MANCHESTER, ENGLAND - OCTOBER 19: Antony of Manchester United reacts after missing a chance during the Premier League match between Manchester United and Tottenham Hotspur at Old Trafford on October 19, 2022 in Manchester, England. (Photo by Alex Pantling/Getty Images)
Bajar las escaleras con las manos, masticar arroz sin cocer o echarse kétchup para lavarse el pelo. Los dos giros completos de Antony con la pelota imantada, poseído por David Bisbal, son un gap. Se bugeó, que diríamos si lo hubiera hecho en el FIFA. Un error en el sistema, y a decir verdad es lo que fue: un error en el sistema capitalista. Porque ahora todo tiene que servir para algo. Y el fútbol, que como arte debería estar más cerca del espectáculo, se ha contagiado de la productividad. Por eso parece mejor un fútbol funcionario, que sabe a qué hora entra y a qué hora sale. Un fútbol rutinario y calculado. El placer de la previsión por encima del placer de la sorpresa. El que se sale del molde es un fanfarrón, es un payaso, como le han dicho al jugador del Manchester United. Hasta su entrenador, Ten Hag, dijo que le parecían bien los trucos siempre y cuando sirvieran para algo. Como si un mago solo pudiera duplicar dinero. Da igual que dé espectáculo. Da igual que, como Antony, sea un jugador de fuegos artificiales. A veces revientan y a veces no. Sus skills son la filmografía de Steven Spielberg. Caño en la banda, taconazo, regates que coquetean la luxación de tobillo. Nos gustan pero solo si funcionan, solo sin con ese caño consigue desabrochar la defensa como una chaqueta. Pero si no van a ningún sitio los detestamos. Un caño por el caño, no. El arte por el arte, no. Al final un pase de caño se juzga igual que un rutinario pase con el interior y un disparo de rabona igual que un feo disparo con la puntera: solo si funciona. De un jugador que costó 100 millones de euros se espera que, aparte de marcar, haga cosas sin sentido. Como Nicanor Parra, que decía que uno de cada cuatro versos tenía que despistar al lector. Algunos dicen que la ruleta de Antony fue para despistar. Otros, un gesto hedonista, como el que baja a por churros. Ojalá que no. Lo de Antony es una lección. No todo tiene que ser útil. No todo tiene que servir para algo. No todo tiene que ser rentable y productivo.
Espero que él no lo hiciera para darnos esta lección.
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Fotografía de Getty Images.
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Mejor o peor, la tontera de Antony es la nariz de payaso que culmina cualquier fiesta. El fútbol no se mide en la métrica de los versos ni el olor de las rosas. Premia el ahorro y la efectividad. Y sobre todas las cosas, el resultado final, la única línea que incluyen los anuarios y se graba en las Copas.