Hay muchas maneras de afrontar el fracaso. Puedes elegir. Los hay que deciden fabricarse una propia. Un amigo camarero me contó una vez que en su bar tuvo un cliente que repetía todas las tardes la misma maniobra: empujaba la puerta del local, se amarraba a la barra, pedía una Coca-Cola y luego se quedaba ahí, quieto, paralizado, con su mirada abandonada en cualquier palmo del suelo. Así aguantaba durante al menos veinte minutos, que acababan cuando el tipo, reencontrándose con la realidad, se acercaba a la caja para pagar un refresco del que apenas había probado un sorbo y se disponía a marcharse, con la tristeza cogiéndole de la mano.
Hay muchas maneras de afrontar el fracaso, algunas de ellas requieren de una gran carga de imaginación, pero tal vez ninguna es tan intrigante como la que practica desde hace años José Mourinho, que consiste en negarlo, una y otra vez, sistemáticamente, hasta que llega un punto en el que desde fuera ya no se sabe si este realmente ha existido o ha sido una falsa alarma. ¿Ha fracasado alguna vez, ‘Mou’, desde que hizo campeón de Europa al Oporto? A veces me lo pregunto, desconfiado, pensando que cabe la posibilidad de que, mientras el resto nos dedicábamos a narrar con todo tipo de detalles sus derrumbes, él siguiese durante todos estos años ahí arriba, al margen de lo reconocido, suspendido en la cumbre.
Mourinho va contra la versión oficial de los hechos, y su obstinación concede tan pocas dudas que termina por ponerlo todo del revés, siendo imposible detectar el principio y el final del enredo. “No quiero hacer un drama”, dijo el martes pasado después de caer ante el Sevilla en los octavos de final de la Champions, argumentando que el Manchester United ya había sido eliminado en otras ocasiones del torneo, incluso por equipos que entrenaba él mismo. Sus palabras sonaron tan contundentes, tan faltas de dobleces, que más de uno pudo advertir desde su casa como los 240 millones que había gastado este curso el club ‘red devil’ en fichajes se convertían en eso, en números, recuentos, listados. Papeles esparcidos por la mesa. Sergi Pàmies, que suele respetar a sus enemigos casi tanto como a sus afines, lo cuenta mucho mejor: “Si Bielsa o Menotti pasarán a la historia de la aspersión retórica de alta calidad, Mourinho es un prodigio de concisión en la maldad, la mezquindad y una inteligente utilización de medias verdades objetivas para construir mentiras subjetivas”.
Mourinho va contra la versión oficial de los hechos, y su obstinación concede tan pocas dudas que termina por ponerlo todo del revés
No se puede decir que el luso no trabaje sus argumentos. En ocasiones incluso los plasma en folios blancos, azules, verdes, de todos los colores, que lee del tirón ante las cámaras de televisión, en respuestas que pueden durar más de diez minutos. La confección de esos discursos, en los que se alternan estadísticas demoledoras expresamente seleccionadas para la ocasión con frases lapidarias, dignas de una película sobre juicios y abogados, persigue un único fin: auto-convencerse. Más que sobre el receptor de la información, Mourinho intenta intervenir sobre el emisor, es decir, él mismo, consciente que el agujero no existe porque los demás digan que exista, sino porque tus ojos son capaces de verlo.
Y los ojos del actual entrenador del United no ven nada, o al menos nada lo suficientemente preocupante. Los temblores del entorno, así como las críticas afiladas de sus detractores, no consiguen enturbiar sus vistas, directas a la gloria. Mourinho hace ya mucho tiempo que solo se fía de su sentido de la orientación, como un viejo marinero a la deriva, y por eso no atiende a quienes cuestionan sus planteamientos, su estilo o sus resultados. Si todos ven el problema, menos tú, es que todos tienen un problema. Y punto.
Hace un par de noches leí un texto de Pedro Simón en homenaje al ‘Mágico’ González en el que también se exponía un ejemplo de lo que significa vivir a contracorriente, guiado por tus propias coordenadas. Todo sucedía un sábado en el que el genial futbolista salvadoreño se presentó en el estadio después de no haber aparecido por los entrenamientos durante toda la semana. Al cruzarse con David Vidal, por aquel entonces técnico del Cádiz, este le aclaró que no estaba convocado, a lo que el ‘Mágico’ le contestó que no tenía ni idea. Luego, sacó del bolsillo un paquete de Winston, dio 15 toquecitos sin dejarlo caer al suelo, y se despidió: “Ahí te quedas”.
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Querido Marcel,
Soy un aficionado al fútbol desde muy niño con algún familiar que lo ha practicado profesionalmente. Encuadrar a Mourinho como un solitario perdedor empecinado sólo obedece a esa comodidad periodística por no llegar al fondo de los hechos y por dibujar un mundo futbolístico donde los buenos tienen buenas palabras, son guapos, progres y se llaman Pep y los malos escupen fuego hagan lo que hagan y se llaman Mou. Literatura fácil.
Desde mi punto de vista es una auténtica barbaridad decir irónicamente que Mou no ha fracasado nunca desde la Copa de Europa del Oporto. Como diciendo que poco más ha conseguido. Mal que nos pese a los que nos gusta el tiki-taka el portugués tiene uno de los palmarés como entrenador, nacido en la metrópolis de Setubal, más importantes del mundo.
Reconozco que de pequeño he sido partidario del juego bonito y del riesgo. Partidario de Cruiff, Rijard (o como se escriba) y del continuador de un equipo ya campeón de Europa como Guardiola, a mi parecer sobrevalorado como entrenador (no ganó la Champions con el Bayern y tampoco creo que lo haga con el City pese a lo que supera en presupuesto al equipo de Mou).
El portugués mal que nos pese tiene dos UEFAS y dos Champions igual que su gran rival, del que nunca se habla de fracaso pese a que en el Barca, Mou acabó ganándole una Liga y aquella semifinal con el Inter.
Seguir pintando a Mou como un fracasado es faltar a la verdad. Otra cosa es criticar que sea un engreído, que su estrategia sea ser soberbio y no asumir los errores, como le ha sucedido en la eliminatoria contra el Sevilla. Pero alargar el personaje cuela para algunos no para otros.
Y por cierto, nadie en Andalucía suele decir el Mágico González. Da una sensación de no conocer el fútbol. Mágico era Mágico, o Mágico González, sin el artículo. El mejor del mundo para Maradona que también sabe quién es Mourinho.
Nunca hubo nadie tan patético como Mourinho. Lo más grave es que hubo una época en la que se hablaba de él como un estudioso del fútbol o algo así. Puede que sea un estudioso, pero no un buen estudiante. Al menos no ha aprendido la lección. Eso sí: el marketing lo domina.