en su casa, con el periodista haciendo sus preguntas torpes y Maximiliano soltando unas pocas palabras.

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Dice el niño: “Me dio pena ver a Messi sentado, con cara de como si fuera un fracaso. Entonces llego, le toco la cabeza y le digo: ‘Tranquilo, ya has ganado muchas copas, como cinco copas con el Barcelona, tenís que estar feliz de llegar a la final porque para Chile esta es la primera copa que gana’. Y le dije que era extraordinario”.

El periodista trata de exprimirlo un poco más, intentando hacerle creer que son amigos, pero esa será toda la entrevista con Maximiliano. Martín, el más chico, se niega a hablar con el reportero y mientras juega a la pelota en su patio le da la espalda a todo ese mundo feo: la televisión, el oportunismo, la vulgaridad.

En un rincón de la casa hay una foto del primo admirado del presente, el Charles; con un micrófono en mano y ansioso por conseguir algo está ese periodista vulgar, como si representara a Chile; y de fondo corre Martín con la pelota, queriendo ser el futuro.