Ni Jason Voorhees, ni Michael Myers, ni Chucky, ni Pennywise, ni la niña de El Exorcista, quien, por cierto, estuvo a centímetros de recibir un gancho de derechas en mi visita al Hotel Krüeger del Tibidado; vaya susto me pegó la chica. A mí, el que de verdad hacía estremecerme de pequeño era Michael Jackson. Y, sinceramente, no sé si fue culpa del huevo o de la gallina. Si todo empezó por el pánico provocado por esa cara blanquecina o si vino a raíz de la peor pesadilla de mi vida. Medianoche; yo, un mocoso, tapado hasta las orejas; la puerta de la habitación entreabierta; el rostro de Jackson asomándose por ella. Desde entonces, no hay noche que no cierre la puerta antes de irme a dormir. He aquí la ración oscura de mi relación amor-odio con el ‘Rey del Pop’.

 

Jackson iba impoluto, como si después le tocara irse de boda. Quizá por ello, su vestimenta no acababa de convencer al fotógrafo, que le sugirió si podía rebuscar entre su armario algo más informal

 

Porque la parte clara es, evidentemente, su música. Me faltan dedos en las manos para contar las veces que celebré la libertad de Willy al ritmo de Will You Be There, para sumar cuántas reproducciones tendrá la pegadiza Beat It en mi móvil, para enumerar los moonwalks practicados sin éxito en el salón mientras tarareaba los versos de Billy Jean. Supongo que, en parte, gracias a los sentimientos encontrados entre la voz y el personaje, y al pasar de los años, comencé a conocer las infinitas tonalidades del gris. Que en esta vida no todo es decantarse entre Jordan o Bryant, los Beatles o los Rolling Stones, Menotti o Bilardo ni, en definitiva, Black or White, canción de 1991 que, promoviendo la igualdad racial, tuvo mucha controversia por su videoclip, cargado de actos vandálicos, movimientos sexuales y violencia, sin importarle demasiado al cantante si esos once minutos distaban en exceso de ser una protesta formal.

Aquella producción fue justo lo contrario a cómo se personó, ocho años atrás, en 1983, ante Todd Gray para una sesión de fotos en su mansión de Los Ángeles. Jackson iba impoluto, como si después le tocara irse de boda. Quizá por ello, su vestimenta no acababa de convencer al fotógrafo, que le sugirió si podía rebuscar entre su armario algo más informal. Imagino aquella escena larga, prolongada. Con Gray desplazando los ojos al goteo de las agujas de su reloj, con Jackson sin saber muy bien qué le pedían; pues no recuerdo una sola imagen en la que el cantante fuera con tejanos y una chupa, mucho menos con una sudadera y ni de coña con un chándal. Pero el tío la clavó. Se plantó ahí con una camiseta del Niza que le regalaron en el 79 en un concierto en suelo francés, la idea gustó al fotógrafo y fútbol y música se entremezclaban así, de rebote, en las páginas de la revista Rock Superstars.

 


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Este texto está extraído del #Panenka91, un número que todavía puedes conseguir aquí.